cofre

Hace unos días una libélula se metió a la casa y, aunque intenté regresarla al exterior, mi gata fue más rápida y la atrapó con la boca. La vi, como pasa seguido con pequeños ratones y mariposas, correr hacia la ventana trasera con el insecto entre los dientes, los ojos fijos en la salida, en modo silvestre y como si nunca hubiera pasado horas dormida sobre un una cama suave y no se alimentara de croquetas sino de venados y zebras.

Pero lo que me hizo recordar los detalles sobre la libélula no fue su vuelo atolondrado cerca del foco, y tampoco lo salvaje de mi gata, sino que al intentar contarle a alguien lo que había pasado, la palabra que vino a mi memoria fue “dragonfly”. ¿Estoy poco a poco sustituyendo las palabras que hasta hace poco eran las únicas que conocía para describir el mundo? ¿Se puede ser infiel a un vocablo? ¿Y si solo dibujara unas alas?


En la página de un planetario puedes consultar un mapa que muestra las estrellas y planetas que podían observarse en el cielo desde cierto lugar y hora. Cuando nací estaban Júpiter, Venus y Mercurio. También Capella, y sonrío pensando en la cabra en el ático más que en Amaltea. Fomalhaut, que proviene del árabe (fum al-ħūt) y significa “boca de ballena”.

Nada de esto significa mucho, y está bien.


Llevo más de un mes pensando que no he podido leer, aunque la verdad es que leo todo el día. Quizá lo que tendría que decir es que nadie me ha contado una historia.

El fin de semana por fin escuché voces que no hablaran de siglas y procesos casi muertos. En cambio pude sentarme y dejar que el musgo, las hojas, un silbido, unos patines y un estanque congelado murmuraran algo del mundo que estaba olvidando pero fue fácil recordar.


Tengo en mi teléfono una app en la que puedes hacer zoom a diferentes obras de arte. Cuando estoy cansada y necesito distraerme, busco alguna pintura que tenga colores que me gustan. Gracias a esta aplicación puedo acercarme tanto que las formas en el lienzo aparecen más nítidas y reales que el resto del mundo. Al tocar la pantalla me sorprende la sensación lisa y fría de ésta, porque los trazos parecen tan cercanos y por un momento me desconcierta el que mis dedos no perciban el relieve de cada detalle: el azul en el borde de un vestido, el dorado en un manto, el ojo de alguien que solo aparece en el fondo, un arbusto en la sombra.

Pero en especial recorro cada pintura en busca de un mapa. Al acercarte se hacen visibles grietas que, al menos yo, con los ojos miopes que me heredó mi papá, nunca he visto en un museo. Es, en cierta forma, como usar google maps; mientras más me acerco más calles y avenidas aparecen. Solo que en estos mapas que encuentro en narices, olas y la oscuridad de bocas abiertas, lo que imagino son caminos empedrados en pueblos que ya no existen y rutas marítimas. A veces también parecen el sistema circulatorio de un animal que duerme mientras me acerco con una lupa. Un zorro de cuello translúcido, las alas de un tipúlido.

En todo caso, si pudiera llegar al cofre del tesoro al que seguro llevan, estoy segura de que éste estaría vacío.


Vivo aventuras todos los días, pero son demasiado pequeñas como para aparecer en Brave Wilderness. Cuando me convierto en una versión miniatura y tímida de Coyote Peterson, decido ir al mercado a comprar fresas y moras. A veces, si me siento muy segura, le sonrío a un extraño. Ir por un café es mi forma de ir a la selva. A veces incluso regreso a mi otro hogar, no a los libros sino al bosque (sospecho que son lo mismo) y le hablo a los hongos y me acuesto en la hierba y veo el cielo y me sangran las rodillas.

Aunque me de pánico dejar mi cuarto mi alma lleva una brújula en el bolsillo y acampa sola para ver las estrellas.

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