Mis 4 días en París
Hacer un viaje submarino en tren por el canal de la mancha para cruzar de Inglaterra a Francia fue una cosa de niños comparado con la colosal odisea de moverse en París. Si empiezo por el principio, la primera dificultad llegó cuando el chofer del taxi fue incapaz de entender una sola palabra de lo que decíamos. Mi papá había estudiado francés en el colegio pero, a pesar de los años, se manejaba bastante bien. Mi mamá entendía lo que podía y yo, más que el francés de las clases de Duolingo no tenía. Sin embargo, aunque parezca mentira, nosotros tres juntos sabíamos más francés que el chofer recién llegado de África. Como podrán imaginarse, la cuestión se complicó un poco.
Finalmente, después de una extraña serie de señas y movimientos gestuales nos entendimos y el auto se puso en marcha. Ahí apareció el segundo problema: el GPS no encontraba el hotel. Por supuesto, haciéndole honor a nuestra desconfianza de argentinos, creímos que nos habían estafado. Para nuestra suerte, antes de que a mi mamá le agarrara un colapso nervioso, el GPS localizó la ruta. El tránsito no facilitó mucho el viaje, y el francés atravesado del chofer, tampoco. Pero finalmente, después de estar estacionados por varios minutos frente al portón del hotel deliberando si nos encontrábamos en la ubicación correcta sin darnos cuenta que aquello frente a nuestras narices ERA efectivamente el lugar que buscábamos (en nuestra defensa no había ningún cartel que lo indicara), bajamos nuestras valijas y nos registramos.
El contador después del primer día marcaba París 1 — Argentinos 0, pero estábamos listos para dar pelea. Con la intención de conocer mejor la ciudad, ir caminando a la torre Eiffel nos pareció la opción más conveniente. A la ida, los 75 minutos de nuestra aventura salieron más que bien: desayunamos en un bar pintoresco, sentados en la vereda mientras chusmeábamos cual vieja de pueblo la gente que pasaba; practicamos nuestro (deplorable) francés leyendo los nombres de las calles; paisajeamos por algunos de los diferentes puentes que cruzan el Sena y hasta compramos sets de posavasos en una feria (uno nunca sabe cuándo va a necesitar un souvenir). Después de todo ese paseo, aunque parezca mentira, nos sobraban 30 minutos para el horario de salida de nuestra visita a la torre Eiffel.
Unos 45 minutos después nos encontrábamos en la cima, con nuestro pelo ondeando a las cosquillas de una ligera brisa creyendo que nos veíamos igual de despampanantes que Jack y Rose en Titanic (por si quieren saber, no nos veíamos ni parecidos y las fotos lo demuestran). Después de luchar con algunos palitos selfie y gente que se metía en el encuadre de las panorámicas, logré (logramos) sacar unas fotos relativamente decentes para Instagram (en mi caso), para Facebook (mi mamá), para tener porque sí porque no tengo ninguna red social (mi papá).
Terminado el recorrido nos bajamos de la torre del señor Eiffel y emprendimos la vuelta al hotel. Por supuesto, como buenos turistas sedientos de conocimiento, decidimos tomar un camino diferente para conocer todavía más la ciudad. Si no sabés leer bien un mapa, no tenés internet en el celular o los zapatos rojos de Dorothy para que te guíen, elegir una ruta nueva en un lugar desconocido no es una buena opción nunca. Sin embargo, nuestra alarma del sentido común aún sufría las consecuencias del jet lag y seguimos otro sendero, que, por supuesto, no era el amarillo.
Suerte para nosotros, no todos los parisinos son tan nariz parada como dicen y algunos están dispuestos a ayudar a una perdida familia de turistas. En esta dimensión, nuestro hombre de hojalata era mujer, no llevaba sombrero ni mucho plateado y sus articulaciones estaban bien aceitadas a pesar de su edad. Lo que sí no estaba engrasado, era su oído para entender un francés mal pronunciado. Mi mamá, en un intento desesperado porque nos indicara dónde quedaba el Moulin Rouge (que estaba ubicado cerca de nuestro hotel), dijo el nombre del lugar como una persona de habla hispana hubiera imaginado que se pronunciaba. Nuestra señora de aluminio chirrió en señal de incomprensión. Después de unos movimientos de brazos imitando las aspas del molino y un feísimo baile simulando las rockettes, logramos hacer fluir la conversación: ¡Ah, le Mulan Ruge! (aclaración: este es mi pobre intento de descripción fonética de las palabras Moulin Rouge).
Con el aceitado listo, nuestra señora de hojalata encendió motores y llevó a mi mamá del brazo (cual excursión del colegio) durante todo el camino. A una cuadra del teatro, nuestra jubilada de metal se quedó en una farmacia pero, nos señaló el lugar y nos despedimos. Nuevamente el marcador quedaba bajo para nosotros: París 2 — Argentinos 0.
Ni los desencuentros ni las idas y venidas nos desalentaron en nuestro intento por conquistar París. Recargados de energías decidimos darle una nueva oportunidad a nuestras piernas y (pobre) sentido de la ubicación para visitar un nuevo punto turístico (esta vez, mucho más cerca de nuestro hotel): el Sacre Coeur.
Cualquier persona que haya ido a París entiende la odisea pulmonar que implica llegar hasta el Sacre Coeur. Para una familia de turistas sin mucho (nada) entrenamiento, debo decir que agradezco que hayamos tenido seguro médico de viaje. Después de unas cuantas paradas técnicas para tomar aire, logramos subir la mismísima eternidad materializada en escalera. Admiramos el lugar sin entrar y, después de un par de minutos emprendimos el regreso.
