La muerte viste de blanco
Cuando la muerte toco la puerta, Hernan la estaba esperando. Se levanto y apago el cigarrillo en el cenicero de la mesa mientras dejaba escapar una media sonrisa.
-Adelante, mi lady- dijo al tiempo que abría la puerta haciendo una exagerada inclinación.
La demacrada mujer en el vano de la puerta lucio sorprendida unos segundos, luego se adelanto dos pasos, dudosa.
-Por acá, por acá- Hernan la tomo suavemente del brazo y la guió hasta el sillón donde la muerte se dejo caer suavemente.
Hernan se dirigió a la cocina y volvió con dos vasos y un whisky importado, la media sonrisa ya era una sonrisa entera y brillaba en su cara como una luz en la oscuridad. Ante la sorprendida muerte, abrió la botella y vertió parte del contenido en los vasos generosamente, luego se sentó en el otro sillón y soltó un suspiro de placer.
-Cuanto esperaba este momento- dijo dando un sorbo, luego miro atentamente a la persona frente a el y le soltó:
-Te hacia mas impactante y aterradora-
Esta vez le toco sonreír a ella.
-¿Una calavera con una capucha quizás? eso paso de moda, el atuendo actual es mas cómodo y causa mejores impresiones- .
La muerte vestía de blanco. Un inmaculado vestido interrumpido por una franja negra en la cintura le llegaba hasta las rodillas, debajo de las cuales unas botas negras cubrían parte de sus esbeltas piernas. Sobre todo esto llevaba un abrigo liviano de un oscuro tono violeta. Si bien no hubiera pasado del todo desapercibida en un centro comercial, no era un personaje que parecería recién salido de una película de terror.
Por otra parte, lucia joven y linda, esto en parte confundía al hombre, que había estado esperando una mujer anciana, o en todo caso la calavera con la capucha, si la hubiera cruzado en un boliche la hubiera invitado un trago.
Aun así el sabia que era la muerte antes de que ella tocara la puerta, de algún modo uno sabe cuando llega, y que estuviera allí sentada frente a el lo ponía feliz.
-Te estoy esperando hace bastante, no se que pasaba que no venias- le dijo tomando otro poco de whisky- Creo que pensé en vos por primera vez cuando se murió mi gatito toby, seguro te acordas el día que te lo llevaste-
La muerte lo miro como quien mira a un tonto y se paso la mano por el pelo negro que enmarcaba su tez pálida.
-Hernan, con todo el trabajo que tengo no vas a pretender que me acuerde de tus mascotas infantiles, seamos serios-
Este asintió y movió la mano como restandole importancia.
-Después te llevaste a mi abuela, era la abuela mas sana del mundo pero tenia que tropezarse justo frente a una mesa de mármol. Mas tarde fue mi abuelo y mi mama en ese accidente en las cataratas del iguazu. Cuando pensé que te habías hecho una fiesta con mi familia y estabas satisfecha volviste y te llevaste a mi hermano. En fin, estoy feliz de que hayas venido.
La mujer pareció darle poca importancia y miro alrededor asintiendo
-Lindo mobiliario. Y muy rico whisky, pocas veces gozo de atenciones de este tipo en este trabajo.
Hernan le sirvió mas de la botella y un rictus de nerviosismo comenzó a aflorar en su cara.
-Bueno ¿como es? ¿tengo que cerrar los ojos o así esta bien?- Miro a los costados de la muerte buscando la mítica guadaña pero la mujer no habia traido nada.
La muerte negó con la cabeza y se levanto del sillón diciendo:
-Tengo como regla principar perdonarle la vida a la gente que es educada, y no tengo ocasión de aplicarla ya que todos me gritan y patalean como si morirse fuera lo peor que puede pasarle a uno.
Hernan abrió los ojos como platos y la miro sorprendido
-No pero no entendes, yo quiero morirme, dale llevame, llevame ya-
La mujer de blanco sonrió como quien le sonríe a un nene y estiro la mano para acariciarle la cara.
-Hernan, te queda mucho por vivir, y con el buen gusto que tenes en bebidas y decoración vas a encontrar a una buena mujer, no lo dudes, nos vemos en unos años-
Diciendo esto la muerte se giro y se dirigió a la puerta, Hernan intento sujetarla,pero con un grácil gesto esta lo esquivo. Cuando ya estaba en la puerta dio la vuelta para mirarlo una vez mas. En un acto desesperado Hernan rompió su vaso contra la mesa y rápidamente llevo un fragmento de vidrio a su cuello y lo deslizo de lado a lado.
Nada sucedió.
Con una sonrisa irónica la muerte fue hacia la mesa sin dejar de sonreirle, tomo la botella de whisky, volvio sobre sus pasos y cerro la puerta.
Entre los fragmentos de vidrio Hernan comenzó a llorar.