CENIZAS EN CALI

Cincuenta casas en Palmas II, al sureste de la ciudad, quedaron reducidas a cenizas. Tras un incendio que duró cuatro horas, por lo menos 120 familias quedaron sin techo. En Palmas II se posesionó seis meses atrás el actual alcalde de la ciudad. Allí prometió luchar sin tregua contra la pobreza y la desigualdad.

Por: Manuela Riveros

Imagen tomada de www.elpais.com.co

El humo se dispersaba con dificultad, casi a regañadientes. Los escombros y cenizas parecían ocultar restos de lo que fue: arena calcinada en donde quizá hubo un camino; un gran armario metálico en el que una familia guardaba su ropa; hojalatas retorcidas que en algún momento fueron un techo; cuadernos destrozados, en los que una niña solía hacer sus deberes; el resorte de un colchón en el que dormían dos o tres personas; la bicicleta, quizás un regalo de navidad, en la que un niño recorría el barrio. En los espacios vacíos entre algunas casas intactas — construidas en ladrillo — , quedaban los restos de cincuenta hogares de esterilla o bahareque. Las familias se quedaron observando el lugar, conscientes de lo que ello implicaba. Lo habían perdido todo.

En 4 horas de fuego, desapareció el fruto del trabajo de decenas de familias, en su mayoría, desplazadas por la violencia. Las Palmas II se constituyó como un asentamiento subnormal en las cercanías de Meléndez, con migrantes de diversas partes del país. Estos crearon su propia aldea de casas de madera, plástico, bahareque, zinc y esterilla, todas empinadas en las laderas de Cali. Sin planificación, el sector creció de manera más o menos caótica como un asentamiento ilegal, pues no recibió apoyo del gobierno. Es una loma de difícil acceso. Sus caminos son asimétricos y no hay carreteras decentes por las que pueda subir una máquina de bomberos. Las casas, apretujadas unas contra las otras y construidas en materiales altamente inflamables. Todo facilitó la desgracia.

La realidad nunca resultó tan difícil de aceptar. Así lo pensó María Inés Muñoz, una mujer de 59 años y habitante de la zona, que jamás imaginó el infortunio que le traería levantarse a preparar la comida para su esposo. La ciudad estaba casi muda esa madrugada de miércoles, sin embargo, Inés ya hacía ruido: movía ollas de aquí para allá y ajustaba la paila sobre la estufa. En medio del ajetreo de cada madrugada, ajetreo común en familias empobrecidas, comenzó lo que terminaría convirtiéndose en tragedia de todos. Primero, la explosión de una pipa de gas y los gritos de María Inés al ver que su cocina desaparecía en llamas. Después, la propagación del fuego que hacía casi imposible respirar.

Las sirenas sonaron y alertaron a los vecinos, quienes salieron apurados de sus casas. Tomaron a sus niños en brazos, aunque éstos ya pudieran caminar por su cuenta. Asistieron a los más viejos, pues muchos de ellos tenían problemas para movilizarse sin ayuda. Otros, buscaron con urgencia sus mascotas, que aullaban sin parar. Al final, aunque con dificultad, todos los vecinos lograron salir del fuego. Sin embargo, no les quedó mucho tiempo para salvar objetos de valor — material o sentimental — que terminaron convertidos en polvo. Martín Emilio Gómez, de 65 años, y quien se encontraba trabajando en un lavadero de carros cuando empezó el incendio, dijo entre lágrimas “22 años he trabajado, 45 millones le metí a esta casa de a poquitos, y vea en lo que quedó. No pensé que yo estaba en esto, cuando vine encontré mi casa destruida, toda. Toda destruida.”

María Inés, María Dominga, Sergio Luis y José Ruiz, tuvieron quemaduras de segundo grado y laceraciones en diversas partes de su cuerpo, por lo que fueron llevados a la sala de urgencias del Hospital Universitario del Valle. Mientras tanto, el resto de vecinos se quedó en lo que describían como avistamiento del fin del mundo. El infierno instalado sus casas, sus hogares. El fuego ocultaba y consumía todo aquello por lo que habían luchado durante años. Gritaron y lloraron como almas en pena. Las esperanzas desaparecieron de un plumazo. Intentaron inútilmente ahogar, con sus baldes de agua, llamas que alcanzaban 50 metros de altura.

Imagen tomada de www.elpais.com.co

Los bomberos, policías y demás grupos de rescate no se hicieron esperar, y aunque pusieron a disposición gran parte de su maquinaria — cinco carro tanques, once máquinas de bomberos, cuarenta unidades de personal y dos ambulancias — no pudieron hacer mucho contra el fuego que se extendió durante horas, pues sólo hasta pasadas las siete de la mañana lograron controlarlo. La ayuda humanitaria empezó a verse desde temprano en forma de donaciones de artículos básicos, comida y vestido, por parte de la alcaldía de Cali y externos, sin embargo, a pesar del agradecimiento por parte de los vecinos, saben que merecen mucho más que esas obras de caridad. Sonia Cardona, otra afectada por el incendio, dijo “Alcalde, por favor, así como usted se vino a posicionar aquí en Las Palmas, póngase la mano en el corazón que todo el mundo votó por usted, por qué no viene a mirar el desastre que hubo acá”. Mientras unos vecinos piden materiales como zinc, puntillas, alambre y cemento para volver a levantar sus hogares, y otros vecinos piden reubicación — varias veces prometida — en una vivienda digna, sus exigencias tienen algo en común: ambas son soluciones reales.

En medio de los restos de lo que fue, algunas personas caminan y buscan algún objeto sin calcinar: los niños buscan sus juguetes, los adultos sus documentos y quizás algo de dinero. Otros, no se esfuerzan en recorrer, pues saben que lo que buscan — respuestas y esperanza — no está en el suelo. El ambiente en las ruinas es casi fúnebre, pese a que no hubo pérdidas humanas. Los vecinos guardan luto por los escombros y las cenizas de su pasado.