Cuestionar: Principio Vital

“La duda es el origen de la sabiduría.” -René Descartes

En la filosofía griega, se entendía al alma como principio de racionalidad (“aquello que nos permite alcanzar el conocimiento y la ciencia, nos acerca a los dioses y nos diferencia del resto de seres”[1]) y como principio de vida (“aquello que se encuentra en los seres vivos gracias a lo cual dichos seres son capaces de realizar actividades vitales y se diferencian de los seres puramente inertes”[2]). Es decir, lo que –según los filósofos griegos– distingue al alma humana del alma del resto de seres vivientes es la función intelectiva que posee. Desde niños, esa capacidad para comprender y razonar se desarrolla a partir de una premisa sencilla: preguntar[se], cuestionar[se].

Siempre hay que cuestionar: cuestionar lo que nos dicen los medios; cuestionar lo que nos dicen los políticos, los médicos, los abogados, los científicos de cualquier ámbito, etc.; cuestionar lo que nos dicen nuestros amigos, familiares y compañeros de cualquier agrupación a la que formemos parte; e inclusive -y sobre todo- cuestionarse a uno mismo. Y de manera paralela a cuestionar las palabras, hacer lo mismo con las acciones, que no siempre están en apego con las primeras. Es decir, muchos sujetos actúan de modo distinto a como se expresan.

¿Por qué cuestionar es un principio vital? ¿Por qué hay que cuestionar? Porque no cuestionar puede costar la vida y cuestionar muy tarde también. Si cuestionamos a tiempo, somos capaces, por ejemplo, de evitar ‘Hitlers’, ‘Stalins’, ‘Mussolinis’, ‘Pinochets’, ‘Francos’; mas en cambio, si tardamos en hacerlo, sufriremos las consecuencias de no haber cuestionado vehementemente y de forma inmediata y precisa las palabras y el actuar de líderes como los mencionados. Ahora bien, tanto el “cuestionar” como la respuesta que tengamos ante el hecho cuestionado, deben de realizarse de forma razonada y comprendida.

En ese sentido, hay dos errores muy comunes que cometemos y que hay que evitar a la hora de cuestionar o fundar ideas: el argumento ad hominem y juzgar según nuestros gustos o preferencias, usualmente cargados de subjetividad. Ambas circunstancias suelen ir acompañadas la una de la otra, no obstante, prestémosles atención por separado. El primero de ellos consiste en la falacia (argumento falso pero aparentemente verdadero para inducir a error o engaño) de argumentar la falsedad –o veracidad– de una afirmación en razón de quién fue el emisor de la misma. La segunda es llanamente la tendencia que tenemos de nublarnos la vista y hasta de cegarnos acerca de una circunstancia cuando están en juego nuestros gustos, deseos y/o preferencias.

Para clarificar no solo lo dicho en el párrafo anterior, sino que en los demás también, pongamos un primer ejemplo: la destitución de Dilma Rousseff en Brasil. En los días en que la ahora expresidenta del país sudamericano fue destituida, las redes sociales se cargaron de posiciones a favor y en contra de tal situación. Había una clara tendencia de las personas con ideología política de izquierda[3] -misma a la que pertenece Rousseff- a tachar de ilegal y/o inconstitucional la destitución de la exmandataria. Se llegó a hablar inclusive de que lo ocurrido en Brasil fue un golpe de estado. Aquí la falacia del argumento ad hominem podría encontrarse en varios sentidos: considerar que la destitución de Dilma Rousseff es inconstitucional porque ella dijo que así fue o, por el contrario, negar que así lo sea por la misma situación de que fue la ex presidente quien lo dijo; o también, oponerse a tal afirmación porque el nuevo mandatario de Brasil, Michel Temer, afirmó que la destitución se realizó conforme a derecho.

A su vez, en este caso en particular, coincidiría que por lo general la falacia suscitada que comete un sujeto, se ve directamente tergiversada por sus preferencias. Ejemplifico: Pablo, partidario de la política de izquierda y quien votó por Rousseff en los comicios de 2010, cree ciegamente que Dilma dice la verdad (la destitución fue inconstitucional); por otro lado, Vilma, partidaria de la política de derecha, quien votó por el partido opositor a Dilma en los mismos comicios de hace más de seis años, no tiene la menor duda de que la destitución fue constitucional, aunque nunca ha abierto la Constitución Política de Brasil ni se ha informado al respecto por ningún medio[4].

