Las aventuras del viajero intergaláctico:

El planeta Dogus

Un tiempo después (aunque no haya parecido mucho) de recorrer la basta oscuridad del espacio, miraba a Jack en el asiento del copiloto orgulloso de tener a un gran compañero de historias. Soledad, ansiedad, miedo a volar. Adversidades que supimos sortear fijando nuestras miradas en el objetivo principal: vivir.

Ya desde la última estación que lo había sentido extraño, cabizbajo, cansino. Aunque en ningún momento pensó despegarse de mi lado, notaba en sus ojos la sombra de una alimaña espacial que lo consumia por dentro. Y para desgracia absoluta, no estaba equivocado.

Rinus-ex, el nombre que más temía al momento de acercar el scanner de alimañas a su pelaje. La máquina antigua pero eficaz soltó un ruido como de alarma y la descripción apareció en la pantalla led del aparato: “Probabilidades de vida: 3 días”

Algunos antiguos sabios estelares hablaban de tratamientos y procedimientos que pueden ayudar a alargar la vida del afectado, pero todos sabemos que el veneno del Rinus-ex es letal.

En mi desesperación fijé nuevo destino y aterrizamos con prisa en el planeta Vetus. La doctora de la primera estación que encontramos era bastante seria. Mentiría si les digo que recuerdo su cara. Jack subió a la cama de recuperación de un salto, pero con una mueca de dolor que nunca había visto.

Hasta ahora los recuerdos de esos días me resultan muy borrosos. Lo único que jamás voy a olvidar es el coraje de mi compañero. Desafió todos los pronósticos y luchó 14 días contra el veneno.

Antes de partir, me pidió que le hiciera un último favor. Quería que venga a Dogus, a unos 7mil años luz de nuestro destino anterior, para buscar a un veterano viajero que estrelló hace ya varias galaxias, y le contara lo sucedido para que me ayudara a seguir en mi ruta.

Y acá estoy, hace más de 3 horas frente al tablero de controles, juntanto aire para cumplir el último deseo de mi fiel amigo. El clima afuera es nublado y se nota que el viento no es muy agradable. Llevo el mismo traje de viajes cortos hace días, la cabina es muy fría y oscura, a pesar de las luces rojas y azules que titilan, con las que Jack jugaba constantemente. Me recuesto en el asiento que expulsa un poco de polvo y sonrió mirando el techo de la nave, recordando su rostro de paz en el último aliento, en ese segundo de paso a otro viaje mucho más placentero que este, mientras en la vieja radio a transistores de la estación sonada Blackbird, de la banda terricola The Beatles.

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