Ella me decía que era su poeta favorito, que le encantaba verse en el reflejo de mis letras, sentirse desnuda cuando me leía los domingos. Yo le respondía, que aunque otros le desvistieran el cuerpo, nadie sería capaz de desnudarle el alma; que para eso se necesitaba una conexión más allá de lo físico, una al borde de lo divino, apta para transformarse en poesía.

Nuestros espíritus estaban tan conectados, que su esencia andaba en topless y mientras hablábamos se iba quitando el resto que la cubría. Los miedos se le iban perdiendo sobre la cama con el aumentar de su pulso cardíaco; mientras que las caricias abrían paso hasta su alma. Para mí, no se trataba solo de quitarle la ropa, sino de despejarle las dudas de compartir su vida conmigo.

Yo también tenía “cosas” que sucumbían en sus poros, que lograba matar certeramente con sus besos. Ella siempre me abrazaba con un aire de presente, de “aprovecha este instante”, de “cállate y disfruta”; así alejaba la desconfianza de un despertar sin verla. De esta forma nos fuimos descubriendo las pieles hasta pasar las fronteras de lo físico y llegar a nuestras almas.

Ahora ella hace parte del pasado, pero él, que ya no conoce de miedos; porque mis temores murieron donde a ella se le pierde el día, no quiso irse. Se quedó clavado en cada sombra, entre sus huesos, entre sus vellos, en cada ósculo. Bajó desenfrenado por cada curva de su cuerpo y se quedó rendido en su entrepierna, incubado hasta que se convierta en un futuro. No cualquiera, uno en el que ella nunca falte.

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