Mundial: el desafío de ser felices más allá de las 7 de la tarde

Situaciones semejantes y alegrías nuevas provocadas por el fútbol


Faltan poco más de tres horas y media para que lleguen los 90 minutos, que también pueden ser 120, de la final entre la Argentina y Alemania. Medidas de tiempo que le siguen a otras unidades temporales. La espera ansiosa que se vive cada tanto. Por eso resulta tan especial y no se parece a nada. O se asemeja a otra sensación similar de hace 24 años. Otra vez el tiempo como respuesta.

¿Por qué pasa esto con el fútbol? ¿Por qué pasa esto con los Mundiales? A veces pienso que la literatura explicativa sobre lo que provoca el fenómeno del fútbol ya está definitivamente escrita, para siempre, como para buscar nuevas conclusiones. La identidad que genera, la masificación, el sentido de pertenencia, la posibilidad de como adultos extender la niñez a través del juego. Medias verdades sociológica que se cruzan con ideas de psicología al paso y que juntas arman un algo. Lo que fuera.

Un seleccionado que llega a la final produce un estallido de felicidad colectiva. El fútbol del Mundial gatilla una sensación que es contagiosa. Unos se ponen contentos por el resultado del equipo de Sabella. Otros por el simple hecho de ver que los demás están felices.

Un gran resultado en un Mundial nos pone en una situación sublime: el desafío de ser felices. La idea de indagar porque nos sentimos así, con una plenitud y un entusiasmo que en cierto modo viene de afuera. Que no es producto de algo que hayamos hecho concretamente. Ni siquiera cuando apelamos a las cábalas: las hacemos para que el resultado sea de otro.

Las alegrías son intensas porque son irrepetibles. El fútbol recurre a escenarios comparativos de forma permanente para espejar viejos hechos con nuevas sensaciones. Pero cada vez es diferente porque alguna vez nos alegramos por nosotros y ahora también por nuestros hijos. Dejamos de sentir algo por algún amor pasado y lo disfrutamos por el amor nuevo. Estamos felices por algo que va a pasar y tememos ponernos tristes.

El desafío es prolongar esta alegría después de las siete de la tarde de un domingo. Ahí ya será tarea de cada uno.

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