Estado Islámico y salafismo en los medios

Manel Gozalbo
Aug 23, 2017 · 5 min read

Como ya sucedió con parecidas masacres anteriores, los atentados de Barcelona-Cambrils han generado un alud de opiniones expertas en medios de comunicación donde se tocan muchos aspectos de los mismos. Un subgénero en particular provoca cierto hastío: los artículos que educan o alertan sobre los peligros del salafismo, piezas que quien siga estos asuntos ha leído, visto o escuchado literalmente decenas de veces. Lo sé porque las colecciono, y luego subrayo alegrías y originalidades; este domingo pasado ha cotizado alto el artículo de un ubicuo coronel que debe andar tan ocupado opinando en todas partes a todas horas que no dudo de que sus alegrías y originalidades cabrá imputarlas a su secretaria o por ahí, en cuyas manos, por falta material de tiempo, habrá delegado la redacción final. Por lo demás, cualquier cosa de cuando los atentados de París vale para Barcelona, cambiando solo el topónimo y omitiendo el consabido #JeSuis para no desorientar a los separatistas más torpes el 1-O. Mismas voces autorizadas, los mismos recorridos argumentales, idéntica chatarra.

Abreviando: el salafismo es una forma antipática y retrógrada de islam, aunque no inherentemente criminal ni necesariamente tributaria de la lucha armada (cuando sí se cruza esa raya se convierte en salafismo-yijadismo; no es un mero juego nominal o de etiquetas: ser antiabortista tampoco es malo en sí, pero poner bombas en clínicas abortistas es diferente). Fuera de su hábitat cultural, lo peor del salafismo es su fama. En circunstancias como las referidas al principio, en los medios se preguntan: ¿hay que educar o alertar al respetable sobre los males del salafismo? Y la respuesta es afirmativa. Vale. Empero, la pregunta que en realidad debieran formularse es otra: si esto [Niza, Bruselas, Barcelona, etc.] es obra o responsabilidad de Estado Islámico, ¿será hoy el día más adecuado para educar o alertar a nuestra querida audiencia sobre los males del salafismo? Y entonces la respuesta tendría que ser negativa, pues Estado Islámico no es salafismo sino takfirismo. Para opinar al respecto valdrían los mismos expertos, claro, pero, hombre, sin dar la brasa sobre ping-pong precisamente el día que se disputa la final de tenis de Wimbledon, donde también hay raquetas, redes y pelotitas pero que es otro deporte.

Takfir significa excomulgar, i. e. concluir que tal o cual persona no es musulmana y en consecuencia ha de ser apartada de la comunidad de creyentes. El cargo de apostasía es tan serio — exige que dicha persona sea convertida traumáticamente en expersona, y si no se prueba es el propio acusador quien se convierte en ex — que los juristas de las diversas corrientes del islam han elaborado una lista interminable de cautelas objetivas, subjetivas y hasta metafísicas para impedir en lo posible que se pronuncie el takfir. Pero siempre hay intransigentes: en la época de Mahoma, por ejemplo, los jariyitas pronunciaban el takfir con gran liberalidad. Y en la época de las caricaturas de Mahoma, Estado Islámico pronuncia el takfir con mayor afición que aquellos, razón por la cual muchos les llamamos neojariyitas. No son el único caso reciente, faltaría más: el Grupo Islámico Armado dirigido por Antar Zouabri (1996–2002) llegó al extremo de pronunciar el takfir contra toda la población de Argelia, lo que significaba que cualquier argelino — excepto los pocos miembros del GIA, a la vez fuentes de jurisprudencia y verdugos — era legalmente asesinable. Y se pusieron a ello durante unos años con determinación de cernícalo.

Estado Islámico ha subido la apuesta. En el acto de instauración del califato no solo ilegalizó cualesquiera otros grupos y organizaciones musulmanas existentes hasta la fecha — desde Al Qa’ida a los Hermanos Musulmanes, con todo lo que pille en medio o a los lados, así, por mis santos cojones — , sino que simultáneamente sus miembros y paisanos pasaron a ser los únicos musulmanes sobre la faz de la Tierra. Todos los demás — oye, nosotros: ateos, cristianos, budistas, hindúes, paganos, chiíes, suníes, salafistas, agnósticos, taoístas, wahhabíes, amish, tuiteros, animistas, judíos, shintoístas, sijs, espiritistas, chamanes, podemitas y personal de mantenimiento — somos legalmente asesinables en tanto en cuanto no nos convirtamos o, de ya ser muslimes, no nos sometamos a la autoridad del califa Ibrahim. Su obligación es matarnos. Y a eso se dedican a tiempo completo con entusiasmo juvenil. Valen bombas, imitaciones de AK 47s, furgonetas y cuchillos. Lo que sea. Nos lo han dicho tantas veces en sus vídeos, audios y revistas que tener que recordar ahora que Estado Islámico es un grupo takfirista, que no salafista, provoca sonrojo.

Muy distintas tripas — incredulidad, espumarajos, vergüenza ajena — remueven cuantos entre nosotros, por conveniencia política o por bancarrota moral, perpetran simplicísimas apologías de mercadillo revolucionario para disculpar a los pobrecitos takfiristas que nos atropellan y acuchillan, a quienes no hemos dejado otra opción. Oh, qué comprensivos y empáticos, y qué culpables las víctimas, y qué bien el mal. Son todos esos paternalistas para quienes los terroristas religiosos de las antiguas colonias europeas son menores de edad mental, peleles sin iniciativa que se limitan a reaccionar ante nuestras previas ofensas; no les cabe en la ideología, de miras casi tan amplias como la cabeza de un alfiler, que los takfiristas tengan vida propia, y manías e ideas propias, y cosmovisión propia, y Alá propio, y en el colmo del descaro que hasta desarrollen sus propios planes para nosotros: convertirnos o matarnos. Y no porque lo dicte la diosa de la venganza poética. Son esos que se ponen como motos porque nos duelan arañazos de 15 o de 124 cadáveres cuando es bien sabido (arguyen campanudos) que el 80 o el 90% de los miles que Estado Islámico mata en batallas y atentados son musulmanes, a qué viene quejarse por unos pocos vecinos de menos. Y entonces uno cae agotado ante el monitor, o derrengado sobre la radio, ya que nada hay más infame que las temerarias acrobacias que demanda el blanqueo del mal-que-me-conviene. ¿Por qué los medios no nos educarán al respecto; quiero decir, para que se enteren de una puta vez estos quintacolumnistas del caos?

Hora de cerrar, que no quiero descender a preguntarme por qué resulta preferible alertar contra determinado culto religioso extranjero con mala fama antes que elevar el nivel técnico de noticias, editoriales y comentarios de los sabios. Acaso una última razón para lamentar la excesiva atención que se presta al salafismo y la nula que consigue el takfirismo sea el perfil de los terroristas. ¿Son salafistas? Ni por asomo. ¡Si ni siquiera les da tiempo: aprenden a odiar, no a practicar virtudes! Por lo común se trata de gente poco devota — a menudo mangantes con antecedentes — que se radicaliza por distintas causas y vías, solos o en compañía, y que vuela a mil por hora desde una vida rutinaria hasta el heroico takfirismo de su imaginación. He ahí otra oportunidad para que los medios nos eduquen a fondo con más provecho que el que reporta repetir una y otra vez que el salafismo es caca. Pero antes igual deberían aprender a decir Estado Islámico a secas, y no todos esos inventos y anacrónicos anglicismos siglados que usan.

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Contraterrorismo & yijad. Analista en [REDACTED]. HispaLibertas 2003-2015. Hápax en Politikon, Sabemos. Colaboro en

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