Dialogar. Pero sobre todo, escuchar

¿Les pasa que, apenas no les gusta un comentario o un vídeo o un post, ya eliminan a alguien en Facebook? ¿Un comentario desagradable y bloqueamos a alguien en Twitter? ¿Cansa un tema que pretende ser profundo en el WhatsApp y se desvía la atención a cualquier otro disparate más ameno? Hemos perdido la facultad de escuchar y, por ende, de comunicarnos…

Escuchaba en alguna de las charlas de TED que, una de los grandes desafíos que tendrá la enseñanza en el futuro es que los jóvenes aprendamos a comunicarnos. Pasamos tanto tiempo mirando pantallas, escribiendo dentro de un marco de 140 caracteres, mandando mensajes y utilizando “emojis” que no logramos comunicarnos. Recientemente, supliendo un profesor en las clases de Derecho de la UCA, me encontré con un curso en el que, lo primero que hicieron los alumnos al entrar, antes de siquiera saludarme, fue buscar el enchufe más cercano para conectar la batería de su celular y quedarse —literalmente — enchufados a la pared.

Parafraseé con una alumna en particular lo que había aprendido en estas charlas. Puede ser que yo, como docente (como en el caso), como abogado, como arquitecto, como cocinero, como almacenero; en general, como cualquier persona, pueda no parecer interesante para los demás. Pero pre-juzgarme a partir de lo que se percibe de mi exterior es como condenar injustamente un libro por los gráficos de su tapa. Le pedí a aquella alumna que me permita la oportunidad y que se de a sí misma la oportunidad, con la mente abierta, que exista una chance en la que yo pudiere resultarle interesante y que lo que yo diga en clase pudiere surgir algo que efectivamente aprenda. El silencio fue estentóreo. El mensaje llegó fuerte y claro. La clase fue interesante.

Hoy por hoy, este tipo de situaciones se reproduce no solo en nuestros círculos diarios y convencionales, sino en las altas esferas de la vía pública. El gobierno no dialoga y no escucha a su oposición. Pero la oposición tampoco lo hace. La prensa dialoga cada vez menos atrincherada en una libertad de expresión que, en varias oportunidades, en vez de construir con la crítica, desconstruye. Los periodistas toman partido por puntos de vistas. Los políticos, los profesionales, los gremios; todas las personas en general lo hacen… y si a alguien no le gusta: “unfollow” (no me sigas). Se ha polarizado demasiado la vida social, que simplificamos las relaciones a un absurdo: conmigo o en contra de mi.

A mi manera de ver, como sabiamente enseña el Dr. Juan Carlos Mendonça (p), tenemos que aprender a dialogar. No sólo a discutir. En la discusión las ideas propias intentan imperar sobre las ajenas, eliminándolas. En el diálogo, las ideas se agrupan construyendo nuevas — y quizá — mejores ideas. Si abrimos la cabeza y nos permitimos aceptar, aunque sea por un momento, que el otro con quien dialogo y a quien de manera honesta y seria me propongo a escuchar, puede ser interesante y alguien de quien se puede siempre aprender algo, la conversación fluirá. Nos enseñan que vivir en Democracia es vivir con tolerancia pero predicamos la tolerancia con insultos y posturas radicales que invitan a dejar de seguirnos a quienes disienten. Pretendemos los jóvenes ser el futuro de un país escribiendo en 140 caracteres cuando deberíamos levantar la cabeza de las pantallas y aprender a comunicarnos con propios y ajenos, menores y mayores, en pos de algo más grande. No cometamos el error de confundir el diálogo con lo que ocurre hoy en día. El diálogo, la conversación, la comunicación; son esfuerzos recíprocos de dos personas por compartir ideas en la construcción de algo mejor. No es ese lugar común donde dos personas gritan y escupen palabras sobre un mismo tema. Hagamos silencio. Escuchemos al otro. Démosle la genuina oportunidad de ser interesantes. Aprendamos a ver más allá de la superficie y sabremos que desde el interior de cada quien, si lo escuchamos bien, siempre habrá algo que se puede aprender…

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