Mismo lugar, otra mirada
El viajar varias veces a un mismo lugar no es haber conocido todo de él, descubierto todos sus misterios o que después de tu partida ese lugar pierde lo que lo vuelve especial o único. Los monumentos; los espacios más famosos y transitados; los espacios verdes; las viviendas; sus costumbres; y los ciudadanos son lo que conforman a un pueblo, ciudad, provincia o país.
Tuve la oportunidad de volver a ver, una vez más, aquel lugar que era como un rito familiar el visitarlo cada cierta cantidad de años; Gualeguaychú, Entre Ríos. Llamado por mis recuerdos y la curiosidad de ver si cambió en este tiempo no lo dude.
Antes, cada vez que íbamos en familia siempre era en época de verano, con el aumento de la temperatura y las vacaciones largas, casi eternas para mi, era un destino bastante llamativo por el ambiente y por sus eventos como el corso, que se realizaba en esa época del año, con carrozas y bailarines que atraían gente de todas partes, iluminando la noche entrerriana y demostrando los frutos de su duro trabajo; y de día no había mejor destino para soportar el calor como el rio, bastante conocido por la gente que se acercaba a nadar, junto con la corriente, las piedras y todo el resto de turistas.
Pero esta última vez no había nada de eso, pero atraía lo nuevo, estaba dispuesto a ver otra mirada y aprovechando la invitación de mi pareja, Micaela, quien vivió casi toda su vida. Empaqué mis cosas y me fui el 5 de agosto, en pleno invierno.
Con una perspectiva que da una vuelta 360 grados a la que tuve una innumerable cantidad de veces en mi infancia, y con unos cuantos grados menos en la temperatura, la costumbre de llevar el traje de baño, lo tuve que cambiar por camperas.
Gualeguaychú como lo conocía y como lo recuerdan los turistas era totalmente diferente en esta época del año, parecía otro lugar, un similar, con los mismos locales y personas. Pero en esas pequeñas diferencias en turistas y los eventos conocidos generaban pequeñas y notables diferencias.
Dejando la zona céntrica, me dirigí a la casa de Micaela, donde iba a estar una semana, poco tiempo, pero suficiente para poder conocer la otra cara de la moneda, traté de dejar de ver como turista, para permitirme ver la cotidianeidad del lugar, costumbres, pequeñas cosas que me llamaran la atención. Sin siquiera tener tiempo para descansar se notan ciertas cosas. Para el turista la única zona visible era donde estaban las tiendas, sin embargo, Gualeguaychú aún continuaba y era mucho más grande y bonito de lo que uno llega a ver normalmente.
Los grandes espacios verdes, el campo, el constante contacto con la naturaleza; con árboles, flores y animales. Había dejado ese pequeño lugar de confort para ver un nuevo panorama con estas vistas.
Donde estaba ahora eran calles de tierra, donde el asfalto aún no se hacía presente, donde el gas natural estaba cerca y hace unos años también lo hacia el agua de pozo. En la casa estaba al lado de una chimenea calentándome con el calor desprendía la madera quemándose, en vez del calentador al que uno puede estar acostumbrado, pero se sentía un ambiente más cercano, familiar y cálido. El ritmo de vida también cambiaba, parecía ser menos apurado de lo que estaba acostumbrado en La Plata.
El mate era un elemento indispensable para realizar cualquier actividad, y los pies como mi medio de transporte principal para conocer más y no perderme detalles de nada; las personas paseando, los reducidos micros circulando y el cambio de los espacios. De una calle de tierra descuidada, con varios residuos de distintos tipos en todas partes y en zonas de seguridad dudosa, llegabas a la “parte más turística” donde obviamente era lo único que vi antes, asfalto, tiendas, supermercados y los monumentos que indiscutiblemente te decían que te encontrabas allí. Era bastante notable las “prioridades” de la municipalidad con respecto del lugar, que debían cuidar y que tal vez consideraban menos importante otras zonas, desprotegiéndolas.
Lo que sería el corazón de la ciudad, según yo, sería el corsodromo, el lugar exclusivo donde las carrozas eran expuestas como el gran evento del lugar, en fila, temáticas y con sus acompañantes que danzaban alrededor de ellas; teniendo de protagonistas a las más icónicas como Mari Mari, Papelito, entre otras.
Ahora sin este evento en invierno era usado como una plaza más, con un par de personas tomando mate, disfrutando del día, los chicos saliendo de la escuela, un grupo de adultos mayores que realizaban actividad física en grupo y en el aire un pequeño aeroplano que estaba anunciando un circo en la ciudad.
Llegando al puerto, se escucha el ruido de la corriente del agua, que generaba tranquilidad, junto con las voces de las personas que pasaban o estaban pescando, en segundo plano. Ese sentimiento continuó hasta que Micaela me contó el nombre del lugar, como “puerto matero”, haciendo referencia al puerto madero que se encuentra en Buenos Aires, en ese momento me pareció un dato divertido y curioso, ya que la mayoría iba acompañada del termo, además de la venta de productos para el mate o artesanías propias que decoraban el lugar.
Al seguir recorriendo la localidad se llega a otros puntos bastante llamativos como el parque que estaba pasando el rio, donde varios carteles anunciaban que aquel espacio era idóneo para sacar el equipo de mate, sentarse y charlar, junto a otros donde remarcaban el cuidado del espacio y a sus destinatarios “gurises y gurisas”, que es una palabra utilizada en Gualeguaychú para hablar de los chicos y chicas; todo esto siendo propaganda de la propia municipalidad. Nunca me había puesto a observar si se hacía en mi ciudad, pero la pertenencia que generaba, te daban las ganas de ir allí por todo el sentido cultural construido alrededor.
Toda la ciudad convive con varios espacios públicos, que por lo general son zonas verdes, en contacto con la naturaleza, y no solo eso, sino las actividades que se suelen desarrollar por la zona, como ganadería y agricultura.
-Yo estudié en una escuela técnica, estaba centrada en la agricultura y ganadería, por la mañana era la secundaria común y por la tarde íbamos a las chacras, con las bombachas de campo a hacer actividades de la escuela.- Contaba Micaela sobre su experiencia escolar.
Ciertos espacios terminan configurando practicas, por como fueron desarrollándose, y al compararlo con lo que estaba acostumbrado, me encontraba con una mirada totalmente distinta. Uno al nacer en un lugar especifico, se termina perdiendo de un par de cuestiones y costumbres que en otros lugares ocurren, son contextos totalmente distintos.
Tener la oportunidad de viajar, puede ser una ocasión perfecta para reflexionar, descubrir y entender lo que nos rodea, despejarse de lo rutinario, típico y lo establecido para ver que, aun que este cerca, puede llegar a ser un mundo completamente diferente que está a la vuelta de la esquina.
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Trabajo realizado para el Taller de Producción Gráfica 2 — Cat.2 Facultad de Periodismo y Comunicación Social . UNLP