La COSTA y el MAR NUESTRO de cada día

que tanto DESPRECIAMOS

La población costera y las líneas de costa, así como nuestro territorio marítimo, oceánico, son de las áreas y habitantes menos alcanzados por las políticas públicas, y de hecho, menos tomados en cuenta para efectos de elaborar planes, programas y en particular, los programas de gobierno.

Sí, sí, hay alguna mención, pero normalmente, o falta la gente, o falta el mar, o falta la complejidad de la inmensamente biodiversa línea costera y sus los humedales.

Lo que ha marcado la pauta es la demarcación de territorios del Estado y la regulación mediante la Zona Marítimo/terrestre; la primera sobre/proteccionista que en la inmensa mayoría de los sitios hace caso omiso de la existencia de seres humanos en comunidades o poblados y ciudades, la segunda que se concentra en propiciar un turismo de inmensa magnitud con grandes complejos hoteleros, marinas y el descomunal mercadeo del paisaje, la naturaleza o las jovencitas, con enorme desperdicio de las escasas reservas de agua y desprecio por la dignidad humana.

Claro hay excepciones, pero ese ha sido el modelo hotelero predominante que ha marcado todo el pacífico norte y parte del central y sur, mientras que el turismo comunitario es todavía incipiente, pero, lamentablemente, tampoco tan ambiental/socialmente sostenible.

Mientras tanto los poblados y comunidades costeras, algunos ubicados en zonas protegidas y otros en la Zona Marítimo Terrestre, o alcanzados por la legislación sobre las islas aunque no sean islas de verdad, languidecen con inmensas dificultades de desarrollarse o superar la inseguridad jurídica que los atropella y atrofia. Sí claro que hay algunos sitios que han sido objeto de legislación especial, como la zona de Papagayo o en Jacó, pero la inmensa mayoría han tenido que dar una larguísima lucha por sobrevivir no solo a sus limitaciones como la pobreza, la escasez de trabajo y las dificultades con la pesca, sino también con la falta de legislación apropiada que les dé estabilidad en sus tierras y permita inversiones o la construcción de infraestructura pública… la que igual se ha ido haciendo a punta de protesta y clientelismo.

En las antiguas comunidades vinculadas con las multinacionales de plantaciones agrícolas (como el banano y la palma aceitera) todavía quedan vestigios urbanos y habitacionales de esos focos de prosperidad donde residían los administradores y algunos de los trabajadores, sin embargo, con el correr de las décadas, la magnífica adaptación de la vivienda caribeña y tropical victoriana, que utilizaba la construcción con pilotes (frente a la inundación), al igual que la vivienda indígena precolombina de las costas, se ha ido abandonando y remplazando con pesadas construcciones a ras del suelo, y claro, por debajo del nivel normal de las llenas anuales o las grandes mareas ‘astronómicas’, en las ciudades de ambas zonas costeras: pacífica y caribe.

En tales condiciones la idea de ‘sostenibilidad’ está muy lejos de ser considerada y más bien, se dan procesos evidentemente depredadores del medio que ponen en riesgo miles de familias y obligan a derrochar millones en la reconstrucción todos los años.

La falta de oferta laboral más allá de la artesanal, en el mar o la costa, la pobreza resultante de la desocupación y las deficiencias en educación, financiamiento o simplemente el aislamiento y acceso seguro, no solo son obstáculos para desarrollar un proyecto de vida familiar que prolongue y mejore sus condiciones por varias generaciones, sino que incrementan día con día su vulnerabilidad a los cambios cotidianos o de temporada, eso cuando no simplemente coloca a muchas de estas comunidades en condiciones de muy alto riesgo, las que vemos convertidas en zonas de desastre en cada llena de la temporada lluviosa o arrasadas por la erosión y las más altas mareas del año.

Al margen del escaso acceso de los vecinos a mejorar sus condiciones pues ni siquiera hay fuentes de trabajo que permitan la mínima subsistencia, la especulación con precios del suelo continúa, impulsada por el modelo turístico de las multinacionales hoteleras y la directa especulación inmobiliaria y financiera, como la burbuja que se vivió en la década pasada que generó enorme inmigración primero e inmensa pobreza después.

