Esto de escribir es muy raro. No puedo dejar de hacerlo. Es, en realidad, una de las actividades menos productivas en mi vida y las que más padezco. No puedo dejar de hacerlo. He resultado poco constante en publicar, pero no en escribir. Trato de escribir algo casi diario, eso me gusta. No me gusta publicar.

1. Porque me da el síndrome del estafador, creo que la gente se dará cuenta de que lo hago muy mal, de que no tengo nada importante que decir y cuando sí, no logro explicar lo que ocurre conmigo.

2. Modestia aparte, quiero pensar que soy muy exigente con los textos que leo, tengo muy poco tiempo disponible como para perderlo en textos que considero malos (digo malos para resumir mi opinión sobre este punto y que en algún momento desarrollaré). Hay que leer las noticias, los blogs que me gustan, los sitios que sigo, las revistas que me gustan, los libros que tengo pendientes, cosas del trabajo. Creo que eso mismo pasa con mis escritos, hay tanta cosa buena allá fuera que no concibo el interés de alguien sobre mis topes en la pared. No puedo evitarlo, tengo que escribir. Me pongo físicamente mal. Creo que lo hago para lidiar con la melancolía. Es un estado muy frecuente en mi vida, hoy por ejemplo en el restaurante me dieron a probar un vino, y me quedé pensando en el vino. En la botella, el color tinto que desprende, el sabor reconfortante y la vez amenazador de la uva fermentada, la botella era muy grande y el color del vino seguro se vería diferente… CORTE: La mesera me pide la carta. Olvido el pensamiento, pero me queda la melancolía. Escribo también para hacer un poco de realidad las imposibilidades que agobian mi cerebro. Tienen que estar en algún lugar. Escribo para lidiar con la furia, aceptar mis enojos es algo más o menos nuevo para mí. Algunas personas no se dan la oportunidad de amar, de sentir tristeza o felicidad. Yo no me daba la oportunidad de sentir coraje. Eso me ha hecho muy peleonero y respondón. Temo meterme en algún problema mayor.

3. Trato de escribir lo mejor que puedo, quiero hacerlo mejor que los peores publicados, quiero hacer sentir lo que me hacen sentir los escritores que admiro. Cada vez que leo algo y el autor hace que me den ganas de escribir (que es un poco como sentirse enamorado), me siento feliz (y por supuesto melancólico). Cuando leo algo que no me gusta, me invade la desolación del espíritu (el vacío sublunar) y la furia (envidia, he pensado). La única manera de responder a ambos estados es escribir. Tanto para el amor como para el desamor. No he encontrado una mejor manera de encontrar tranquilidad. El problema es que dura poco tiempo y tengo volver a empezar.

4. Hace poco, en algún lado leí: “we confuse self-promotion with self-expression”. No está en duda el derecho que tenemos para opinar sobre los sucesos de la vida diaria, pero con las redes sociales, parece que lo importante es sobre lo que se escribe y no lo que se escribe, me parece parasitario colgarse de cualquier pretexto para hacerse de una fama efímera y poco honrada. Es una obligación estar al día en todo, tener la mejor broma, el mejor texto, el mejor todo. No, todo arte necesita tiempo, para gestarse, para incorporarse en el mundo y con mucha fortuna para ser relevante y trascender. ¿Qué trasciende en nuestro tiempos? Las apariencias.

5. As if, toma mucho esfuerzo saber quién es uno, como para todavía perder energías en tratar de aparentar algo que no somos. Terminamos viviendo en la casa de los espejos, con el gran riesgo de creer que nuestra identidad es aquella del espejo deforme que los hace ver más fuertes, para fortuna de unos, o que nos atrofia la apariencia. As if. Los que se dedican a escribir tienen un trabajo más, al igual que los artistas contemporáneos, los músicos (yo creo que ser estrella de rock debe ser el mejor trabajo del mundo, pero no suena nada mágico tener que tocar las mismas canciones 52 veces durante seis meses, sin contar los ensayos, lejos de casa, lejos de la familia, esperando que un montón de compensen los sacrificios con su entrega y sus aplausos) los críticos de cine (todos somos críticos), filósofos, académicos, investigadores, burócratas, taxistas y conductores del metro. Son trabajos y la dignidad de cada uno se mide con la honestidad y entrega con que se hagan.

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