Desgraciadamente, como Pablo y Vilma hay muchos; personas que no escuchan, no analizan, juzgan y no admiten que un tercero les contraríe sus ideas. Pero, ¿cómo dos sujetos con ideas exactamente opuestas (la destitución fue constitucional y la destitución fue inconstitucional) pueden tener razón? En principio, ello no es posible y para encontrar la solución sobre la constitucionalidad se debe de realizar una investigación que tenga como base la Constitución Política de Brasil, y no los gustos ni las preferencias de una persona.

Ahora bien, ¿por qué digo que “en principio” ello no es posible? Para entender por qué, recurramos a un ejemplo conocido que sirve para la presente dinámica: el matrimonio entre personas del mismo sexo. Cuando se aborda el tema desde el punto de vista de la ‘justicia’, la primera pregunta qué salta a la mente es ¿qué es la ‘justicia’? Una de las formas de responder a esta pregunta es a través de cánones: la autoridad maternal o parental, la costumbre y la opinión pública, la ley nacional, la razón, la conciencia o la “revelación”. Así, desde una visión simplista, se puede llegar a concluir que, según el canon al que se recurra, un precepto es injusto o no.

Tomando como base la ley nacional, se puede afirmar que es ilegal, y por ende injusto, que una pareja de homosexuales inscriba –ante el Registro Civil– su matrimonio. Sin embargo, qué valor tiene la ley nacional como canon cuando[5]: (i) Las leyes difieren de un país a otro, de Estado a Estado –como en Estados Unidos–, de ciudad a ciudad. La justicia sería verdaderamente cosa extraña si lo que es justo en la orilla derecha de un río fuera injusto en la izquierda, solo porque discurre una frontera entre Estados a través de su cauce. (ii) Las leyes se derogan. Cuando ocurre, ¿nos atreveremos a afirmar que lo que era ayer injusto es hoy justo? (iii) Hablamos de leyes buenas y leyes malas, leyes mejores y leyes peores. Esta manera de expresarnos no tendría sentido si justo y legal fueran sinónimos. (iv) A veces la ley dista mucho de ser clara. Su significado es, en gran parte, cuestión de interpretación, y las interpretaciones cambian según los años y los tribunales.

Al traer a acotación estas ideas, procuro poner el dedo en la llaga de una situación que abre un portillo para aplicar las normas de forma contradictoria y hasta opuesta: el lugar, el tiempo y el modo en que se miren. Con ello, quisiera llamar la atención de una tendencia conservadora-legalista de muchas personas que nos mandan a obedecer la ley -ciegamente-, para procurar el orden. Yo en cambio los invito a cuestionarla, a sembrar la duda de la veracidad de nuestras normas -no solo legales, sino sociales, éticas y morales-, porque al fin y al cabo las mismas han sido escritas o impuestas por personas como usted y como yo.

Cuestionar es un principio de vida o muerte: en sentido literal y en sentido figurado. De cuestionar, comprender, razonar y responder depende nuestro futuro, y hacia allá vamos todos. Sin más, los invito a cuestionar esta nota.

[1] Tomado de http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiagriega/Aristoteles/Alma.htm

[2] Ibíd.

[3] Nota: no soy seguidor u opositor de ninguna tendencia política, de lo único que soy partidario en este sentido es del lema “toda bandera es una barrera”. Hago la aclaración para hacerle saber al lector que simplemente tomo el caso de Dilma Roussef como ejercicio práctico para aclarar las ideas que expongo.

[4] El ejemplo dado es un caso hipotético.

[5] Enrique Pedro Haba (Dir.), Axiología jurídica fundamental (Axiología II). Bases de valoración en el discurso jurídico (Materiales para discernir en forma analítico-realista las claves retóricas de esos discursos), Editorial de la Universidad de Costa Rica, San José, 2004.