En condiciones precarias y amenazados por la erradicación y expulsión, las luchas por los derechos de las comunidades costeras frente al proteccionismo extremo o la explotación extrema, no han avanzado lo suficiente, a pesar de las luchas locales y las propuestas progresistas de algunos sectores políticos, que han chocado contra el interés de otros sectores por privatizar y liberar esos valiosos terrenos, es decir por convertir todo en mercancías inmobiliarias que se vendan en los mercados y que generarían, como siempre lo han hecho, la segregación espacial y social cargada cada vez más de xenofobia.

Aunque nuestras ciudades costeras y portuarias son relativamente pequeñas, con pocos miles de habitantes, su construcción y crecimiento ha carecido de los mínimos equilibrios y desde sus trazos originales, de unos pocos cuadrantes, se extendieron sobre sus territorios agrícolas aledaños siguiendo los caminos entre fincas hacia los centros urbanos del interior, en el valle central, vinculados a una economía extractiva y exportadora (de café y otros productos agrícolas), pero sin organizar en cada caso el diseño (habitacional o industrial e institucional) con respecto a las características físicas del territorio (geográficas, geológicas, hídricas, meteorológicas, tectónicas, etc.), pero en particular con respecto al resto de la zonas costeras y los océanos: son ciudades puerto que nada más funcionan como puntos de salida y entrada, no proyectos de desarrollo de la costa, de cara al océano y sus riquezas.

Ya se ha probado hasta la saciedad que la gran inversión turística y pesca recreativa-ligada al modelo hotelero excluyente son altamente despilfarradores de todo: toman la costa, el agua potable, el litoral y su biodiversidad y el mar, con sus riquezas para explotación con turismo de altos ingreso; sin que las autoridades controlen y promuevan alternativas realistas de pesca responsable, organizada y para beneficio de la población costera, inversión e industrialización restringida y zonificada.

Quienes le dan la espalda al mar no permiten que quienes viven del mar puedan alcanzar su propio desarrollo. Una economía extractiva basada originalmente en el uso del suelo agrícola hasta el límite de los humedales (o incluso secándolos para sembrar), se desentiende de la dinámica natural costera y marítima, dejando en la nada tanto al océano como a la población costera/marítima, que sobrevive con lo mínimo que la da la pesca o como trabajadores agrícolas en los arrozales y cañales o bananales, o quizás como pescadores contratados por la flota industrial internacional y, en otros casos, simplemente destruyendo también el humedal, secando el manglar para utilizar su tierra desecada, construir sus casas o, hasta hace unas pocas décadas, quemando el mangle en sus carboneras.

A pesar de esta triste realidad de la población costera, las propuestas de desarrollo no llegan ni siquiera a considerar nuestro inmenso océano y se limitan a estrujarlos más con los proyectos de marinas vinculadas a las multinacionales hoteleras y la pesca recreativa, proponiendo en muchos casos la total erradicación de esas poblaciones, las que tienen décadas y hasta siglos de habitar sus sitios. La expulsión se justifica con razones ambientales como la protección del humedal o la vida marina en extinción, sin considerar la vida humana de los miles de familias afectadas o sin ofrecer alternativas económicas, habitacionales o urbanas para estas poblaciones en extremo riesgo social.

La zonificación, la organización, regulación y las formas de protección de la vida marina frente a la explotación excesiva está plenamente justifica, pero la pesca artesanal y trabajos similares en el humedal constituyen la única forma de sobrevivencia para muchos pobladores y esto tendría que balancearse, tomando en cuenta que el mayor daño lo hace la flota industrial (y flotas extranjeras explotando recursos nacionales en forma ilícita)

Nuestro inmenso mar, muchas veces más grande que nuestro territorio ístmico, sigue ahí a la espera de una intervención que respete primero la vida humana, pero que para ello, respete la vida marina y la inmensa biodiversidad de la línea de costa y los humedales, con todas sus funciones biológicas y de protección de las costas.

Está por plantearse y por impulsarse y negociarse ese plan social/costero/marino que una nuestro territorio de tierra y mar en la búsqueda del beneficio de sus poblaciones.

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