V Semana del Cine: Parásito

Manuel Casavilca
Nov 5 · 3 min read

Parásito (2019) del surcoreano Bong Joon-Ho sorprende por la gran profundidad y a la vez fluidez con que se presenta su trama. Esto le sirve para desarrollar varios temas a la vez, proponiendo una muy rica crítica social. Y lo hace a través de una puesta en escena fascinante y atractiva.

El tema central gira en torno a la jerarquía de las clases sociales, la cual contrasta a una familia de la alta burguesía (los Park) con otra situada al margen social (los Kim). Se desarrolla, entonces, un parangón entre el lujo y la necesidad, entre la vivienda planificada y el hacinamiento, entre el alto palacio racionalista y el semisótano urbano descuidado.

Los miembros de la familia de bajos recursos se infiltran dentro del clan burgués, aprovechando el engaño y enmascaramiento junto a la retórica de la desconfianza. La paranoia desestabiliza la tranquilidad de los Park, con lo cual los Kim se recomiendan unos a otros (encubriendo sus identidades) para satisfacer los deseos de quienes se encuentran varios escalones arriba en la clasificación social.

Llegados a esta instancia, la película nos sorprende con escenarios cada vez más sombríos. La comedia slapstick se conecta con el suspenso del thriller, mientras que poco a poco se asoma el aura monstruosa presente en varios filmes de Bong Joon-Ho. La película transita, motivada por las desigualdades sociales, una etapa de giros narrativos inusitados, pero que nunca se perciben fuera de lugar.

Ahí encontramos la estupenda fluidez narrativa, al nivel que mezcla varios distintos géneros en un conjunto tan orgánico como agradable. Y en esto ayuda, también, la brillante puesta en escena característica del director. El manejo fluido de la cámara y la posición de los actores con rigurosidad contribuyen a un seguimiento preciso del diálogo, facilitando a su vez la sorpresa visual. El cineasta coreano sabe además cuándo ampliar los planos en varios términos, proponiendo un escenario de suspenso o, incluso, de comedia, jugando con los elementos dentro del encuadre y fuera del mismo.

En este tratamiento visual encontramos una influencia que data desde el cine de Jean Renoir. Particularmente, La regla del juego (1939), una obra maestra del cine clásico, pareciera reconstruirse después de 80 años: se replica la división de clases, se asignan similares espacios comunes (salones lujosos y el sótano de la servidumbre), se regresa a las escaleras como motivo visual de descenso y ascenso social. Y ambas películas recurren al mismo planteamiento de cámara a base de fluidos travellings y tomas en profundidad de campo.

Es en esta brillante propuesta audiovisual y en su lograda combinación de géneros narrativos radica la consolidación de un director cuyas obras con marcada crítica social vienen dando muy gratas sorpresas. Desde Memorias de un asesino (2003), su segunda cinta, Bong Joon-Ho demostró mucho ingenio en la composición de sus encuadres. Ha regresado en grande y con una de las mejores películas del año.

    Manuel Casavilca

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