Los últimos serán los primeros II
Las luces de la sala están aún encendidas. A las 3 de la mañana es muy fácil saber si tu mujer está aún despierta. Yo iba hacia casa desde el bar, y quince metros por delante de mí la acera por la que caminaba parecía darse un beso con la de enfrente. Al ver aquella luz me frené en seco. Así, campaneando como si fuese un reloj dando las horas para no caerme, me quedé un buen rato. Esperaba a que la luz de la sala se apagase o que las aceras dejasen de interpretar aquella danza macabra. Pero la luz brillaba cada vez más y yo había bebido suficiente como para hacer bailar todas las calles de San Francisco. Yo no solía emborracharme. Mi sueldo solo soportaba una adicción en casa y mi mujer se la había pedido primero. Pero aquella vez era diferente, era mi cuarenta cumpleaños y había decidido celebrarlo en el bar al que iba cuando era estudiante. Allí ya no quedaba nada salvo tequila y las pegatinas de las peñas que antaño llenaban aquel antro los jueves cuando ya no quedaba nada más abierto. Entre todas me pareció ver una con fondo negro y un dibujo amarillo. Aquella la había pegado yo, estaba seguro. Esa pegatina fue el regalo de mi cumpleaños, hacía exactamente veinte años. Me la había regalado un tipo pequeño, narizón y fuerte. Me sorprendí a mí mismo por ser capaz de remover semejantes recuerdos y mantener el equilibrio al mismo tiempo. Así que me dirigí a mi casa con más decisión que nunca. Iba hacia aquella luz con el mismo rictus en la cara que debía llevar el Cid cuando iba a degollar impíos allá en la estepa Castellana. Un poco más tarde, en esa soledad incómoda en la que te hunden los ascensores, me di cuenta de que no tenía ni puta idea de quien era exactamente el Cid ¿Qué coño había hecho él para ser tan famoso? También me di cuenta de que mi cara era la de un completo gilipollas. Al llegar arriba acabó de joderse la hazaña. Abrí la puerta de madera descascarillada y comencé a atravesar el corto pasillo, procurando pisar siempre sobre la alfombra para no hacer ruido. Pero aquel licor de Jalisco, México; seguía calentándome las entrañas y le di una terrible patada al único mueble valioso de la casa, que hacía de recibidor. Este mueble había sido todo lo que había sacado en limpio de la relación con mis padres y acababa de arrancarle la pata delantera izquierda. Me cagué en el Cid, que era a tenía más a mano en mi cabeza, y seguí la marcha dejando atrás el primer cadáver. El pasillo solo tenía una puerta, la de la calle; en el otro extremo había un marco en el que algún día hubo otra. Ya debajo de este marco, y bien agarrado a él, podía dominar toda la sala: A la derecha la ventana, llena de gotas de polvo y tierra; en frente un mueble con algún libro de mi época de estudiante y la televisión; el resto de la habitación la llenaban una lámpara de pie desproporcionadamente grande, un sofá y una orejera con un estampado de flores.
Sobre la orejera yacía mi mujer, con el cuello doblado hacia atrás de una forma que no parecía compatible con la vida. Tenía los ojos entreabiertos y la mirada vacía y perdida en el techo. La boca estaba tan abierta que parecía que todo el aire del mundo fuese poco para ella. En el escote de la camisa se veía una mancha de saliva que había sido capaz de recorrer el largo camino que había desde su boca, dejando una estela fina y brillante. Éste cuerpo, mi mujer, se podría considerar el segundo cadáver. Sabía que estaba viva por los pequeños espasmos que le daban en la pierna y por el sonido gutural que hacía cuando se ahogaba con sus propias secreciones. A sus pies estaban los restos de un vómito mal limpiado; al parecer ella también había celebrado mis cuarenta.