VOMITAR PALABRAS PARA SANAR

Quiero contarles un poco qué, o cómo es ser anoréxica y bulímica. Tranquilos, no voy a sugerirles que mastiquen hielo en invierno para que el cuerpo pelee con todas sus fuerzas para mantener el calor y de esa manera queme calorías. Pero si quiero relatarles los días de una anoréxica, porque todos sabemos que es una persona que quiere ser flaca y no come, e incluso suelen ser insultos, pero no se sabe que esos cuerpos muertos en vida, no sólo están vacíos de comida, sino también de optimismo y de ganas de vivir. Por eso voy a contarles cómo es vivir con Anorexia.

Los días de la anoréxica empiezan una hora antes, cuando totalmente débil, porque seguro al día anterior lo pasaste con una zanahoria rallada, la rutina es siempre la misma, te medis la cintura, 56 cm, es mucho, entonces largas con 1000 o 2000 mil abdominales y recuperas la energía con agua y tres galletas de salvado y morirte si no hay galletas de salvado.

Es ir a la escuela caminando, rápido, buscar excusas para caminar, para caminar mucho, sola, sin que pregunten y pararse en cada reflejo a buscarse defectos; o a acomodarse la faja que te pusiste para transpirar y adelgazar más.

Es pasar los recreos a chicle y agua; salir e ir a la misma Farmacia de siempre y pesarte, con vergüenza, porque los que atienden, algo sospechan del saco de huesos que ven todos los días a la misma hora. Pero también es deprimirse si hoy pesaste los mismos 38 kilos de ayer y castigarte caminando más rápido a casa. Es morir de frío en invierno, temblar de frío, sentir cómo duele y ver que cuando, no alcanza con los saltos que das para intentar mantener el calor, el cuerpo empieza a activar sus mecanismos de defensa, como mover las piernas rapidísimo de forma inconsciente cuando estás sentada, el poco tiempo que estas sentada, porque parada se queman más calorías; o como generar bello donde antes no había, porque, como no hay grasa para tener calor, se abriga solito con pelos.

Vivir con anorexia es que llegue la hora del almuerzo y pelear con tu mamá que te preparo algo rico, pero que no vas a tocar, porque tiene demasiadas calorías y terminar con una lata de arveja y una zanahoria rallada, sin aceite, claro. Es llenarte de jugo dietético y seguir masticando chicle, hasta que te quedas sin sentir la mandíbula.

Es esconderse en el baño o en la pieza para seguir haciendo abdominales y terminar con la espalda llena de moretones por todas las horas que estás sobre ella subiendo y bajando los homóplatos.

Es que llegue la tarde y volver a medirse la cintura, oh, ahora tengo 57 cm, no, seguro son las galletas que almorcé; entonces de nuevo es fajarse y volver a apoyar látex sobre las ampollas con agua, que escondes muy bien; porque te dormiste con la faja puesta y te da vergüenza mostrar tu cuerpo, porque es horrible. Es encerrarte y agarrar la cinta y correr dos horas y hacer abdominales, 2000, 3000 hasta desmayarte de dolor de panza y espalda.

Es volver a medirse la cintura, bañarse, sin mirarse, porque “qué asco mí cuerpo”. Es elegir ropa grande que te tape los huesos y de nuevo pelear con tu mamá que te ruega que comas, aunque sea un yogurt y le decís qué te deje en paz, que preferís morir flaca, pero terminas cenando el yogurt (descremado, claro) y con eso ya sumas 80 calorías a las tres galletas, los chicles sin azúcar de la mañana, la zanahoria y la arveja y los chicles de merienda. 
 Es llorar si entras en el talle no es XS, recordando esa vez que te ofrecían jeans en un local y, con 12 años, no te entraba ninguno.

Es no celebrar fiestas de 15 y estar amargada, es rogar a tu mamá que no te obligue a ir, porque habrá comida; es mentir que no comiste porque te hace mal a la panza, pero la excusa sólo vale para dos cumples, después no te creen.

Es sentir que cada asado de domingo es una tortura, porque toda tu familia te va a obligar a comer, entonces vas a llenarte de ensalada y vas a revolver la carne, cortarla en pedazos milimétricos, meter uno en la boca, masticar, masticar y masticar, y en el descuido de alguno, tirarlo en una servilleta y guardarla en el bolsillo, si, vivir escondiendo comida es asqueroso, pero todo vale para, por lo menos tener las mismas costillas que las mujeres deseadas que ves en la televisión.

Pero a pesar de esa desnudez de huesos que escondes, ves los desfiles de Giordano y caes en que no importa lo que hagas, no vas a ser nunca esas modelos que caminan sonrientes; hermosas y bronceadas, entonces, volves a medirte la cintura. 
 Es fajarse los pechos, porque no querés una sola voluptuosidad que se asome, es acostumbrarse a la palidez, a las ojeras de color verde y las venas que resaltan en la cara. Es pensar que estás más gorda si alguien te dice que estás más linda. 
 Es ponerte una remera enorme y un short que te quedó cuatro talles más grandes y darle tres vueltas al cordón, hasta cortarte la cintura; tanto que a las quemaduras por la faja y las estrías sangrantes, se suma una línea que atraviesa la cintura, también al rojo vivo, porque ceñis tanto la cintura, que casi la cortas, casi.

