LA CIUDAD ATASCADA…

La aldea cafetalera del valle central costarricense fue esencialmente un lugar limpio. Los riachuelos y grandes ríos se mantenían normalmente equilibrados, pues durante décadas los desechos de la industria tabacalera o cafetalera no eran lo suficientemente grandes para dañar su biodiversidad. Por su parte, la ocupación urbana propiamente tal, era también relativamente pequeña y con solo unas pocas decenas de miles de habitantes, las principales cabeceras de provincia no llegaban a acumular muchos desechos, a pesar de que no hubiera sistemas técnicamente sofisticados de procesarlos.

La organización productiva de la finca cafetalera que rodeaba todas las ciudades principales durante el siglo que va de mediados del S XIX a mediados del S XX dependía de retener mano de obra para los tiempos de cosecha, por lo que los cafetaleros daban albergue, o permitían a las familias de los peones construir casitas en sus fincas. No unas pocas, sino docenas, o cientos de casitas distribuidas en pequeños grupos por diversas partes de las fincas, usualmente cerca de los ‘recibidores’, o de los ‘beneficios, en las principales entradas o caminos que atravesaran las fincas. Con estas casitas las miles de familias de trabajadores del café tenían también un pozo para el agua y un hueco para la basura, ahí en el cafetal. A la vez, mucho de los desechos de cocina se iban con el agua por caños sin fin (o que caían en el mismo hueco de basura) y permitía a las gallinas, perros y cerdos comer de esos desechos. Para recoger aguas negras utilizaban una letrina o ‘pozo negro’ en algún lugar del patio. La energía para cocinar la sacaban de la propia leña del café, o de la poda de árboles de sombra y se iluminaban con candelas o canfineras.

No había basura que recoger, ni aguas residuales, ni cañería que construir, ni postes para electricidad, pues no había urbanizaciones propiamente tales.

Con el cambio de organización productiva y el crecimiento poblacional normal en las principales cabeceras de provincia y cantón, con la aglomeración que se inicia en particular en la ciudad de San José y sus alrededores, el AMSJ; se hacen necesarias todas las nuevas infraestructuras. Las urbanizaciones no tienen espacio para desechos sólidos, ni aguas residuales. Se requieren sistemas de cloacas y recolección –y procesamiento- de desechos sólidos, lo mismo que redes de agua potable y energía.

No obstante, los cambios productivos, organizacionales y demográficos se dieron sin que se diseñaran o construyeran los sistemas de procesamiento requeridos para los residuos habitacionales, urbanos (de todas las instalaciones de servicios, comercio, oficinas y administración, aglomerados en los centros de ciudad) e industriales, o agroindustriales.

La producción de café se expandió y se diversificó e hizo mucho más compleja la administración y el comercio; pero no con ello los sistemas de recolección de aguas residuales, aguas negras o desechos sólidos de todo tipo y en grandes cantidades.

La cultura del plástico y el use/y/bote llegó en el último cuarto del S XX, sin que todavía en Costa Rica se organizara mínimamente una estructura capaz de organizar y procesar todos los residuos, sólidos y líquidos, que ello traería.

Así se llega al final del SXX con una ciudad que ya ocupa toda la extensión de doce municipios, y una región metropolitana (la llamada GAM) que incluye las más pobladas cuatro cabeceras provinciales, sede de las instituciones estatales y municipales que emplean decenas de miles de personas, que residen en los suburbios urbanizados… dónde antes estaban las fincas de café. Estas fincas productivas (cafetaleras, potreros lecheros, legumbres y verduras, etc.) se reducen y segregan hacia las montañas alrededor del Valle Central, mientras las decenas de miles de familias que trabajan en ellas se quedan sin sitio en qué vivir, sin su trabajo y también sin su casita, su letrina y su hueco para basura.

Estos miles de familias serán las que ocupen los barrios más pobres, las ‘cuarterías’ y precarios, que se transforman en proyectos estatales de vivienda mínima, con el paso de las décadas, pero todo ello sin contar con las estructuras municipales, ni metropolitanas, ni regionales para disponer, con un mínimo de higiene y calidad, de los desechos sólidos o líquidos. En consecuencia, los basurales se acumulan en lotes baldíos y laderas de alta pendiente, que normalmente llegan hasta las principales acequias que confluyen en los cuatro ríos principales que recorren el Valle Central, los que serán los colectores terminales de todos esos basurales. Ahí llegarán tanto la basura cotidiana como los desechos no convencionales, como aparatos electrodomésticos y muebles viejos.

