Recuerdo que me llamaba pecado cada vez que la miraba con ojos salvajes, esos que la recorrían de arriba abajo, que la comían despacio; de a poco y con envoltura. Ella sonreía porque sabía que la iba a coger del culo para recorrer kilómetros de habitación, que íbamos a arrancarnos las pieles, a destrozarnos los tabúes.

Yo no necesitaba quitarle la ropa para follarla, ella no necesitaba abrir sus piernas para dejarme exhausto; éramos uno, nos conocíamos como la palma de la mano. Incluso, sé que era ella la línea de la vida porque cuando se fue, empacó mi existencia en su maleta.

Ella me llamaba pecado pero el espejo le decía otra cosa; ese perfecto culo pequeño tenía todo menos santidad. Se ganó ese título con sudor; gemido a gemido, marcando su territorio en mi espalda. Ella olía a pecado y sabía a pecado.

Conocí el éxtasis en sus brazos, el desespero en su ausencia. Sentí presiones en el pecho, ganas de mandar el presente a la mierda y correr un incierto a su lado; era un abismo sin fondo, como saltar de un bungee jumping sin cuerda de seguridad. Caminaba hasta sus manos y las apretaba como un niño que siente miedo de perder a su madre; ella también era angustia.

Se llamaba pecado porque sabía que no iba a durar para siempre. Esa era la diferencia entre los dos, si me hubiese pedido que fuera eterno me habría convertido en gato para regalarle seis vidas más; ella no, no iba a estar siempre porque ella era pecado.

Y es que esa es la esencia del pecado; ser adictivo porque te folla el alma, te encoña y se va.

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