La prueba del conquistador

Quien busca las circunstancias, creándolas si no las encuentra

-¿Si compramos el plantío y hallamos el tesoro, será nuestro?- decían los hermanos al dueño de la propiedad.

-Dudo que aparezca, pero hagamos el trato- les respondió el hombre.

Cuando tomaron posesión de ésta, todas las plantas estaban marchitas y todo era un caos. Los hermanos trabajaron desde el primer día. Al principio no percibieron ningún fruto del plantío aunque ellos seguían sin darse por vencidos…”, algo más o menos así decía la fábula.

No más de las cinco de la mañana, las calles de Hudson apenas iluminadas por algún que otro poste de luz, Digna a pie y Agustina a su lado, ambas bañadas por el rocío que les cubría los hombros y les espolvoreaba las cabezas. Agustina de uniforme, el peso de la mochila en los hombros de su madre y el lejano ruido de la locomotora de aquel tren próximo a su llegada. Las caras cansadas, marcas de sueño, ojos pequeños y adormilados que intentaban abrirse paso a través de la tenue luz de emergencia que brindaba la estación. La jornada recién comenzaba, les seguiría el segundo tren y luego el colectivo que finalmente las llevaría a Recoleta, donde se ubicaba el colegio de Agustina y donde Digna trabajaba como empleada doméstica en una casa de familia.

Relata Digna Zarza, la mujer que ahora apoya todo el peso de su cuerpo sobre una de las puertas de la Clínica y Maternidad Suizo Argentina, con su uniforme blanco y esa placa pequeña en el lado izquierdo de su pecho que dice “Lic. En Enfermería”, con el título de especialización en Neonatología recién estrenado, la mujer de los cabellos negros al viento y un ligero rasgo oriental en sus ojos, de pómulos grandes y sonrisa agradable, tiene la mirada puesta en la nada, quizá sea por el sonido de la lluvia o quizá por el recuerdo de la pequeña Digna que alguna vez fue.

Sus años de dulce infante se contextualizaron en la década de los 80, cuando el sol rayaba las paredes de aquella casa paterna construida a ladrillo y con techo de teja. Le curtía la piel, sobre todo la espalda que se llevaba el mayor porcentaje al estar expuesta al cielo abierto de la chacra de la familia Zarza. Y mientras todo su cuerpo trabajaba, su mente estaba lejos, divagando entre los sueños de una niña mujer que aspira a triunfar.

Debajo de la copa del más inmenso árbol de todo Yataí, el reducido poblado paraguayo ubicado en la localidad de Misiones, Digna no se reía y si lo hacía, no lo recuerda. “Tuve una infancia triste, no tengo ningún recuerdo, no fui feliz, porque no tuve ni madre ni padre. La única cosa linda que me pasó fue mi abuela, pero pasé muchas carencias de todo, de afecto y de necesidades básicas”, confiesa con una media sonrisa.

A la edad de ocho años, Digna perdió mucho, perdió la vida de su madre, de quien nunca recibió afecto ni educación, eso lo obtuvo de su abuela materna quien procuró darle todo lo que podía dentro de sus limitadas posibilidades. Ni así consiguió el reconocimiento de su padre, Virgilio Verón, el hombre que ya se había casado con otra mujer y había formado junto a ella una familia numerosa.

-La primera vez que vi a Digna, ella era una nena de dos años nada más, venía en brazos de su abuela y ella me dijo: “Acá está tu hijastra”- dice Felipa Maldonado, la esposa de Virgilio, quien desconocía de la existencia de la niña hasta ese momento-. “¿Qué hijastra? “Le pregunté, no entendía nada, me acababa de casar. “Es tu hijastra, la hija de tu marido”, y desde entonces nunca la dejé, siempre le brindé todo lo que pude, le compraba cosas y ropa, una vez le regalé su primera pollera a cuadrillé y su abuela se emocionó cuando me dijo: ‘Vos sos el padre de Digna, no lo olvides’.

