La fórmula de los domingos.

No se qué hice para terminar así, ni qué caminos tomé para perderme y alejarme de mí mismo. Podría decir que solía ser una persona feliz, normal. Podía reírme de vez en cuando, contar chistes, tararear melodías alegres por las mañanas y dormir sin tener que girar diez veces en la cama para terminar enredado entre mis pensamientos. Hasta había domingos en los que estaba contento. Fue entonces que elaboré mi Fórmula de los Domingos: Se puede considerar a una persona como “feliz” siempre y cuando sea capaz de sobrevivir un atardecer de domingo contento. A partir de esta teoría empecé a hacer mis cálculos.

Me cuesta mucho estar solo, me aburro jugando a hacer lo que me gustaría hacer si no lo estuviese. Me aburren las charlas imaginarias con el asiento vacío que quedo en mi mesa. Me desespera la llegada del otoño y el tener que pasarlo desayunando solo, durmiendo solo, tratando de sentirme contento solo.

Pero no todos mis días son un cuento triste en mis semanas, por momentos puedo oler el viento nocturno por la ventana y respirar profundo mientras escucho algún disco viejo para llenar un poco mi habitación , y sonrió en soledad. Hay tardes en que mis amigos me rescatan del cementerio de recuerdos que deje sembrar en mi casa. Hay días en los que logro despegar mi sombra de mis pisadas y caminar libre hacia los soles que me esperan… pero a cada tarde amigable le llega una noche atroz y para cada noche que tapiza mis heridas llega un sol que incendia mis caminos llevándome a mi cuarto vacío, perdiéndome entre los signos del regreso.

A veces pienso que los cambios son para bien, que puedo volver a mí y que la soledad no puede afectar mis estados de ánimo. Que La Fórmula de los Domingos es una estúpida farsa. Pero mi sonrisa de cartón ya no puede engañar a ningún desconocido ni mucho menos a mí mismo. Casi siempre es domingo en mis cuentos, casi siempre estoy solo, casi siempre estoy triste, casi siempre te extraño, casi siempre me extraño.