La Ley de Moore no es científica. No porque el ex director de Intel no tuviera indicios suficientes para anticipar el futuro, sino porque la lógica de la invención es distinta, digamos, a la realidad natural sobre la que escribieron Newton o Einstein sus respectivas e ineludibles leyes.

La transformación de las tecnologías digitales en los aparatos de defensa militar en E.E.U.U. como los procesadores de las supercomputadoras que en 1996 permitían modelar y simular explosiones nucleares, y que diez años después servían para alimentar los gráficos hiperrealistas de los videojuegos en consolas caseras, demuestra que el incremento de la capacidad de cómputo, de almacenamiento de datos, de proceso de información, se duplica a velocidades superiores a las previstas por Moore y aparentemente sin límite. Han pasado no diez sino cincuenta años y la tecnología digital incrementa su poder y disminuye su tamaño de manera aparentemente ilimitada.

Este sorprendente proceso de cambio trae aparejado un cambio significativo en el contexto social y cultural hipertecnologizado. Las tecnologías de la mente, especialmente las de la visualización, las de la conversación, las de geolocalización, portabilidad de los elementos de la vida cotidiana, han modificado nuestras costumbres y también nuestro modelo cognitivo y nuestra manera de representarnos la realidad. Son para usar los términos que Roger Bartra tomó de Wilson nuestro “exocerebro”

Que ese exocerebro pueda ser contenido en un reloj de pulsera o en un pin del tamaño de un grano de arroz es significativo, pero lo es más el hecho de que pronto ese exocerebro sea controlado y se comunique sin grandes problemas con nuestra mente. El fracaso de la Ley de Moore como ley científica es por ello una gran noticia. El posthumano se avecina.

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