Rio de Janeiro ¡por fin!

Caminando por la calle, las fotos en blanco y negro de los álbumes de mi madre revolotean como mariposas delante de mis ojos. La sensación de estar en el escenario donde fueron tomadas es implacable e indescriptible, me supera, al punto de encontrar dificultades para salir de mi nuevo hogar temporal, en el barrio Gloria, muy cerca de Cinelandia donde está el Teatro Municipal. Cinelândia… ¡Que nombre maravilloso!

Cidade maravilhosa, cheia de encantos mil, cidade maravilhosa, coração do meu Brasil, esa melodía creada para el carnaval de 1935 y que se transformó en 1960 en el himno de la ciudad, navegaba por mi cabeza en todo momento. La oigo desde siempre, mi madre la cantaba con soberbia sonrisa cuando la ciudad en la que había sido criada salía a colación.

Los primeros días en la ciudad tengo que lanzarme a la calle sin pedirme permiso, como si me escapara de mí misma. Una parte de mí no sabe cómo, ni quiere lidiar con las emociones que todo esto me produce. La única certeza que tengo es la incomprensión de mis sentimientos. No los puedo traducir, solo los percibo y siento, cual espectadora de mí misma.

Me topo con el Theatro Municipal. Mi cabeza se pone a mil. Asaltan mis ojos los recuerdos de infancia preparándome para ir al Teatro Nacional de Costa Rica. La metamorfosis que sufría mi vestido de terciopelo mientras lo limpiaba con un paño húmedo, y la de los zapatos de charol antes y después de pasarle un algodón con una gota de aceite de oliva. Por suerte, cuando llegué a la adolescencia doña Graciela Moreno inició la dirección del teatro y cambió las reglas, permitió asistir de jeans y tenis ¡vaya revolución fue eso!

Ahora estaba frente al Theatro Municipal, en Rio de Janeiro y me asaltan las imágenes de mi infancia con el soundtrack de la voz de mi madre contado cuando su padre la llevaba a este teatro a ver Ballet y al cine.

Mi abuelo pernambucano fue quien inculcó la educación artística en mi madre. Después ella me la inculcaría a mí.

Me senté en unas bancas ubicadas a un lado del teatro. Imaginé a mi madre entrando de la mano de mi abuelo en la década de los años 30. Seguramente habría hecho el mismo ritual que me enseñó con el vestido y los zapatos. Tanto el teatro tico como el carioca habían sido diseñados bajo la inspiración del Teatro de la Ópera de París… Sin embargo eran absolutamente diferentes, el carioca es grandilocuente y lleno de detalles suntuosos.

Estoy ahí sentada en la banca, admirando todos los detalles de esa arquitectura monumental, mientras mis recuerdos pasan por detrás de mis ojos y de mis oídos provocándome lágrimas. Una vez más…

Teatro Municipal de Rio de Janeiro

En Rio de Janeiro tengo como premisa encontrar los lugares que aparecen en las fotos de mi madre, de mi padre, de ambos. También las de mi abuela, mis tías abuelas, mi abuelo…

Creo que no puedo estar ubicada en mejor lugar. Justo enfrente a la ventana del cuarto que alquilo está la Praça Paris, concebida como un joya de la belle époque, construida entre 1926 y 1930. La estaban construyendo cuando llegaron a Rio mis abuelos con mi madre y mi tía.

Cuando llegué a mi cuarto no había una mesa para trabajar y escribir. Al día siguiente mi casero salió por la mañana y ¡volvió con una mesa para mi! ¡tenía que ser nordestino!, son de una hospitalidad que pareciera infinita. Saqué los álbumes y los puse sobre la mesa nueva, de segunda, pero nueva en el hogar.

Le conté mi proyecto al nuevo compañero de hogar de encontrar los lugares de las fotos: –¡Pero es aquí enfrente!, en la Praça Paris. –No lo pude creer ¡me asusté de pura emoción!, cuando lo veía señalando por la ventana de mi cuarto, ¡tanto!, que a la mañana siguiente no me atrevía a ir directamente, pasé por fuera del parque viendo hacia adentro, a través de las verjas, por ahí vi que había unas estatuas que podían ser las de la foto.

