El encuentro de las musas

Cuenta Vasari que cuando el pintor Franceso Francia vio por primera vez el cuadro de la «Santa Cecilia» de Rafael, sintió al mismo tiempo tal admiración e impotencia, que decidió dejar completamente el ejercicio de la pintura, muriendo poco tiempo después (1); pero también refiere Pengileoni que cuando el joven Correggio fue llevado a la ciudad de Bolonia para conocer esa misma obra, se sintió en cambio tan inspirado al contemplar en persona al genio desbordante de Rafael, que declaró emocionado: «yo también soy un pintor», y desde allí se dedicó completamente a la pintura (2). Son curiosos los caminos del arte. Frente a la misma obra de genio un autor encuentra el desánimo corroedor que le conduce a la muerte, el otro, enciende el deseo que impulsa la vocación de su vida. Estas dos experiencias en apariencia tan distintas se unen sin embargo en un punto común, al poner en primer plano el papel de la inspiración en la vida del artista. Si es es cierto que el arte como disciplina con sus reglas y principios requiere de condiciones como el dominio de la técnica, destreza de los materiales, capacidad de aprendizaje y el conocimiento de la tradición artística, todo esto se pone en marcha con la inspiración y nada sirve en el instante en que ella no se encuentra. Es por virtud de la inspiración que el artista toma el impulso para realizar algo y para poner en práctica los secretos artilugios de su arte; privado de la inspiración, y del deseo de hacer, como un Hércules disimulado entre las sirvientas de la corte de la reina Onfale, su persona y su figura se confunde con la del resto de los hombres. Es verdaderamente artista solamente cuando está inspirado; todo aquello que sea y que represente en el resto de su vida es exterior al plano del arte. Como ejemplo puede traerse a cuento la anécdota de que Johnson acostumbraba a decir de su amigo Goldsmith que, «nadie era más tonto cuando no tenía una pluma en la mano, ni más sabio que con ella» (3), o que Walpole, más tajante, acostumbraba a llamarlo simplemente un «idiota inspirado»; pero, aunque quizá ambos pudieron tener razón respecto de la persona de Goldsmith, lo decidido para la historia literaria y para el Goldsmith artista, es el momento en que escribía, el instante que su inspiración le dictaba que componer, y hacía de él un genio. ¡Extraña criatura es esa del artista!, que necesita de la inspiración para ser. En una ocasión cordial y sabio Wordsworth declaró que la naturaleza de la poesía no es otra que la de una «emoción que se recoge en la tranquilidad», valorando esa capacidad de poder conformar los frutos del entusiasmo poético por medio del estudiado trabajo, pero también con ello mostraba que antes de ponerse a escribir con la disposición adecuada, el artista debe haber tenido esa gran emoción que fecunda las ideas; y que, ausente de ella, el poeta es incapaz de escribir cualquier cosa valiosa. No importa que otras cosas haga en otros momentos y otros espacios de su vida, el artista como tal no tiene más justificación que su arte, ni más impulso para hacerlo que el de su inspiración. Ella es la causa de todo. Como esas mariposas que mueren en el instante en que se les priva de su vuelo, el artista vive mientras es capaz de crear con su genio; su vida consiste de ir de inspiración en inspiración, como la mariposa va cosechando de flor en flor ese néctar precioso que le da la vida.

