Abandonada y sin tostador

Después de desayunar un sándwich de queso fundido con tomate, bastante quemado porque la cacerola no avisaba que ya estaba listo; la Lola se echó en su sillón, encendió el televisor y puso el canal de noticias, el de películas, el de novelas, el de deportes y continuó paseándose repetitivamente por todos, viendo sin ver nada. Lo apagó.

El pequeño cuartito estaba bastante regado, la Lola quiso creer que Rodolfo lo había dejado así a propósito para que ella tuviera algo en qué ocupar su mente al día siguiente. Mientras iba recogiendo platos sucios, zapatos de las esquinas, carteras, camisetas y doblando la ropa que acaba de meter del tendedero, se dio cuenta que Rodolfo había olvidado su camisa favorita; ella misma la había puesto a lavar el día anterior para que la usara el domingo en la reunión con sus amigos del colegio.

Perfecto. Una excusa. Pero no era suficiente, quizás a Rodolfo no le gustaba tanto esa camisa, quizás le gustaba más a ella que fue quién la compró en una tienda “vintage” del centro. Tenía el teléfono cerca, podía escribirle o llamarle, pero qué iba a pensar él, seguramente creería que es una forma de pedirle a gritos silenciosos que regresara su lado (en realidad, era eso) y la Lola no podía permitirse tal cosa.

Pensó escribirle también un email, o mandarle un mensaje de texto, pero en el fondo de su corazón sabía la verdad; a Rodolfo no le gustaba esa camisa y tampoco ella. No iba a regresar.

En el mueble de la sala, escondida tras varios libros y adornos de porcelana, había una pequeña máquina de escribir, la Lola la sacó, le sacudió el polvo y cruzando los dedos para que la cinta tuviera tinta, la puso sobre la mesa del comedor y se sentó frente a ella. Al situar sus dedos sobre las teclas, un batallón de sentimientos llegó a sus yemas y comenzó a escribir arrítmicamente palabras sin buscar conectarlas entre sí. Al leerlas, las lágrimas también llegaron a sus ojos y mancharon discretamente esas letras color ébano que parecían llorar sobre el papel.

“Hoy desperté y todavía busqué tu espalda para acostarme sobre ella, terminé poniendo todas las almohadas en fila. No funcionó. Tampoco me quejé con nadie porque el café estaba frío y tuve que prepararme un sándwich en una cacerola sin teflón. Lo quemé. También encontré la camisa que te había comprado en aquella tienda del centro que tanto nos gustó, estaba en la secadora; me imagino que no te diste cuenta cuando la metí a lavar y por eso la olvidaste”.

La Lola no sabía que posición debía tomar, si la típica de mujer despechada, la compañera comprensiva, la indiferente o ninguna. Pero sin querer su carta había comenzado con amor y continuaba con reclamos, estaba como bien dicen, despechada.

“No entiendo por qué te llevaste el tostador, te pudiste haber llevado el microondas, sabés que no me gusta usarlo, pero me gusta el pan tostado en las mañanas; fuiste un desconsiderado hasta el final. Además mentiroso, te pregunté miles de veces si eras feliz, dijiste que sí; te pregunté si querías estar aquí y no recuerdo que me hayas dicho que no ni una vez. Y de repente te vas, ni siquiera pudimos quedar de acuerdo con la cuenta de banco y qué va a pasar con el perro que íbamos a adoptar… Pero está bien, Rodolfo, podés irte, no te voy a detener, hacé tu vida, pero no creas que te creo eso de que te vas solo, vos no podés estar así, necesitas a alguien que te prepare té en las mañanas casi con la misma intensidad con la que necesitás tus medicinas para el asma, que por cierto, también las dejaste en el botiquín del baño…”

La Lola siguió escribiendo sin sentido y objetivo varias horas más, cuando terminó, lo reescribió, esta vez en un email, dirigido al canalla, desconsiderado e infiel de Rodolfo. Sí, con todos esos adjetivos. Le dio nuevamente un vistazo, paseando sus pupilas por cada palabra de manera individual y luego por cada párrafo, sin estar segura de que dijera todo lo que quería, pero teniendo plena fe que decía todo lo que no hubiera podido decirle de otra forma y que muy probablemente, no tenía que decirle.

Posicionó el puntero sobre el botón de “enviar” y de pronto, sonó el timbre. Una vez, dos veces, tres, cuatro…

- ¡Lola, abrime, dejé las llaves! Huele a quemado, ya sé que aquí estás.

Maldito…