El resultado es una ciudad de cientos de miles de habitantes, San José, con otras menores pero que como región metropolitana concentran cerca de dos millones de habitantes. En todas ellas se localizan decenas de miles de trabajadores de sectores de ingreso medio que ocupan las ‘urbas’, o residenciales, más los barrios de familias de ingreso bajo, sumado a prácticamente todo el parque industrial y agroindustrial del país.

Las estructuras institucionales para la disposición de desechos líquidos para tratar una ciudad como la que existe a inicios del Siglo XXI no están ni siquiera diseñadas, de manera que todavía se utilizan tanques sépticos y tecnología (que era apropiada para las casitas de las fincas de café) en cientos de miles de viviendas y decenas de municipios, pero a la vez, aquellas urbanizaciones, residenciales y barrios construidos con redes de cloacas, no tienen como complemento las redes de colectores de escala intermedia ni mucho menos las instalaciones que permitan, separar los líquidos de los sólidos (plásticos y basura del use/y/bote) o de procesar las enormes cantidades de líquidos residuales, tanto las llamadas ‘aguas negras’ como las ‘jabonosas’ o incluso las pluviales. Aunque la legislación y normativa urbana, residencial y de construcción establece claramente los lineamientos y dimensiones de construcción de sistemas de cloacas y sistemas de tratamiento de las aguas negras y residuales, lo real es que la urbanización con un sistema de cloacas no tiene finalmente dónde depositar su carga, la que llegará finalmente a los ríos.

Siendo las acequias y los ríos los principales depósitos y colectores de desechos líquidos contaminados con toneladas de desechos sólidos (residenciales, industriales e institucionales), no es extraño que las cloacas o los sistemas de colectores de mayor escala se atasquen a lo largo de los meses secos, y como consecuencia, no tengan capacidad de funcionamiento para la época de lluvias. Un importante cantidad de kilómetros de cloacas urbanas están prácticamente atascadas en forma permanente y no se nota en la temporada seca porque no hay agua, pero el país entero lo recuerda al inicio de la temporada lluviosa con las escenas de televisión mostrando las alcantarillas como si fueran géisers, fuentes u ojos de agua que lanzan a las calles enormes chorros solo poco después de unos minutos de lluvia de mayo o junio. La labor municipal en la limpieza o des-atasque de cloacas implica enormes gastos y gran parte del trabajo de mantenimiento se desperdicia, pues pocos días de la limpieza las cloacas, acequias o ríos, están otra vez atascados. Lo que sucede a todo lo largo de la ruta, desde las poblaciones de los cantones alrededor del AMSJ, Cartago, Heredia y Alajuela; hasta el punto final de la red, es decir de la cuenca del Río Tárcoles, allá en las playas del pacífico central y la entrada del Golfo de Nicoya.

Simplemente no se han diseñado a escala de la AMSJ y menos de la GAM, de hecho, siguen estando bajo responsabilidad municipal o del nivel nacional (Instituto de Acueductos y Alcantarillados), pero sin que se haya definido la solución técnica para atender dos millones de habitantes en algunas decenas de km2. Las aguas residuales simplemente se tiran a las acequias que bajan las laderas alrededor del Valle Central en todos sus extremos y corren hacia los principales ríos que atraviesan la ciudad de San José, para ir a dar luego al Río Tárcoles y algunos otros. Claro, con su carga de bolsas de basura y todo tipo de basura habitacional o residencial e industrial, o sea los residuos sólidos que contaminarán esos residuos líquidos.

No habiéndose diseñado los sistemas institucionales y técnicos adecuados para este tipo de escala de ciudad, mucho menos se ha contado con las previsiones financieras para alcanzarlo algún día.

Simplemente no se han diseñado a escala adecuada, a ninguna escala, los sistemas institucionales de recolección y procesamiento o disposición de residuos sólidos, ni en la GAM ni en las otras diferentes regiones del país. Y claro, si no se han diseñado ni los sistemas ni las soluciones técnicas, tampoco se han previsto los requerimientos financieros.