Es ser perfeccionista con el cuerpo, obsesiva con las 200 calorías que comes, pero a medida que avanza te pones todavía más exigente y no querés tomar agua, porque te hincha la panza y tenés panza, entonces no tomas agua, y como te controlan las encerradas y las tres horas que haces de gimnasia, lo haces de madrugadn, cuando todos duermen y ya si que no comes nada, ni querés salir con amigos, porque siempre hay comida.

Es tener 9 años y compararte con amiguitas, es querer cortarte la panza con un cuchillo.
 Es celebrar el día del amigo, con 15 años, tomando una sprite diet sin gas y rebajada con agua, mientras tus amigas piden hamburguesas.

Es dejar sin opciones a tu primer noviecito, que no sabe qué hacer para verte reír; que se quedó sin ideas para compartir, porque no tomás helado, porque no merendas, no te reís, es cansarlo porque no sabes querer a nadie, aunque quieras, porque nunca supiste quererte vos y es como querer dar algo que no tenés ni para vos.

Es terminar en cama porque llegaste a los 36 kilos y sufrir, no por el dolor de cuerpo, sino porque hoy te perdiste la caminata de ida y vuelta a la escuela y seguro ya engordaste en un día. 
 También puedo contarles como es vivir con bulimia; y tener de siamesa a la culpa. Porque vivir con bulimia es vivir mintiendose; es llegar tarde a todos lados, es quedar libre en la universidad, porque se te hizo tarde ya que no calculaste bien el tiempo que te iba a llevar vomitar, es vivir con culpa por todo eso.
 Es masticar un chicle laxante todas las noches; es aprovechar todo rato que quedas sola para comer lo que haya, rápido, urgente aspirar la comida, como un cocainómano esnifando líneas desesperado, buscar desesperada, si hay galletas el paquete, si hay una horma de queso, media horma, si hay fideos crudos, se los hierve; si hay dulce, saldo, lo que sea, todo junto, el cerebro te pide más, así la culpa sea más.
 Es terminar con pedazos de garganta entre las uñas, porque el cuerpo se acostumbró a los dedos y reflejo del vómito tarda más en llegar, entonces le pedís por las malas que no guarde ese queso que comió. Es terminar con las manos lastimadas por el roce de los dientes y decir que no, que te raspaste, que te quemaste, como una mujer que sufre violencia y tiene miedo de confesar que la molieron a golpes, pero esa vez había sido yo misma
 Es verte en el espejo toda hinchada, después de tirar siete veces la cadena, es ver puntitos de sangre en la taza del inodoro y pedirle fuerte a Dios que te ayude, pero no te animas a hablar con quiénes están cerca y no importan las promesas que te hagas a vos misma en ese momento de ultraje, vas a volver a hacerlo. 
 Pero también es ver cómo hacer para seguir vomitando una vez que te descubren y llegás a tomar decisiones desesperadas, como vomitar cuando vas a bañarte y dejar las canillas para que no te escuchen, y ahí sentís culpa, porque tirás agua y hay gente que no tiene, y sentís culpa porque tirás la comida y sabés que “la comida no se tira”, pero seguís y el próximo método es salir al fondo de siesta, con 50 grados y vomitar en el patio, enterrar vómito; vomitar en tu pieza, con música y tener el balde escondido hasta tirar todo; es convertirte vos misma en vómito. Es tu cuerpo comiéndose a sí mismo.

Puedo contarles qué le hacen la anorexia y la bulimia al cuerpo y al espíritu:
 Primero te arrancan el pelo de a mechones, como si en un ataque violento te los tironearan con fuerza y de tu cabellera larga, lacia y rojiza, sólo queda el recuerdo de tu mamá, que añora peinarlo y hacerle trenzas y perfumarlo como si fuese el de su muñeca.

Después la piel queda sequisima y el color es cadavérico, para que se den una idea, una vez me dijeron que tenía “olor a cala”. Los labios están siempre lastimados, las comisuras casi del mismo verde que las ojeras. 
 El periodo se va, en mí caso por tres años y es buenísimo, pensas, pero no participas de charlas de tus amigas contando qué toallitas son las que no se marcan con ninguna ropa.

El cuerpo vuelve a ser el de una niña, sin formas, ni curvas, como la que fuiste antes de que empiecen a opinar de tu cuerpo.

Es dejar de reir, es ver cómo las ganas de vivir se van, es confesarle a alguna amiga que a veces querés morir, pero que no sabés cómo y dejar abierta la idea, medio en broma y medio en serio, de tirarte al dique. Lo que nunca se va es el reflejo de medirse la cintura y de hacer abdominales, eso no, te quema la angustia si no podes; no importa donde, te escondes en el baño de dónde estés y te ponés a hacer y los dosificas según la frecuencia del baño, pero no tomas agua entonces casi no haces pis, ni lo otro, porque no comes y los chicles laxantes ya te sacaron todo.

