Magnetismo

Lázaro no creía en el amor a primera vista. Ya sé que esa línea suena un tanto demasiado cliché, pero en este momento, era cierto para él. Su existencia se convirtió en un cliché al verla a ella. Ella, caminando de una forma tan casual, pero suficiente para estremecerlo por completo. Los ojos de él se convirtieron en imanes, que no podían hacer otra cosa que mirarla a ella. Ella era hermosa; entraba un tanto tarde a la iglesia, tomándolo por sorpresa. Al verla, él inmediatamente enderezó su columna, subió su mentón y trató de adoptar una expresión austera. Tomó aire mientras ella pasaba en frente de él, y no lo soltó hasta que estuvo lo suficientemente lejos. Ella se dirigía al frente de la iglesia, cerca de donde el padre celebraba la misa. Iba sola, pero tenía un lugar en los bancos, entre la gente que se sentaba organizada. Lázaro se quedaría en la parte de atrás, con el resto de la muchedumbre. Cualquier otro domingo, él se molestaría con aquel detalle, esperando ansiosamente el final de la ceremonia una vez cumplida su labor católica de ir a la casa de Dios al menos una vez por semana. Sin embargo, el sólo verla a ella lo había vuelto un creyente devoto. Jamás había prestado él tanta atención a lo que decía el padre, ni había realmente leído él la hoja dominical que le ofrecía aquella iglesia, ni se había emocionado tanto por ir a comulgar. Durante toda la ceremonia, él volteaba a la dirección de ella, a pesar de no verla directamente; sus ojos estaban obligados por la ley del magnetismo a concentrarse en su lugar. Se sintió decepcionado al ver que la misa llegaba a su fin. Por primera vez, él no se quería ir de aquel templo; sintió como si todo lo que él quisiera y necesitara estuviera ahí, en una de las bancas de enfrente.

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