En el problema de los residuos sólidos se sigue confrontando todavía con una perspectiva que llega a nada más la escala municipal. Como resultados, se tienen propuestas de solución de escala municipal (tanto en recolección como en depósitos o tiraderos, pues son escasas las propuestas o instalaciones para el procesamiento y disposición técnicamente adecuada) que operan con diversos niveles de éxito/fracaso: desde aquellos que ni siquiera pueden recolectar la basura residencial, hasta aquellos que tienen algún tiradero o basurero (a veces llamado con otro nombre más técnico), hasta aquellos que tienen un nivel más alto de organización y pueden recibir basura de varios municipios, no sin tener serias dificultades para cumplir con los requisitos mínimos que este tipo de instalaciones industriales requieren, pero protegidos por decisiones políticas o político/electorales a escala municipal. Tal es el incumplimiento que la reacción de los vecinos afectados se ha llevado hasta la protesta pública y las demandas judiciales, a la vez que instituciones de salud han debido clausurar temporalmente algunas de estas instalaciones que atienden varios municipios del AMSJ, lo que significa un colapso para un territorio de decenas de miles de familias.

Como consecuencia la escena es la de un conglomerado de municipios que no han logrado resolver ni siquiera sus necesidades de diagnóstico de la situación, y siguen tirando sus residuos en botaderos altamente contaminantes, junto -o entremezclados- con otro grupo de municipios que han logrado algún grado de eficiencia en la recolección, pero no en la disposición y finalmente unos pocos que tienen niveles más cercanos a los niveles técnicos aceptables de disposición de residuos, no siempre adecuadamente localizados y casi siempre con serios problemas de localización respecto de las vías de acceso (puentes pequeños, falta de aceras, calles angostas y muy deterioras por el tránsito pesado para el cual no están diseñadas) y vínculo con sitios residenciales de alta densidad, lo que no se nota mucho por ser sitios de familias de bajo o bajísimo ingreso o en condiciones de semi-legalidad, lo que da poco margen para hacer notar la inadecuada localización del depósito de basura o relleno sanitario.

La ciudad está atascada en la necesaria, indispensable, canalización adecuada de aguas residuales y desechos sólidos, pero también, y cada vez más, también están atascadas las rutas de transporte y peatonales, las aceras y las calles urbanas así como las pistas de circunvalación y las carreteras hacia los confines de la propia GAM.

En una ciudad relativamente pequeña se tienen problemas que imitan los de grandes ciudades, simplemente porque no se actúa para resolver esos pequeños problemas y requerimientos de algunos cuantos cientos de miles. Técnicamente, la salida es relativamente sencilla, pero no ha sido un tema central en la acción política gubernamental.

Como contrapartida de las carencias institucionales, por supuesto están las carencias personales, familiares y sociales en cuanto a la forma de disponer de los residuos sólidos (y líquidos). Ya no está el patio trasero para tirar al hueco todo lo que sobra, desde las sillas viejas a la cascaras de verduras de todos los días, ya no está disponible la extensión requerida para hacer letrinas o tanques sépticos con drenajes, la aglomeración y densidad, los tamaños de los lotes, ya no lo permiten. Ya no están las gallinas, cerdos y perros que se coman los restos de comida, cáscaras y desperdicios del proceso de los alimentos de todos los días.

Pero tampoco se ha diseñado un proceso mínimo de organización de la conducta individual, familiar y colectiva a escala de ciudad para que desde el inicio haya un proceso de disposición sano, saludable, higiénico y técnicamente con un mínimo de requisitos, no solo en lo que se refiere a los residuos residenciales, industriales o institucionales, sino a también a los residuos que resultan de la vida cotidiana en calles, parques o sitios públicos, incluyendo los actos masivos o actividades multitudinarias, como conciertos, espectáculos públicos, de diversión (como turnos o fiestas cantonales o de fin de año –Zapote, Palmares, Santa Cruz, etc.) o religiosos como cada domingo en los centenares de iglesias o edificios de culto. Entre estos últimos destaca, por supuesto la romería del agosto, que es la actividad colectiva que más cantidad de gente reúne en una semana al año, y en particular en dos días, pues hace que más de un cuarto de la población del país camine por una estrecha calle de algunas pocas decenas de kilómetros a lo largo de muchas horas.

La educación, capacitación y organización que se requiere para dar un salto de calidad y salir, por acciones personales, comunitarias o multitudinarias, que empieza en la familia y la educación pre-escolar, pero se debe continuar en forma de educación de salud permanente y sistemática por todos los medios masivos todavía está en sus albores. Por lo tanto, mientras no se actúe en ambas vías institucionales y sociales, nuestra ciudad capital, y todas las restantes ciudades del país seguirán atascadas.

(Escrito a solicitud de la Revista AMBIENTICO, UNA, julio 2011)

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