El olvido camina de puntillas.

Un día sin darnos cuenta despertamos con la sensación de estar ligeros, las actividades son las mismas, la vida sigue su curso y nosotros con ella.

Estamos en la antesala del olvido, ya no duele, ya no martillan los recuerdos, la mente es una ciudad plagada de lugares comunes sí, pero esta vez la recorremos en modo turista. Tomamos diferentes rutas, incorporamos actividades, conocemos otras personas, cantamos nuevas canciones o quizás las mismas, pero sin darnos cuenta el tiempo y la distancia han hecho lo que mejor saben hacer.

El olvido es una puerta que un día sin más tenemos el valor de abrir para dejar salir todo aquello que un día nos acompañó.

Es necesario, es un derecho y en ocasiones una obligación, no podemos atarnos a aquello que se fue, nunca estuvo o no volverá. Los encuentros también son destino cuando nos vamos dejando atrás.

La tristeza no es ocio y el olvido no es perder la razón. Aceptar que una historia terminó no es pretender que jamás existió, por el contrario.

No te digo que nunca te voy a olvidar, probablemente no lo cumpla pero debes saber que fuiste mi lugar favorito. Mientras llega el olvido te escribo desde aquí, empiezo de nuevo pero esta vez desde el prólogo. Gracias por acercarte aquella tarde y por la luz que no se apaga desde que supe que existes.