El rastro de tus letras, Pacheco

Elegía a José Emilio Pacheco, uno de los mejores escritores mexicanos.


A José Emilio
Marcela
2014

La gente se muere todos los días, sin embargo la partida de los grandes (como lo eres tú, obviamente), duele un poquito más hondo que las de los otros. Y entonces te pregunto, ¿Pa’ qué te morías, José Emilio? ¿Cuál era la urgencia? Puras tragedias dejas detrás de ti en este país maltrecho y huérfano. Nos dejaste sin tu presencia y sin tus letras futuras (las pasadas, esas nos pertenecen a todos), porque estoy casi segura que hubieras escrito más, como todas esas cosas lindas que le dijiste a Gelman, tal vez como un presagio de que pronto se verían de nuevo.

[Por cierto, ¿cómo está Juan?]

Tu muerte nos pega a todos. Murió un pedacito de México, el de Carlitos y Mariana o el de Rosalba y Andrés Quintana, pero ya habías dicho tú que todo era préstamo, y tú estabas en calidad de préstamo con nosotros.

¿Qué se siente morirse, José Emilio? ¿Qué se siente quedarse dormido para ya no despertar? ¿Qué se sienten esas manos moradas, casi grises? ¿Qué se siente no poder respirar, saber que la vida se te va a cada segundo? Siento que he perdido tanto en estos días.

Aquí todos te recuerdan, hasta los que nunca te han leído, y nunca falta aquel o aquella despistada que no sabía ni que existías. Lo cual me parece bastante incomprensible porque eres básico para entender muchas cosas. Por ejemplo, recuerdo que hace poco le dije a un amigo español que tenía que leer Las batallas en el desierto, que era imposible vivir en México y no hacerlo. O que hace no tanto regalé El principio del placer, esos cuentos tan sencillos y tan bellos que me parecieron el mejor obsequio posible. Me dije a mi misma: Mi misma, claro, Pacheco es una apuesta segura, ¿a quién no le va a gustar este señor? Eres universal y para toda ocasión. Tus historias y tus personajes son lindos y tiernos, pero no dejan de reflejar una realidad compleja –turbia en ocasiones–. Nos dijiste con muchos huevos quién es el mexicano.

Imagen aparecida originalmente en revista entreparéntesis.

¿A quién no le van a gustar las letras de José Emilio? ¿Quién osará dejar pasar la compra de Morirás lejos? Nadie en su sano juicio. Yo no lo hice. Treinta pesos por un libro sumamente maltratado, casi deshecho. El señor gordo, pelón y sudoroso que me lo vendió no tenía idea de lo que estaba en su puesto, no sabía que, como tuvo a bien decir un amigo, esa es “Una de las grandes novelas mexicanas. De las más grandes. Y nadie le hace el menor caso”. Pero yo sabía qué era ese libro casi extinto, esa novela que editaste y editaste y nunca quedó lista, por eso nunca la quisiste reimprimir.

Esa primera y única vez que tuve la oportunidad de verte llevé ese libro porque es especial, es al que nadie le pone atención, el que poca gente quiere, pero es probablemente al que tú más cariño le tienes, por eso nunca acabó de estar listo. Y contra toda obediencia a las indicaciones de que no ibas a firmar libros ni a tomarte fotos con nadie –era el 2009, y tú ya estabas viejito, frágil, y todo lindo como siempre estuviste–, yo corrí y aproveché mis influencias (Gracias Ramón Martínez), y lo primero que hice fue mostrar ese libro, que ya más bien parecía un conjunto de barajitas delgaditas, delgaditas, y amarillas amarillas. Morirás lejos fue mi pasaporte para decirte mi nombre al oído y para que tú, con tu mano temblorina, escribieras:

A Marcela
José Emilio
2009

Ahí clarito se lee en esas páginas amarillas y jodidas que dice Marcela, escrito de tu puño y letra.

No te voy a agradecer tus libros, tus historias, tu poesía, tu sonrisa, tu sabiduría sobre no forzar la lectura. Nada de eso te voy a agradecer, porque tú, como los grandes ya llegaste a donde sea que tenías que llegar. Estás en otro nivel y agradecerte y honrarte es lo de menos. Los tributos nunca son para los muertos, sino para confortar a los vivos, y ese es el problema, uno que se queda aquí, tan terrenal como siempre, y no puedo evitar preguntarte: –Oye, José Emilio, ¿por qué tuviste que morirte esa mañana?

Ilustraciones e imágenes son autoría de Juan José Güitrón, publicadas originalmente en revista entreparéntesis.

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