Es comprar ropa en casa de niños, usar el talle 10 o el 12 con 15 años, es no aprender a nadar, no por miedo al agua, sino por miedo a la malla. 
 Es no haber dejado un solo diente, ni una sola muela sin caries, porque el ácido del vómito es letal para el esmalte.

También tengo que decirles que no aparecen de un día para el otro como desconocidas, porque estaban ahí desde que sos muy chica, como el monstruo que vive debajo de tu cama y que las noches en las que no podes dormir está, más presente que nunca.

Aparecen en las noches de insomnio, en los días que te prestaron un vestido para hacer la comunión y a gatas se cerró; estuvieron años antes, el día que en la serie Blanco y Negro, la hermana rubia era descubierta vomitando lo que comía. Pero no, no se presentaron ahí, se presentaron todavía más años atrás, cuando en Son de 10, una amiga de Flor Peña, hija del cirujano que iba a reducirle los pechos, comía alfajores y después se volvía loca en el gimnasio. Y esos recuerdos, reaparecieron esa mañana con 10 años, en la que decidí que quizás me servirían esos consejos muy agrios, pensados con audacia, dijera el Indio; que me estaba dando la tele.

Pero también volvía cada vez que caminaba de la escuela primaria a casa, con 11, 12 años, cuando tenía que pasar inevitablemente por la gomería de la esquina y, hombres como 20 años más grandes, decidían opinar sobre cómo la pubertad modificaba mí cuerpo y eso se veía debajo del guardapolvo blanco. “Uh, mirá qué rica, ya le salieron tetitas; uh ese culito”; y ahí no aparecían en forma de consejo, pero si en forma de culpa y me invitan a fajar todo lo redondeado en mí cuerpo. 
 Puedo decirles que ahora, después de 8 años de haber silenciado a esas dos, me di cuenta de que no podés matarlas, porque a diferencia de otras adicciones, sin la comida no podés vivir, entonces tenés que aprender a comer de nuevo y lo más difícil es perderle el miedo a la comida. Es lo que hice ahí con 23 años, 11 años después de tener como compañeras de vida a la Anorexia y a la bulimia. En ese momento les dije que se vayan, que no era nada personal, pero que empezaba una relación genuina, que me hacía bien y no quería mentirle, no quería mentirme; entonces empecé a perderle el miedo a las comidas, a la pizza, a la carne que hacía mil no comía, comí un pancho en la calle y todo estuvo bien; hasta que esa relación se fue, pero volvieron los fantasmas de la anorexia y las obsesiones a los 31, entonces es cuando caí en la cuenta de que no me había sanado, sólo me había domesticado para no decepcionar al otro, no a mi misma.

Hoy, estas palabras que vomito, salen luego de mucho trabajo, de repensar mucho lo que soy y las razones que llevaron a hacerme tanto daño, tanto que no me alcanzan los momentos de paz para pedirme perdón.

Mucho tiene que ver el feminismo. que pesadas somos las feminazis, no? Porque seguro voy a culpar a los hombres de todo esto y no, bueno, no de todo; pero vamos por partes. El feminismo me despojó de culpas, no era mi culpa que señores mayores pensaran que tenían el derecho conquistado de humillarme teniendo 12 años y me obligara a mi misma a disciplinar mis carnes, tapándolas en verano, con ropa grande, con remeras debajo de los vestidos, llorando por tener que usar polleras en los actos de la escuela, fajando los pechos para que nadie sepa que ya no era una nena, usando buzos y pantalones largos en verano. El feminismo me enseñó, que sólo yo soy dueña de mi cuerpo, que nadie podía acercarse con la excusa de saludarme y tocar de más, con el comentario: “que grande, ya sos una señorita”, a los 9, edad en la que me crecieron los pechos.

Pero el feminismo sobre todo me enseñó que, como dice Galeano, el cuerpo no es culpa, ni máquina, ni negocio, EL CUERPO ES UNA FIESTA. Que lo que un cuerpo sano puede hacer por nuestra felicidad no tiene precio, ni se compara por nada, que dejarlo libre, despojarlo de arcos y rellenos de corpiños, de fajas, de prejuicios es un acto de rebelión.

El feminismo me enseñó que la chica de 15 años que festejaba el día del amigo con una sprite dietética, sin gas y rebajada con agua, no envidiaba el cuerpo, ni la cara de sus amigas, que no quería sus ropas, ni sus caras simétricas y sin cicatrices, ni sus cuerpos más altos y desacomplejados; lo que realmente quería de ellas esa chica de 15 años era la capacidad para disfrutar de la vida con muy poquito, con ellas mismas.

El feminismo me enseñó que no importa cuanto mida la cintura, si la podes mover cuando una canción te hace bailar; que no importan los pocitos que se hacen en las caderas, si bambolean extasiadas cuando bailan cumbia; que no importa el largo de las piernas, si pedaleando son poderosas y te llevan a donde sueñes; en definitiva, el feminismo me enseñó que no importa la cicatriz que muestre mi boca, si detrás de todo, hay motivos para sonreir y reir a carcajadas.