Sorpresa en Shanghái

Las fronteras terrestres siempre me parecieron lugares muy extraños. Hay algo raro en el aire. El ambiente es tenso y da la sensación de que en cinco minutos puede irse todo a la mierda. Al llegar a la ventanilla, uno duda de su propia inocencia y teme estar llevando un ladrillo de cocaína en el bolso. Entre aduana y aduana suelen haber unos cien metros que nunca me queda claro a quién pertenecen. Me gusta creer que es el espacio que dejan para dibujar la línea negra en el mapa.

Con Iván ya habíamos pasado muchísimas fronteras del continente a pie, así que para ahorrar problemas nos pusimos el despertador a las ocho de la mañana. Enrollamos las bolsas de dormir, guardamos la toallas húmedas (aún sabiendo que el olor nos acompañaría por varios días) y encaramos para el cruce. Mientras caminábamos hacia la parada del colectivo, conocimos un poco de Corumbá. Éramos conscientes de que desaprovechábamos la oportunidad de recorrer el pantanal pero el objetivo de llegar a la Amazonía era tan fuerte que valían la pena los sacrificios. Estaba sentado sobre mi mochila esperando el micro cuando una morocha me guiñó el ojo. Me sentí como el burro de la clase frente a un examen sorpresa: no sólo no reaccioné, sino que casi abro la boca de la impresión. “Perdón mi amor. Ahora estoy conociendo el mundo, pero cuando vuelva nos casamos y tenemos hijos” pensé.

Llegamos a la ventanilla brasilera y todo estuvo extrañamente calmo. Esperamos cinco minutos, sello acá, sello allá, foto y listo. Cruzamos un puente y simbólicamente estábamos en territorio boliviano. Digo simbólicamente porque para la legalidad aún faltaba la aduana. Por la experiencia adquirida en viajes anteriores, sabíamos que Bolivia estaría más enquilombado. No había señalizaciones claras así que nos acercamos a un gendarme que antes de dejarnos hablar marcó con su brazo una dirección. Hacía muchísimo calor. El sol salvaje enrojecía nuestras pieles blancas y urbanas. Luego de un par de pasos, entendimos que la multitud, que a lo lejos se veía caótica, era una fila que nunca terminaba. Mientras más cerca estábamos, mas lejos veíamos el final. Caminamos doscientos metros hasta llegar al fondo. Era lejos pero había sombra.

Pasaban los minutos y seguíamos sin movernos. Metros más adelante, unos hippies tocaban la guitarra y el violín con una tranquilidad que me generaba muchísimo mal humor. Entre los hippies y nosotros había una pareja de eslovenos que habíamos conocido la noche anterior. Miraban asombrados y asustados. Como dentro de un safari, pero sin el guía ni la 4x4.

Después de una hora y diez metros un gendarme se acercó lentamente mientras hacía cuentas con los dedos: “ciento trece… ciento catorce… ciento quince. Hasta acá vamos a atender hoy, el resto vuelva mañana”. Iván era el ciento catorce y yo el ciento quince. Algunos protestaban pero la mayoría se retiraba sin hacer demasiado escándalo. “Lo que pasa es que atienden hasta las 17hs. Hoy hay mucho lío porque mañana hay elecciones y la gente viene a votar” me dijo una señora. Al oírla, un hombre indignado salió al cruce: “Eso es mentira, siempre es igual. La semana pasada vino la televisión y lo filmó todo. Está todo filmado”. Tratábamos de tener paciencia. Yo charlaba con la gente mientras mi compañero leía Las Aventuras de Robinson Crusoe.

A las dos de la tarde una señora de camisa blanca se acercó repartiendo planillas. Siempre que alguien de la aduana se aproximaba, nos poníamos nerviosos. Veinte personas antes de llegar a nosotros, se quedó sin papeles y grito: “ el sistema está muy lento, vuelvan mañana”. Iván cerró el libro y se paró. Lo conocía, se había hinchado las pelotas. Los gritos salían de todos lados y lentamente la fila comenzaba a desdibujarse. Todos caminaban para adelante y al avanzar nos dimos cuenta de que muchos de los que habían sido descartados horas atrás, ahora estaban adelante de nosotros. La sombra desapareció junto con el orden.

La hilera era historia. Ahora éramos un semicírculo gigante que rodeaba las ventanillas de la aduana. Miles de espermatozoides luchando por entrar al útero antes de las 17 hs para no pasar la noche en la calle. Cada tanto todos gritaban y puteaban. Al parecer había gente coimeando a la policía para pasar primero. Iván fue a comprar agua y cuando volvió nos planteamos por primera vez qué hacer en caso de no poder pasar. Definitivamente dormiríamos en la vereda.

Un argentino de cincuenta años se paró en la puerta para impedir las coimas y eso generó que la fila se regenerara. Por algún motivo ese caos nos benefició y quedamos a unos treinta y cinco metros de la meta. Pero quien no se vio beneficiado fue un pibe rubio, que hablaba ruso o un idioma similar. Era alto y torpe, como Iván Drago. Acababa de pagarle cincuenta dólares a un guardia cuando el héroe argento decidió hacer justicia. Por supuesto, los 50 dólares ya no existían. Drago acusaba que ese día se vencía su visa y que en caso de no poder salir, debería pagar mucha plata. “¿Qué carajo hiciste tres meses en Bolivia? Ruso de mierda” , me dijo Iván por lo bajo.

Faltaban veinte minutos para el cierre y ya prácticamente estábamos rendidos. Teníamos un amigo: Miguel, un niño boliviano de once o doce años. Su mamá estaba aliada con el argentino y juntos vigilaban la puerta. El esloveno estaba muy preocupado. Hacía un rato lo habíamos visto discutiendo con alguien. “En mi país ya hubiésemos tirado piedras a los vidrios”, nos dijo en un inglés muy precario. No te hagas el loco que somos boleta, pensé por dentro.

Llegaron las cinco y la esperanza se extinguió. La gente se iba cabizbaja. Los que habíamos decidido dormir ahí, nos mirábamos para reconocernos y darnos confianza. Si es hostil dormir en la calle, el ambiente fronterizo agregaba su toque particular a la situación. En eso Miguel nos dice que su mamá estaba llamando a la casa de gobierno para protestar. “Tu mamá es una genia pero la veo difícil”. Se rió y nos aclaró: “ tú quédate tranquilo que a mi madre no la dejan acá esta noche”. Entonces salió un milico de la oficina y gritó que todos adentro, rápido. Corrimos como se corre al último colectivo de la noche. Una vez adentro, todo fue bastante sencillo, no se explicaba la tardanza.

Salimos de la aduana borrachos de la alegría. Teníamos el sello más valioso del mundo. Como no queríamos más espera, tomamos un taxi hasta la terminal. Llegamos a eso de las 18:30 y compramos los pasajes a Santa Cruz en un bondi que saldría en media hora. Estábamos exhaustos, roñosos e insolados, pero había que festejar. Así que nos paramos y fuimos a darnos el banquete que nos merecíamos: agua y salchipapas.