Lo que nunca le dije al avestruz

Un cuento con ojos azules…

La primera vez que vi a este avestruz pensé que se trataba de un ave rara, tenía los ojos azules de ese azul profundo como el océano. Ya de por si era imponente misterioso y aparecía como una estrella fugaz de cuando en cuando. Tenía el poder de personificarse, en esa fracción de tiempo intervenía con frases elocuentes, admirables y que picaban la curiosidad poco a poco. Aunque el avestruz no vuela, la mente de este si. Sus cuentos dejaban a cualquiera extasiado por saber más. Su mente corría a toda velocidad como los de su especie. Poseído por una musa o por un Dios que le susurraba al oído dejaba escapar los fantasmas que guardaba en su mente, transformándolos como un alquimista y así empezó a ganar mi atención.

Se convirtió en mi cuenta cuentos, en ese murmullo que requisaba almas y luego escondía su cabeza bajo la tierra para bloquear las consecuencias. Él era el único que tenía ese poder, para el resto de su especie esconder la cabeza bajo la tierra se trataba de una leyenda urbana. Con ese comportamiento generaba curiosidad y adeptos que hacían círculo para contemplarle y tratar de adivinar sus pensamientos. Yo creía que tenía una llave especial para entrar y escudriñar cuando bajaba la guardia, pero abría sus alas para correr y no perder el equilibrio. Todos preguntaban por él para saber sus planes, sus invenciones, sus consejos y pocos alcanzaban verle.

Tímidamente volvía o le encontraba como cosa del destino. Aparecía en medio del camino y lo continuábamos juntos hablando, riendo, discutiendo de lo actual o lo freak. Tenía facetas de preguntón y era allí cuando el avestruz mostraba su lado más humano, feliz y auténtico, inclusive me llevaba en su lomo a toda velocidad y me perdía en las imágenes borrosas por el movimiento junto con la brisa que rozaba mi cara. Luego me daba cuenta que había desaparecido nuevamente y quedaba con la sensación de haberlo soñado o que sólo era producto de mi imaginación. Su presencia era balsámica, cambiar el mundo con nuestras ideas, más que cambiarlo imaginarlo diferente con otros ingredientes, otros colores. Caía la noche y brindaba paz profunda pero cuando se iba todo se volvía voluble, como cuando pierdes un talismán o miras al cielo buscando alguna respuesta.

Me daba alas y empezaba a confundirme. Me decía que los cuentos se leían despacio y luego continuábamos con conversaciones existenciales. Habría sido más sencillo encariñarse con un gato que ya son bien particulares (no tengo nada en contra de los felinos). Tal vez pensé que le gustaba la luz que yo emanaba o tal vez era esa luciérnaga que le hipnotizaba… cada vez empezó a ser más raro, porque sus pláticas comenzaron a ser secas, pero los ojos azules parecían decir lo contrario a sus propias palabras. El avestruz tenía días de observación, de silencio y se dedicaba a escuchar o tal vez a descodificar ya que mis palabras al parecer significaban algo distinto siempre (no entendía cuando le hablaba literal o metafóricamente). Tenía un poder de scanner para tratar de adivinar el pensamiento (cuando atinaba) le decía que estaba pensando todo lo contrario para reír un rato.

Me gustaba observar como organizaba sus notas o buscaba entre sus mapas. Este avestruz era más lobo de mar que nadie, tiene alma de pirata. Tal vez trataba de probarse, de demostrar que era el mejor de su manada o tal vez para comprobar que era el único avestruz que podría llegar a volar y sobre el mar. Esta empresa que se había impuesto le borraba cualquier capacidad para querer o permanecer. Solo quería volar y volar sobre el mar infinito, a solas. Sólo un ave como el se concentraba en vivir el presente, nunca “by the book” en sus expresiones más modernas o frases como “Algún día caminaremos con drones por los parques, serán los embajadores de quienes no pudieron llegar a la cita”…Yo podía acuñar con mi memoria privilegiada cada palabra, cada expresión incluso los tonos de azules que sus ojos tenían dependiendo de sus emociones. Ya era mucha información privilegiada para una mortal a la que había invitado a su mundo escondido el que no era público. Me había convertido en su cómplice y en la salvaguarda de futuras hazañas e historias que realizaría.

Pero sus deseos de volar tan alto no fueron interpretados por su creador como el avestruz deseaba. Se convirtió en hombre, vestía de oscuro, se alimentaba de libros, conservaba sus ojos azules tan característicos y la misma manera de mirar. Seguía teniendo pasión por la poesía y sólo en pocas ocasiones con timidez me dijo alguna. Cuando se volvió humano también heredó lo que lo apartaba antes de nuestro mundo: el miedo, las responsabilidades y el agobio. Todo ello era muy duro de gestionar para quien había sido una criatura privilegiada entre los suyos cuando era el avestruz de los ojos más bonitos.

Llegó a mi vida por casualidad o yo a la de él en su nuevo cuerpo habitado, ya no por la misma alma que atesoraba la criatura que tenía deseos de volar. Eso de los caminos cruzados puede ser una bonita excusa para entender lo que no es entendible. Aprendí junto al avestruz y el hombre en el que se convirtió a quitar los marcos cuadrados de todo y que no se debe esperar nada de nadie. Pero también dejar de pensar en positivo no es una opción así que algo maravilloso lejos de esta criatura está por pasar, por venir y es que eso nunca se sabe. A todos alguna vez se nos aparece un avestruz en un momento de la vida (el de ojos azules he de destacar que es único), una especie de unicornio con toda su carga mágica. Hay personas que te suben al cielo para tocarlo en una suerte de sueño feliz. Aunque a veces no estés en búsqueda de la perfección, la conoces y te quedas atesorando momentos de los que puedes recordar hasta los más mínimos detalles.

Hay complicidades que cuando se pierden dejan un vacío grande. El avestruz ya hecho hombre no era consciente de el dolor que causaba, era justo con quienes le presionaban y maltrataban, pero era implacable con los que solo le ofrecían un abrazo para calmar un poco todo lo que le afligía. Llegué a desconocer su comportamiento el hombre se volvió amnésico y decía palabras duras y frases reconstruidas al gusto de otros. Como si se trataba de una corte en la que quieres agradar a una reina y una princesa. Hay un dicho de besar sapos, pero a veces te toca besar un avestruz de ojos azules… tal vez somos víctimas de la inmediatez, batallas perdidas o de una cantidad de optimismo desorbitado.

Los amores no tienen un manual para vivirlos y nunca lo tendrán. Aprender a relativizar las cosas y desenamorarse tarea un tanto complicada. Guardar las memorias una escapatoria y limpiar el corazón un reto. Tal vez un día me encuentre al avestruz de ojos azules y su sombra terrícola. Gestionar las emociones no es la cosa más sencilla del mundo ni para los terrícolas ni para los avestruces. Perdonar sabiendo que esas disculpas nunca llegarán la mejor elección.

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