Tabaco y ron para el corazón

Estando yo niña, mi papá cantaba una canción muy bonita que decía “Cuando salí de Cuba, dejé mi vida, dejé mi amor…Cuando salí de Cuba, dejé enterrado mi corazón”. Años después, cuando pude viajar a la isla entendí a que se referían y por qué uno deja una parte de su corazón en esa franja de tierra caliente y vibrante.

Lo confieso: mi enamoramiento con Cuba no fue inmediato. No sé con certeza por qué, pero mi primer día en La Habana lo sentí extraño, como diciéndome “Esto es? Esta es la gran bulla que le hacen a Cuba? No veo nada demasiado distinto o extraordinario”. Juicio de principiante, de novata, de porfiada.

Conforme fueron pasando los días la isla me fue atrapando. El calorcito rico de abril, los edificios derruidos y hermosos (esa contradicción que sólo en Cuba tiene cabida, como tantas otras), el malecón de La Habana repleto de gente a las 2 de la madrugada, el poder caminar tranquila y sin miedo a ser asaltada, la música saliendo de todas las casas, el arroz moro, la vianda, y la interminable seguidilla de mojitos donde quiera que uno vaya.

Y eso fue sólo en La Habana. A los 2 días salimos a recorrer algunas ciudades del interior como Cienfuegos, Trinidad, Sancti Spiritus y la heroica Santa Clara. Quisiera haber tenido más tiempo para estar en cada una de ellas, caminar, caminar, comer helados de palito, sentarme en un parque, hablar con la gente, volver a caminar, fumarme un habano y en la noche salir a bailar un bolerito.

A Cuba uno le va a agarrando amor entre más tiempo pasa ahí. Es como cuando a uno le gusta alguien, pero no lo suficiente todavía, y de todos modos decide darle la oportunidad a ver que, y esa persona acaba por tenerlo a uno de la nariz. Así fue en mi caso, un romance madurado.

Añoro volver, y no sólo por el deleite de los sentidos, sino porque temo que dentro de poco ya no sea la misma isla anclada en el tiempo, donde uno se olvida de buscar wi-fi, donde a las quinceañeras aún les celebran con vestido rosado, donde siempre hay un trago de Havana Club a la vuelta de la esquina. Temo que dentro de poco pierda la magia en aras de lo que en Occidente se conoce como “progreso”.

Pero mientras eso llega, cuento mis centavitos y sueño despierta en mi ratos libres. Quiero tabaco y ron, un habanito y bailar un buen son.

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