María era un corderito
María era un corderito, indefenso, inocente y muy ingenuo. A María le encantaba leer poemas, ver películas con (malas) historias románticas y ponerse a deshojar margaritas; me quiere, no me quiere, me quiere; y sí, siempre buscaba un final feliz.
Un día, María iba caminando hacia lo que ella llamaba destino, decidida a encontrarse con él se sorprendió cuando sin esperarlo aparecieron de nuevo los ojos con los que ella había soñado varias noches. Y entendió, la vida no está marcada por el destino, sino, por la casualidad.
Con ese encuentro inesperado, paseó sus ojitos sobre esa persona que tanto amaba, se le arrugaron un poquito las tripas y sintió como el corazón casi se le detenía. Se tocó la muñeca para ver si todavía tenía pulso, no sintió nada. De repente sonrió y le sonrieron, sus pies dejaron el piso y María voló hasta tocar las nubes.
Los recuerdos venían como algodón; blancos, suaves y agrupados en pequeñas bolitas que al pasarlas por la cara solo le recordaban los labios de la persona en cuestión.
Un par de palabras, unas cuántas risas tímidas y María estaba segura de seguir queriendo de verdad a alguien. Pero cuando finalmente se abrazaron, María supo era una despedida. Guardó el momento y tomó muchas fotos con sus ojos, registró el aroma de su pelo en su cerebro, y se grabó la medida de sus cuerpos entrelazados. Dijo adiós con su mejor sonrisa y esperó alejarse para dejar salir la primera lágrima.
María era un corderito, indefenso, inocente y muy ingenuo pero que amaba, para siempre y a veces mucho.
