Experimenta el momento presente

Nuestra mente funciona como un trapecista de circo. saltando continuamente entre el pasado y el futuro. Contaminando nuestra vivencia con percepciones e interpretaciones parciales y distorsionadas.
Interpretaciones que nos atrapan en conversaciones de un pasado que ya pasó o de un futuro que todavía no existe, haciéndonos perder el contacto con la experiencia que estamos viviendo aquí y ahora.
En otras palabras, nos distrae de la vida misma que ocurre siempre en el momento presente.
¿Para qué detenernos en un pasado que no podemos cambiar? Paralizados muchas veces en la culpa por los errores cometidos, o la tristeza por los anhelos no alcanzados.
¿Para qué llenarnos de ansiedad frente a un futuro que aparece incierto en el horizonte? Conectados con el miedo por alguna situación de amenaza que las mayorías de las veces no suele ocurrir.
¿Cuál es el punto común de ambas situaciones? La falta de aceptación, impulsada posiblemente por la desconfianza no sólo en los demás, sino también en nosotros mismos.
Y esa falta de aceptación, nos desconecta de la experiencia real, dejándonos en la interpretada.
¿Cómo conectarnos con la experiencia? Poniendo el foco de nuestra atención en las sensaciones.
Recuerdo cuando niño, me gustaba ir a contemplar el atardecer en algún lugar solitario, simplemente rodeado de la naturaleza.
Contemplando los rayos del sol que se perdían en el horizonte, la leve brisa que tocaba mi rostro, y la agradable quietud del silencio quebrado por algún canto de los pájaros.
La paz intensa que tal vivencia me aportaba no tenía que ver en realidad con lo que estaba contemplando, sino con la contemplación misma.
¿A qué me refiero con la contemplación? Al hecho de conectarme con la experiencia sin realizar ninguna calificación sobre la misma. Simplemente vivirla.
Todavía hoy cuando camino por la calle, disfruto al conectarme con lo que la naturaleza me regala, descubriendo pequeños detalles que de otra manera no se me revelarían.
¿Y qué es lo que descubrí? Que esa conexión no sólo calmaba mi mente, sino que me permitía experimentar la vida misma, sin distraerme con lo que yo pensaba de la vida.
Y ahí tomé conciencia que esa conexión sólo podía existir, si yo aceptaba la vida tal como era y no como a mi me gustaría que fuera. En efecto, rechazar lo acontecido, desde una emocionalidad de enojo o tristeza, sólo me podía alejar de la vivencia plena de la existencia misma.
Dicen que un alumno que deseaba tener serenidad y confianza frente al futuro le preguntó a su maestro que era lo que él esperaba de la vida, y el maestro le respondió “lo que ocurra”.
Cuando nos atrevemos a vivir la vida desde el amor y la confianza incondicional, nada nos puede perturbar. Nada nos puede quitar la paz.
Un afectuoso saludo, Manuel.
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