Volví al día siguiente. Me atreví a entrar, fui a investigar el lugar donde parecía haber sido tomada la foto, ¡era ahí! Agarré el celular para intentar reproducir el encuandre con el que se había tomado la foto en 1945, que tenía en la mano, con mi mamá adentro.

No era la misma estatua, el pilar de soporte estaba más alto. Era el mismo lugar. ¡Habían cambiado las estatuas de lugar y hecho algo con sus soportes!, estaban más altos… Sí, definitivamente estaban más altos porque los edificios no se encogen.

Busqué la estatua que aparecía en la foto, era la representación humanizada de la Primavera. Mi mamá se había tomado una foto con Primavera y en el lugar que hace aproximadamente 70 años ocupaba la Primavera, ahora estaba Verano. ¡Como si el calentamiento global hubiera estado afectado hasta las estatuas!

Volví al hogar temporal. Busqué en internet. El parque había sido destruido en su totalidad en 1979 para la construcción del metro y posteriormente, en 1992, lo reconstruyeron, lo restauraron y lo encerraron con rejas. Entonces pensé: ¡que manera maravillosa de conocer la ciudad, de hacerla mía!

Ya encontré dos fotos de mi madre en ese parque, en la otra, está al lado de la lionne à l’affût (la leona al acecho). Esculpida en 1906 en tamaño real y, en mármol de Carrara. Mi madre se tomó las fotos el 11 de noviembre de 1945, por lo que ¡hasta podría haberlas tomado mi padre!

Al centro la foto que probablemente tomó mi padre en 1945, a color las que yo realicé en el 2016.

Cuando estuve en París, en el 84, llegué en la primavera. Después vino el verano y se vació la ciudad. Allá el verano es como año nuevo en Chepe en los años 90 ¡no queda un alma! Entonces yo me quedé sin mucho que hacer, todas las personas que había conocido se habían ido de vacaciones, ya no me quedaba mucho más tiempo en esa ciudad y no quería volver a esforzarme para hacer nuevas amistades.

Salía a la calle y veía como los desconocidos habitantes que habían permanecido parecían tener algo que hacer, todos menos yo. Esa situación tan contradictoria entre mi no saber qué, ni tener qué hacer, me generaba el deseo de ser como ellos de alguna manera, quería tener algo qué hacer y se me ocurrió seguirlos.

Es así como terminé creando guías anónimos de la ciudad y cuando me atemorizaba el lugar de la ciudad por el que se metían, pues lo cambiaba por otro guía que fuera en dirección contraria e iniciaba nuevamente la persecución. Así se me pasaron los últimos días de espera de mi vuelo de regreso a Costa Rica, conociendo rincones insospechados de la ciudad de la luz.

En el 2006, mientras disfrutaba de una residencia artística en la ciudad de Biel-Bienne en Suiza, me encontré con la obra Suite Vénitienne de la artista Sophie Calle. El preludio de esa obra había sido exactamente la misma acción de seguir desconocidos en París, con la misma intención de conocer lugares desconocidos. Ella lo hizo algunos años antes, pero yo no lo supe sino hasta entonces.

Dos mujeres. En la misma ciudad, inspiradas para hacer lo mismo. Como si fuera la ciudad la que te sedujera a hacerlo y susurrando al oído que hacer…

De alguna manera, buscar en Rio los lugares que aparecen en las fotos, es como si las fotos fueran mis guías anónimos de mi París del 84. Los lugares en las fotos son anónimos, igual que lo son lo que yo llamo “fotos de muerto” en los mercados de pulgas de cualquier metrópoli. Pero en el instante en el que descubro que hace 70 años o más mi madre, mi padre, mi tía y abuelos también estuvieron ahí, de inmediato los lugares pierden su anonimato y pasan a ser míos, a pertenecerme.

Fui al colegio Pedro II, donde estudió mi mamá. Tengo cita agendada para buscar información en el acervo de la institución. Quiero encontrar la dirección de la casa en la que vivían cuando estudiaba. También quiero ver que sorpresas me esperan en los rincones que aparecen en las fotos que se tomó en el colegio.

Los zapatos de mi madre en el Colegio Pedro II — Los pies son míos

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