Los animales hablan

Me gusta que, en lo que va del año, me he encontrado con dos libros tan buenos que me he obligado a leer muy lentamente por miedo a que se terminen: Leviatán o la ballena de Philip Hoare y Ánima de Wajdi Mouawad. También es curioso que ambos libros tengan que ver con animales, aunque el primero en un ensayo y el segundo una perturbadora novela. Es de este último del que quiero compartir algo de lo que he subrayado, porque quisiera que todo mundo lo leyera o, mejor dicho, lo sufriera y sonriera.


¿Se dijeron adiós como hacen los humanos, tendiendo una mano libre, misteriosa, hacia la mano del otro para depositar en ella la más perturbadora nada?
Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo los aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses, pero no ven los ojos de las bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio. Encerrados en su razón, la mayoría no conseguirá nunca franquear la sinrazón, o lo hará al precio de una iluminación que los dejará locos y exangües. Lo que tienen entre manos los absorbe y, cuando las manos están vacías, se las llevan a la cara y lloran. Los humanos son así.
Necesitaba irse, lanzarse a una persecución desenfrenada e intentar atrapar a una sombra como uno intenta atraparse a sí mismo.
El humano es un túnel y todo humano llora su cielo desaparecido.
El mundo es vasto, pero los humanos se obstinan en ir a donde su alma se desgarra.
Cualquier murciélago común puede emitir más de cien gritos por segundo. Cada uno de esos gritos le vuelve en forma de eco y cada eco se suma a otro eco para componer una ecografía general del espacio que le permite orientarse y detectar en la oscuridad cualquier presa y cualquier depredador. —Para poder ver… ¿gritan? —Exactamente. Para poder ver, gritan. Así que yo te pregunto: si la vida es un perpetuo grito de dolor, ¿cómo podemos escuchar su eco y ecografiar el rostro de quien nos hace sufrir? —Si el grito es perpetuo, ya nada es visible. —¡Bingo! Después de cada grito time que haber un silencio para que se pueda escuchar su eco. El que no hace más que gritar su dolor nunca podrá verle el rostro, igual que el que se obstina en silenciarlo. Esa es la lección de los murciélagos: si quieres ver el rostro de quien te hace sufrir, tienes que hacer de tu dolor un collar que combine perlas de silencio con las perlas de tus gritos.
Las vibraciones de la tristeza no pertenecen a nadie y cada animal tiene su propio canto de dolor.
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