Los griegos, con su particular sensibilidad para los hechos artísticos, vieron bien el papel de la inspiración creadora cuando usaron para definir al artista el vocablo «poetes», que viene directamente del verbo «poein», crear, indicando que el artista es precisamente aquel que crea. Pero no en cualquier momento ni en cualquier lugar, sino cuando el impulso del genio viene a él. EL vocablo griega para inspiración, «entusiasmos», significaba primitivamente el hecho de «tener al dios dentro», señalando la condición especial que guía la creación estética. Tan importante y significativo fue visto este acto de iluminación, que desde temprano se le asignó una realidad trascendente más allá del curso prosaico de la cotidiana; para Platón la inspiración no es nada más que un don divino (4). La sabiduría religiosa popular y la tradición poética declararon a la vez que tal don se hallaba adscrito al dios Apolo, y que sus intermediarias eran las musas, hijas de Zeus y Mnemosyne la memoria, que transmitían el don divino a los hombres. El poeta es la «boca de las musas» afirmó Apolonio Rodio (5), y según Safo, la poesía era definitivamente el «glorioso don las musas»(6). Si la inspiración era tan particular y especial para ser considerada del tipo de una posición divina, se comprende que solo aconteciera en momentos especiales, el momento en el cual al poeta le es conferido la gracia de Apolo y es visitado por las musas. Es conocido el relato de Hesiodo por el que, estando pastando sus ovejas a las pies del divino monte Helicón, se le acercaron las doncellas de pies delicados en un animoso baile, y junto con una rama de Laurel, le insuflaron en la boca «la divina canción» (7). Desde entonces el simple pastor beocio se convierte se hace poeta sagrada, y por medio de la inspiración divina, es capaz componer y entonar el «hermoso canto». ¿Pero como es que eligen las aladas musas?, ¿En que circunstancia se enciende para el poeta el fuego divino? Quizá ningún ejemplo más claro que la leyenda que relata la iniciación poética de Arquíloco:

«Pues se cuenta que cuando Arquíloco era todavía joven, fue enviado por su padre Telésicles a la tierra y a la ciudad de la gente de Leimones, y allí le ordenó llevar a vender un buey, a una hora bien temprana, cuando la luna se hallaba todavía brillante. Cuando Arquíloco cumpliendo esa tarea llegó cerca a un lugar llamado Lissides, se topó con un gran grupo de mujeres. Creyendo que culminaban sus labores del día y que volvían a la ciudad, empezó a hacerles bromas mientras que se acercaba a donde estaban. Ellas le escucharon y recibieron con chanzas y alegría, y le preguntaron si estaba llevando a vender su buey. Cuando el respondió que sí, le dijeron que ellas le darían un honor valioso. Cuando hubieron dicho estas palabras, el buey se desvaneció y él, despertando después en pánico, vio una lira depositada junto a sus pies. Después de un corto tiempo, entendió que las musas habían aparecido ante él, y que le habían dado la lira» (8)

La leyenda del joven Arquíloco siendo elegido por la musas no es en realidad muy diferente de la historia -presuntamente apócrifa- de joven Correggio sintiéndose llamado a ser pintor al observar una pintura de Rafael. La inspiración que hace de uno un artista se descubre sin ninguna forma o protocolo. Sea muchacho vaquero como Arquíloco, un pastor como Hesiodo, el hijo de un comerciante como Correggio, la musa puede sonreír a cualquiera; solamente basta que cuando el momento llegue, sepa prestar oídos a la invitación. El poeta es aquél que tiene la sensibilidad para escuchar las señales ocultas que despiertan la fantasía, y que pueden encontrarse en cualquier parte, estimulando la imaginación y el sentimiento con la impresión inspiradora que crea. La invocación de Alcman recitada hace ya 26 siglos en tiempos casi bárbaros en compañía de la lira: «Llenad, musas, mi corazón con el deseo de la nueva canción» (9), es, a su modo, el deseo que se haya prendado en el pecho de cada artista; el que está siempre atento al momento en que la nueva inspiración aparecerá, para revelarle sus propias condiciones y su verdadera fuerza.
Ese momento casi divino en que todo se pone en marcha, y donde el entero ser del artista, como respondiendo al canto misterioso de las musas, se entrega al ritmo irresistible y fácil de una nueva creación.


(1) Giorgio Vasari, Le vite de´più eccellenti pittri, scultori ed archittetori, Florencia, Sansoni, 1906, p. 545.
(2) Luigi Pengileoni, Memorie istoriche di Antonio Allegri detto il Corregio, Parma, 1817, p. 61.
(3) Washington Irving, Oliver Goldsmith: A Biography, Londres, George Routledge & Company, 1850, p. 101.
(4) Platon, Leyes 719c.
(5) Apollonius Rhodius, Argonautica 4. 1380 ss.
(6) Safo, Fragmento 34.
(7) Hesiodo, Teogonía 1 ss. 
(8) Mnesiepes inscription, E1 II 14–57.
(9) Alcam, Fragmento 3.