Sucedió hace…

SUCEDIÓ HACE…
Un mes cualquiera de 2006. Mi queridísimo Paco Sancho y yo dedicamos muchas horas — y muchos viajes — para remodelar a fondo un diario de América Latina. En uno de los últimos viajes, al acabar el día, el vicepresidente de la empresa nos llamó a su despacho:
 — Mis queridos españoles, os quiero pedir un favor. Mañana por la mañana, en la sala noble del periódico, vamos a homenajear a un íntimo amigo de mi papá.
El amigo de su papá — dueño del diario — era un veteranísimo y nobilísimo prohombre de la ciudad y del país de amplísima trayectoria diplomática. 
 — Papá y yo valoraríamos mucho vuestra presencia en el acto. Será sencillo e íntimo.
Le dijimos que por supuesto, que allí estaríamos. Lo primero que pensamos fue que ninguno tenía corbata. De eso se encargó la relaciones públicas del diario, que hizo traer a una amiga con una generosa y, sobre todo, variopinta selección.
Pasó la noche — siempre terminaba el día con unos tragos tan largos como a Paco le durara el puro — , llegó la mañana y al diario que fuimos. Ese día el paisaje del periódico se notaba distinto desde la lejanía. Muy buenos carros. Todos negros. Varias decenas de guardaespaldas… Tan distinto era aquello, que nos pararon en la entrada y casi no nos dejan entrar. Pero entramos.
La sala noble estaba en la segunda planta. Grande y sencilla. Menos mal que el homenaje era íntimo, porque estaba hasta arriba de ilustres de la ciudad y de algún ministro llegado desde la capital. Al fondo de la sala, un atril, varias banderas. En el otro fondo, una mesa generosa en bebidas y picoteo.
Todos de pie. Todos apoyados en las paredes. Paco y yo fuera de juego. Vamos, que yo le conocía a él, él a mi y… Imagino que estaríamos comentando la jugada cuando nos interrumpió el aplauso. Entraba en la sala el homenajeado, acompañado por los dueños del diario y un gigante que sobresapasaba de largo los dos metros. Comenzó un besamanos. Los anfitriones y el homenajeado iban saludando uno a uno a los invitados. Y llegaron. Y tomó la palabra el hijo del dueño:
 — Señor, le presento a Paco Sancho, uno de nuestros ilustres asesores internacionales. 
 — Encantado.
 — Igual.
 — Señor le presento al doctor Jimeno, otro de nuestros muy ilustres asesores internacionales. 
Mientras le daba la mano, seguía la presentación:
 — El doctor Jimeno, además de ilustre asesor internacional, es decano, ¿he dicho decano?, es rector de la Universidad de Navarra.
Mientras seguián el recorrido, Paco y yo… partidos de la risa. Rector…
Comenzó el acto. Terminó el acto. Empezó el picoteo. Momento de duda: pies para qué os quiero o quedarse un momento para intentar pillar una limonada. Nos quedamos.
 — Doctor Jimeno.
 — Sí.
Me giré y… ahí estaba el “gigante”. Hijo del homenajeado. Y algo más… 
 — Doctor Jimeno, un enorme placer conocerle. Soy el rector de la Universidad de XXX. Colegas. Aunque yo más entrado en años. Me sorprende su juventud. Estaría muy interesado en hablar largo con usted. Si le parece, mañana puede recogerle mi chófer a la hora que mejor le venga para tener en la Universidad una reunión con los vicerrectores y analizar posibles líneas de actuación conjunta.
Pacoooooo. Ahí estaba Paco, atento. Con esa mirada que animaba al otro a liarla aún más. Y ahí estaba yo, pensando: “Si le digo que no soy rector, el anfitrión va a quedar muy mal; si me dejo llevar… hasta dónde me llevará la corriente”. De perdidos al río. 
Al día siguiente, volví a ser rector.
Nunca se firmó un convenio de colaboración. 
Todo quedó en fase de estudio.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.