Para nuestra tristeza, no hay registros de que verdaderamente hayamos robado la mitad del oxígeno de la Tierra en nuestro camino a la basílica más que una foto parcial del lugar que tomé con mi celular (que, debo admitir, es bastante mala). Será que el esfuerzo cortó la vía circulatoria de aire que va al cerebro pero, no existen fotografías que recompensen nuestro sudor derramado. Éramos una familia de turistas novatos y no había intento alguno de nuestra parte por ocultarlo.
Como recompensa a nuestra caminata paramos a cenar. Con la panza llena y el corazón fatigado (pero feliz), volvimos al hotel. Desconozco la razón por la que, en un momento, nos detuvimos frente a una casa de masajes llena de carteles con luces de neón rojas que, lo único que hacían, era arrebatar lentamente la (poca) vida útil que le quedaba a mis ojos.
Frenados en el medio de la vereda charlando de banalidades un auto estacionó al lado nuestro y bajó la ventanilla. Uno pensaría que van a preguntarle el nombre de una calle o dirección hacia algún lugar. Este no fue el caso. Al parecer no importa si lo único que derrocha tu cuerpo es transpiración y olor a turista, los que buscan con desesperación a alguien para pasar la noche le consultan a cualquiera, incluso a una familia de cinco personas de edades y sexos variados (mis tíos habían llegado la noche anterior para acompañarnos a mí y a mis padres en esta travesía).
Tal vez fue la forma en que las luces de neón nos iluminaban o alguna clase de sustancia alucinógena consumida por los hombres del auto que, generaba que nos viéramos (ante sus ojos) tan atractivos como Natalie Portman en Closer.
Habiendo rechazado nuestra primera oferta de sexo casual pago por una noche seguimos camino al hotel, esta vez, sin parar aleatoriamente en una vereda. Tocamos el timbre para que nos abrieran el portón y acto seguido miramos a la cámara de seguridad para que, con nuestras caras de turistas, vieran que no éramos ladrones (o personas buscando diversión nocturna quién sabe).
En Argentina, cuando suena el zumbido del portero eléctrico que indica que del otro lado alguien te autoriza a entrar, uno suele empujar la puerta dado que no se abre sola por arte de magia. En París, aparentemente sí. Y nosotros, como buenos argentinos, éramos cinco personas empujando un portón forjado en hierro creyendo que teníamos tanta fuerza como el increíble Hulk. Cuando nos dimos cuenta de que la puerta en verdad era automática ya era demasiado tarde para disimular. Creemos que los del hotel aún hoy, cinco años después, se ríen con el video de esa cámara de seguridad.
Ya ni me gasto en señalar que el marcador estaba más que desigualado. Pero en nuestro último día, ya nada de eso tenía importancia. Íbamos a pasear por el Sena, conocer el Louvre, caminar por la Champs Elysées… Hoy era la revancha. Con nuestros tickets del BatoBus en mano estábamos listos para volver a la arena de lucha.
No importaba el grosor de nuestra armadura o la fogosidad de nuestra energía desbordante, nada podía combatir el primer fiasco del día: el Louvre estaba cerrado. Al día de hoy sigo sin entender cómo es posible que ninguna guía lo aclarara. Para nuestra frustración turística, la toma de la Mona Lisa entremedio de un mar de palitos selfie y cabezas flotantes no iba a aparecer en nuestro carrete fotográfico ni muros de redes sociales.
El tiempo pasa y la vida sigue dicen y, eso hicimos. Caminamos por una Champs Elysées nada parecida al lujo y exclusividad despampanante que muestran sus fotos en internet: todas sus fuentes estaban apagadas y, hasta incluso, sucias. Desconozco si el choque del que fuimos víctimas se trataba de una batalla entre Photoshop y realidad o una medida para cuidar el agua pero, la verdad es que el paisaje ante nuestros ojos nada tenía que envidiarle a la fuente de 9 de julio y avenida Córdoba que se encuentra en reparación desde que vine al mundo.
De vuelta en Montmartre, el barrio de nuestro hotel, paramos para lavar ropa en un lavadero. Esta decisión fue la que rompió el marcador con semejantes valores negativos que creo que ni el mismísimo Einstein supo de su existencia. Parecería ser algo simple ¿no?, ponés la ropa en la máquina, el jabón, cuando termina va al secador. No requiere grandes niveles de sabiduría pero, en París, si necesitás un alto nivel de francés. Las instrucciones inentendibles a nuestros ojos nos tuvieron perplejos alrededor de media hora y, la búsqueda por el dueño del lugar fue en vano. Aparentemente en Europa, los locales se atienden solos y podés dejarlos abiertos al público sin miedo a que te roben.
Nunca agradecí tanto la globalización y la hegemonía de Estados Unidos y el inglés como en ese momento. Un estadounidense que trabajaba en Francia entró al local rodeado de un aura angelical para salvarnos de nuestra confusión criolla. God bless America, ahora ya teníamos ropa limpia para poder dejar la capital francesa mañana, sin dignidad, pero con estilo.
Conocimos París entre perdidas y desventuras, entre fallas de guías y defectos de turista. Aunque es imposible conocer una ciudad en cuatro días, hicimos todo lo que teníamos a nuestro alcance para vencer el marcador del juego. No es necesario mencionar que claramente fuimos derrotados y que toda la dignidad que alguna vez tuvimos la dejamos allí. Sin embargo, aprendimos que no hay que pararse en el medio de una vereda en Montmartre si no estás interesado en una noche de sexo casual que, el Louvre está cerrado los martes y que los portones de hierro del primer mundo se abren solos. Ya veremos si cuando volvemos, podemos dar vuelta el marcador y quizás, solo quizás, recuperar nuestra dignidad perdida.
