Cuento al cuadro “mujer de cara blanca”

El agua estaba fría, pero no me importó. Dudé al principio, pero me empecé a meter poco a poco en ella con cierta timidez. Di mis primeros pasos, sumergí los pies y me quedé parada un instante en total desnudez. Vi mi cara reflejada en la superficie, me recogí el pelo e hice un gesto de satisfacción, algo así como una sonrisa de media mueca. De pronto, un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Después de moverme de manera destemplada, noté que se me erizaba la piel con cierto placer. Al seguir, ya no supe si eran mis extremidades las que estaban calientes o si la calefacción había fallado. Empecé por agacharme y dejar que el agua cubriera mis caderas. Luego me senté en el fondo, abracé mis rodillas y puse mi mentón en medio de ellas. Me quedé pensando en lo que pasó la noche anterior mientras mi cuerpo se acostumbraba al frío. Después me recosté, recargué la cabeza y voltee a ver al frente para corroborar que ya sólo salían del agua los dedos de mis pies, mis senos y la mitad de mi cara.

¡Qué noche! No puedo negar que lo disfruté. Y hoy también tengo que hacerlo.

Tallé mis manos, lavé mis cabellos y jugué con la espuma que se hacía en la superficie de mi bañera. Luego me quedé inerte, descansando, dejando que la luz proveniente de la ventana se consumiera.

Recordando una canción en mi cabeza (creo que el opus no. 2 de Rachmaninov), el sueño venció mis párpados. Cuando desperté sentí arrugadas las yemas de mis dedos. Sabía que había abierto los ojos, pero seguía sin poder distinguir cosa alguna en medio de la penumbra. El sonido del agua al moverse mis piernas captaba toda mi atención, siendo todo lo demás un profundo silencio. Sabiendo dónde estaba todo, me salí, agarré mi toalla y me sequé.

Sin prender la luz, me quedé sentada en la orilla de mi cama con la toalla cubriendo sólo mi espalda. Pensaba en que quizás era difícil volver a hacerlo, que a veces no me gustaba lo que hacía, pero era mi trabajo. La experiencia con el niño de ayer fue única.

Encendí la luz, me maquillé la cara de blanco, me puse ropa ligera, me cené unos restos de comida fría, agarré mi celular y salí de mi casa con un gorro que cubría mi rostro.

La calle estaba vacía. Era difícil ver el camino y mis pisadas tenían que esquivar los charcos. Las pocas plantas que decoraban la banqueta desprendían un agradable olor a lluvia. Miré el cielo y no pude ver ni la luna ni las estrellas: al parecer seguía nublado. Caminé con dificultad enfocando el piso, pues el poco alumbrado que hay es obstruido por los frondosos árboles de mi colonia.

Crucé la calle Morelos, la calle Independencia, di vuelta en Constitución y me metí al primer bar que había. Sin descubrir mi cabeza, me fui a la barra y ordené un vodka tonic. Mi primer trago dio un paseo en mi boca, el segundo fue directo a mi garganta. Me hice un leve masaje en las sienes y di un fuerte suspiro. Al instante, una voz ronca con aliento a queso Cotija me dijo una serie de vulgaridades mientras dejaba un pequeño sobre amarillo debajo de mi bebida. Sin voltear a verlo, moví la cabeza en señal de aprobación. El señor se levantó y se fue.

El sobre tenía unas anotaciones al frente con una dirección y dentro de él encontré el dinero correspondiente con una foto. Me acabé mi bebida, pagué sin dejar propina y salí del lugar.

Me quedé parada en la banqueta, localizando el lugar y pensando si era mejor tomar un taxi o ir caminando, pero al parecer estaba lejos.

Me fui a la esquina, pedí un taxi y me subí en la parte trasera indicando una dirección cercana a la que iba. El taxista trató de conversar un poco, pero mis respuestas terminaron con su intento en pocos minutos. Clavé mi mirada en la ventana por el resto del viaje sin dejar de escuchar la radio en una estación que pasaba música de banda. El taxista tarareaba todas y con frecuencia me volteaba a ver por el retrovisor.

Cuando llegamos, le pagué al señor, me bajé y caminé dos cuadras para llegar a la casa que estaba anotada en el sobre.

Me asomé y pude ver que la puerta del jardín estaba abierta. Caminé para acercarme cuando de pronto me entraron unas repentinas ganas de orinar. Me contuve y seguí caminando con paso decidido por el pequeño pasillo de pasto. Estaba lleno de plantas y sin iluminación, pero a la vuelta se escuchaban voces, risas y música de fondo.

Caminé sin hacer ruido escuchando únicamente mi corazón latiendo con fuerza. Me escabullí aprovechando que la oscuridad me cubría y llegué hasta donde todos estaban. Tenía que actuar rápido, por lo que desconecté las bocinas y brinqué en medio sin pensarlo dos veces. Creo que es lo más difícil, pero a partir de la tercera vez ya no cuesta tanto trabajo.

Todos se quedaron viéndome, estáticos y pensativos. Al instante descubrí mi cabeza y dejé que mi peluca naranja se viera. Luego me quité las ropas y mi disfraz de puntitos de colores con pantalones abultados evidenciaba mi identidad. A pesar de que los enormes zapatos rojos que usaba entorpecían mi caminar, corrí hacia el cumpleañero, lo estrellé en el pastel de tres leches. Luego comencé a hacer sonar mis cerbatanas y a aventar confeti de mis manos. ¡Es increíble que ahora hasta los niños se celebren de noche!

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.