Señor feudal

Finales de los años 30. Otra forma de pensar. La Segunda Guerra cambiaba la historia. Las circunstancias eran distintas. Los gobiernos eran inestables y autoritarios. Había que esconderse para escuchar radio. Rural y urbano eran palabras que no tenían interés en mezclarse. La Generación Silenciosa.

Ahí nació y creció un pibe, en el seno de una familia pobre y agrícola del interior de un país latinoamericano subdesarrollado. Le inculcaron la cultura del trabajo desde chico, lo cual seguramente fue el secreto de su posterior éxito. Nunca contó más detalles de su infancia, vaya uno a saber por qué.

Él tenía una presencia poderosa. Se le sentía al llegar, como las presencias que describen los documentales pésimamente actuados de Discovery Channel. Su caminar, lento y con pasos arrastrados, producto de la edad misma o un deseo inconsciente hacer sentir su presencia.

Todos somos buenos en algunas cosas y malos en otras. Es como que la vida busca una suerte de equilibrio. Él no tenía una educación superior al promedio, pero era muy bueno para los negocios y sabía rodearse de gente influyente, lo cual era muy importante -bah, imprescindible- para el éxito en esa época. Fundó algunas empresas y prácticamente triunfó en todo lo que emprendió. A veces esas cosas en las que uno es bueno benefician a la gente y las cosas en las que sos pésimo las hace mierda. Bueno, él era un gran ejecutivo y un pésimo padre.

Su mirada era intimidante. Analizaba de manera forense cada centímetro de los que lo rodeaban buscando imperfecciones que resaltar. Cuando no las encontraba, las creaba. Sus palabras podrían ser las más hermosas, o las más hirientes. No le interesaba mucho ponerse filtros. Era muy machista, algo común y aceptado socialmente en aquellos tiempos. A lo mejor por eso, sin darse cuenta, trajo varias mujeres al mundo. Con mayoría de hombres había más probabilidades de alguna sublevación contra el sistema, con mayoría femenina las chances eran mucho menores.

Se preocupó muy poco por el desarrollo personal de sus seres más cercanos. Si bien se encargó de que nunca les falte nada, no le dio mucha bola al lado humano y emocional. Olvidó que las dos caras de la moneda tienen el mismo valor, y que no son nada una sin la otra. Esquivaba culpas con un quiebre de cadera digno de sus raíces geográficas. Estaba muy expuesto, pero era un maestro en el arte de utilizar su halo de poder para mantenerse intocable e inmaculado en el trono del reino familiar. Nadie se atrevió jamás a cuestionar sus órdenes y su forma de pensar.

A mí me parece que ese fue su gran defecto. Dejándose llevar por el ego, un avasallante orgullo y algún episodio traumático de infancia, pisoteó cualquier esperanza de realización personal de esos a los que dio vida. Nadie estaba -y sigue sin estar- autorizado inconscientemente a superar lo que él llegó a ser. Fue el señor feudal de aquella familia. Ofreció una buena vida material a cambio de lealtad y sometimiento. Casas, autos y viajes a cambio de mantenerse en el clan. Una vida fácil a cambio de exaltación a su figura. Renunciar a los sueños individuales para perseguir el sueño colectivo.

Crió hijos que intentaron toda su vida ganar su reconocimiento volviéndose una copia fiel suya. Hablando, pensando y actuando como él, adoptando costumbres y estilos de vida que los ayuden a parecerle físicamente, repitiendo sus historias con sus hijos. Algunos siguen hasta hoy, después de ya varios años de su partida, enceguecidos y atrapados en una red de la que no están dispuestos a salir. El gran patriarca hace años dejó de existir físicamente, pero en el seno familiar lo mantienen vivo todos los días. Para seguir, en su zona de confort, aferrados al dolor. Para quedarse en el lugar al que están acostumbrados. Ese lugar que es el único que conocen.

Por ahí soy muy duro, por ahí no. En el fondo no fue, en esencia, un mal tipo. Nadie lo es. Creo que las personas son como les sale ser, como les enseñaron de chico y como las circunstancias de su vida le hicieron. No es -sólo- culpa de uno mismo. O tal vez sí. No sé. Al menos pensar eso ayuda a parar un rato, respirar profundo, tratar de ser comprensivo y no terminar yendo a las manos con todo ser humano que se nos pase por enfrente. En la mayoría de las veces funciona, aunque a veces viene bien tener una bolsa de boxeo a mano o darle un toque personal manual a la puerta de la habitación.

¿Merece ser perdonado? Sí. Merece que lo suelten y lo dejen ir en paz. Que lo dejen descansar y vivir la siguiente etapa de su vida aunque esta ya no sea terrenal. Hizo lo que pudo, lo que sintió que era lo correcto y vivió a su manera. Dejó muchas heridas abiertas, dolorosas, invisibles, inconscientes. Heridas que pican, que hacen que rascarse la cascarilla sea irresistible, aunque vuelvan a quedar a flor de piel. Pero así es la vida.

De mi parte, estás perdonado.

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