El olor a tierra colorada que impregnaba su rudimentaria prenda de vestir, los pies desnudos y cubiertos de barro, y a lo lejos la escuela Bernardino Caballero, el nexo de unión entre ella y sus hermanos.

-Digna siempre fue así, una chica perseverante y decidida a superar las limitaciones que le imponían- dice Concepción, una de sus hermanas por parte de padre-. Cuando se fue de Paraguay hablamos menos. Me acuerdo que la había llamado cuando llegó a Hudson con su marido y su hijita, yo le pregunté “¿Cómo vas a hacer para estudiar así?” y ella me respondió: “Tengo una motivación”.

¿Cómo supiste que querías dedicarte a la enfermería?

-Me di cuenta de que la enfermería era lo mío a través de mis años de monja, siempre tuve vocación de servicio, de ayudar a la gente, por eso me metí al convento en primera instancia, para ayudar por medio de la iglesia.

No sabía que podría admirar tan gratamente hasta que conoció la Congregación de la Virgen de Luján. A los 11 años las monjas fueron su segunda familia y la llevaron con ella a La Plata (Buenos Aires) para luego retornar a Paraguay , y allí, en el mundo de la religión, aprendió mucho: desde tejer hasta cocinar. Tan grande fue su convicción religiosa que a la mayoría de edad Digna decidió meterse al noviciado y fue durante diez años de su vida una monja más de la Congregación, hasta que todo cambió.

-Fueron varias cosas- confiesa- .Pero lo que más me marcó y me dolió fue que estaba imposibilitada, ellas (las monjas) no me permitieron terminar el nivel secundario, me decían que no tenía por qué, que eso no era de una buena religiosa. Y yo quería hacerlo, quería superarme y sabía que si seguía ahí la vida pasaría y yo me perdería la posibilidad de realizar mis sueños. Salí de ahí con 26 años, sin estudios y sin nada, tuve que empezar de abajo a hacer el secundario a distancia, lo que se complicaba porque ahora tenía a mi hija Agustina y no podía dejarla sola, tenía que entonces conseguirle un colegio que quedara cerca de mi trabajo en capital y hacer malabares para poder cumplir con todas las tareas y compromisos.

Eran más las adversidades. La rutina se repetía día tras día: casa- tren-tren-colectivo-colectivo-tren-tren-casa. Y en el medio de todo eso, estudio-cocina-limpieza-esfuerzo. Su marido no la entendió cuando ella le expresó su deseo de estudiar, lo creyó algo delirante, totalmente imposible y “no me apoyó en el primer momento, estaba muy cerrado con la idea, aunque yo no le di el gusto”. Pero ella estudiaba, estudiaba en cada momento libre que pudiera tener, leía y lo recitaba en su mente, subrayaba, hacía esquemas en los transportes públicos, le contaba a Agustina como mecanismo de memoria, a veces repetía preguntas en su cabeza y las contestaba de inmediato, estudiaba en la cocina, en el patio, en su trabajo, en cada hueco que tuviera.

Terminó el secundario en pocos años y luego se aventuró a lo que ella había deseado durante tantos otros: ser enfermera y asistir a la gente. Lo hizo en una facultad privada, que pagaba con sus propios esfuerzos de trabajo, pero no le importaba, al fin estaba construyendo el camino que tanto había luchado por alcanzar. Años después , con la pequeña placa estampada en su pecho, ríe entre lágrimas o quizá llora entre risas.

-”Pasó mucho tiempo sin que lograran el éxito, hasta que un día notaron que algo comenzaba a cambiar: sus manos eran más fuertes y poderosas, mientras que el plantío empezaba a dar sus frutos. Cuando pasó el tiempo se dieron cuenta de cuál era el verdadero tesoro oculto en aquel terreno: la recompensa al esfuerzo y la perseverancia”, así termina la fábula. Y yo le hago caso, todos deberían.

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