Hubo una vez, en un tiempo que ahora parece lejano, la posibilidad de ser asombrado por un invento, por una idea, incluso por el comportamiento extraño de una persona.

Pero ese tiempo ha pasado porque aprendimos, como sociedad, a planificarlo todo, a encontrar patrones que describieran el universo que nos rodeaba.

Al final, todo se hizo normal, predecible, los colores, sabores y olores del asombro desaparecieron, dando origen a un mundo de grises, insípidos e inodoros elementos que nos acompañan a diario.

El vivir dejó de ser una aventura para convertirse en una rutina, en la cual ya no es una sorpresa si estoy vivo la mañana siguiente porque todo ha sido aprendido, todo ha sido entendido y todo está indicado.

Pero nos aferramos a nuestros avances, a creer que la falta de guerras y de retos son ambos lados de una misma progresión en el desarrollo de la humanidad. ¿Qué más podría significar el existir en este mundo lleno de guiones que se tienen que seguir como han sido escritos desde el día en que nacimos?

Esta plenitud, o mejor dicho planitud, nos quitó la humanidad y nos convirtió en las máquinas que habíamos creado para que nos ayudaran a ser mejores compañeros en este viaje sideral del hombre en el tiempo.

Y, ¿es este el final? ¿será posible que sea esta la epítome de todas las etapas en el progreso del ser humano?

Dentro de este sinsabor, de este vivir en una burbuja de perfección, nació una idea en uno de los eslabones de esta bien aceitada maquinaria. La idea era la del disidente, la del pensar que probablemente no todo lo que estaba explicado en los manuales de vida era cierto o debía ser ejecutado tal cual estaba escrito.

Una pequeña variación, poner una semilla de más en el momento de crear el pan, cocinar los alimentos durante unos pocos segundos fuera de lo oficialmente comunicado, y el color regresaba a la vida. Aunque como una acción lleva a otra, había consecuencias.

Una sonrisa porque fue posible mirar más allá de lo cotidiano, un suspiro por entender que simplemente estábamos vivos, lograba que los demás se distrajeran, y eso violaba el canon de vida. Pero como no había violencia porque todo había sido controlado muchos siglos atrás, solamente existía la opción del destierro.

Así las cosas, quien se volvía contra las premisas de la vida “normal” era en realidad recompensado con la existencia fuera de las fronteras de lo controlado. Lo que parecía un castigo para unos, resultaba en el despertar de lo que nos hace humanos para otros.

Y quienes habían tenido la osadía de romper el orden, de repente se vieron existiendo en el mundo abierto fuera de las áreas controladas que, como era de esperarse, eran mínimas en comparación con el resto del espacio vital.

Al principio quienes eran expulsados encontraban dicha pero también, y muy rápidamente, la muerte. Esto era una consecuencia natural, porque ninguno estaba preparado para enfrentarse a lo no conocido, para caminar donde no había caminos, para tomar alimento que no había sido pulcramente preparado, o simplemente para respirar el aire natural que no había sido purificado.

Luego, algunos encontraron la manera de solventar estas situaciones, y poco a poco se fueron adaptando al vivir en libertad, no solo a mirar pero también a disfrutar de un atardecer, de sentir la brisa del mar, de escuchar las aves migratorias en su viaje alrededor del mundo, de estar en medio de una miríada de mariposas en busca de un nuevo lugar para aparearse.

Y en este evolucionar, en este “progresar” para volver a ser humanos, poco a poco la propia existencia de las areas controladas se convirtió en un mito, en una pequeña historia dentro del cúmulo de leyendas que permitían condimentar el diario vivir.

Pero … luego de miles y miles de años, ¿qué habrá ocurrido con aquel mundo de control y de absoluta pulcritud? ¿Existirá la posibilidad de comunicarse con quienes viviendo en su perfección no buscan más que continuar existiendo?

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