Peggy
Oink, oink, oink, así comenzó todo.
No podía creer lo que estaba oyendo, en el silencio de la noche, y casi sin entender los gruñidos de Peggy, se expandieron por toda la habitación. Creo que ese sonido se llama “cochiqueo” y aunque parezca mentira empezó a parecerme bonito y espectacular. En la oscuridad de mi cuarto se desdibujaba una silueta extraña y a la vez conocida, una morfología muy identificada con los cuadrupedos de granja con los que estamos familiarizados.
Se me apareció Peggy, la que en sus tiempos mozos, o más bien en los míos se regocijaba de su relación con la rana Gustavo, esa que siempre sonreía y a la vez manejaba los deseos de todas la criaturas del guiñol. Justo en mi cama, y tumbada a mi lado, la encontré al abrir mis ojos.
Estuvimos hablando, nos sinceramos y finalmente no pudimos contener las ganas de abrazarnos. Ella se sintió segura entre mis brazos y casi susurrando me comentó, que hacía tiempo que nadie la escuchaba, que no se sentía amada y que desde que lo dejo con “Gustavo” no levantaba cabeza. Yo aproveché para comentarle que me sentía muy agusto sintiendo su rollizo cuerpo y escuchando su corazón. Casi sin enterarme estaba contándole mi más íntimos deseos, y cual terapia de pago, puede darme cuenta del bien que me hacía.
Cada noche me fui acostumbrando a su presencia, y en la oscuridad de mi cuarto, deseaba que sus cuatro patas se convirtieran en dos maravillosas piernas y dos estupendos brazos. Poco a poco, idealizaba su figura y la maquillaba con pinceladas de humanidad, convirtiéndola en mi más perfecta compañia.
En la última “soiree”, noté que algo no era como siempre, sentía que mi cama estaba más despejada, el colchón no se hundía tanto y que el espacio era más grande. Peggy, ¿estás ahí?, no te veo, ni te huelo, no siento tu calor. Fueron minutos aterradores, minutos eternos y cargados de mucha intensidad. Opté por encender la luz de la lamparita de noche y pude observar con estupor que me encontraba solo, completamente solo. Mi única compañía era el despertador y mis almohadas. Imité su oink, oink, sin obtener respuesta.
Concluí mi experiencia, dándome cuenta que todo lo sentido por mi, estaba en mi imaginación, que lo había vivido con mis ojos cerrados y dejándome llevar por mi corazón. Peggy habitaba en mí desde pequeño, y sin saber porqué salió para demostrarme que la belleza no reside en una anatomía perfecta y esbelta, sino en el sentimiento de sentirse querido. Querido siempre, por otros o simplemente por mi.
Oink, oink. oink……. gracias por siempre.
