Las cosas bellas

Novena entrada.

“Dos gardenias para ti
Con ellas quiero decir:
Te quiero, te adoro, mi vida
Ponles toda tu atención
Que seran tu corazón y el mio”

Vamos a establecer como regla mínima para la lectura de este texto la siguiente convención: comer nos hace felices. ¿Comemos algo y te cuento? ¿Nos juntamos para un asadito? ¿Salen unas pizzas con birra? Son los mejores planes para cualquier día de la vida. Sobre todo para aquellos días en los que no esperamos nada y la lucha de tenedores rasgando los platos nos traen una sorpresa, la confirmación de un amor, una noticia inesperada, o cualquier boludez para reírnos y pasar el rato.

¿Será porque el arte de comer nos lleva a los sabores de los suculentos platos que nuestras abuelas preparaban para esperarnos cuando volvíamos de la escuela? Livia y sus milanesas con papas fritas, que compartíamos, y que jamás olvidaré.

¿Será porque algunas técnicas de amasado, horneado, relleno y estofado se transmiten de padres a hijos, de madres a hermanas, de tíos a nietos y de abuelos a ahijados? Dice mi madre que superé a mi padre haciendo asados, pero concretamente todo lo que sé en esta materia lo aprendí de él. En todas las otras materias, también.

No nos detengamos demasiado en las preguntas. y vamos de a poco deshojando la margarita de las certezas. Para mí hay una muy clara y es que en casa cocina Gise. Y punto. De la nada, te rompe la cabeza con unos huevos revueltos que te solucionan el día. Irrumpe un mediodía de domingo con una Pastalinda para amasarnos unas cintas al huevo que te dejan en Roma esquina Milán, y el almuerzo se vuelve una fiesta inolvidable.

Saturada por el cansancio del trabajo, de la rutina y de la crianza (“¡¿Vos sabés el trabajo que da una casa?!”) se pone a amasar pizzas (in)finitas y crocantes, fatays esponjosos rellenos de magia. Y nunca jamás la vi hacerlo sin una sonrisa pintada en el rostro: hay en sus manos de artesana un legado inmigrante atronador, mezcla de medio oriente con tanada, barro que trae el río y sutileza gourmet.

Este era nuestro secreto y lo atesorábamos entre las cuatro acogedoras paredes del hogar. Pero desconocíamos que detrás de ese pan levado, se escondía un plan maestro. Entre Gise y Mariela se convencieron y se acompañaron para idear Las Gardenias: una de las cosas más bellas que conozco. El asunto no admite complicaciones teóricas: llevan el té a tu casa, te arman una mesa de alicia en el país de las maravillas y bombardean la tarde con cosas ricas. Cuando terminaste, pasan a buscar bandejas, tazas y platitos y san se acabó.

La piedra fundamental de este esfuerzo es la amistad. El trabajo codo a codo. Puedo dar fe del profesionalismo y seriedad con la que encaran cada proyecto para que el agasajado/a se sienta uno/a en un millón. Funcionan como un ying yang caprichoso: Gise aporta sus conocimientos en el preparado de las delicias y el perfeccionamiento y actualización de propuestas y recetas. Mariela gestiona proveedores, dialoga con clientes (potenciales y efectivos). Y en la confección de cada alimento hay una gran cantidad de magia que no vale divulgar para no arruinar el truco. Pero todos sabemos que pasa mucho más que eso: son amigas que construyeron un lazo partiendo de menos que cero y que hoy se transformaron en emprendedoras seriales.

¿Por qué tanta lata con las Gardenias? Pensarán ustedes, con justa razón. Porque es hermoso ver a la gente reinventarse. Porque, también, es bello perseguir los sueños detrás de vocaciones que no sabemos que existían, pero allí están. Porque es una idea pequeña que florece con cada cucharada de azúcar impalpable, con cada glaseado, con todas las cascaritas de naranja y limón. Porque es un sueño hecho realidad, y ser un espectador de eso, pues sin dudas es una bocanada de energía saludable.

Hace bastante que tenía ganas de escribir esto, porque ellas se lo merecen: Las Gardenias es un proyecto en el que todo sale rico porque está hecho con amor. Aunque parezca un cliché insoportable.

Porque en cada tostada con hummus, en cada mermelada, en cada pan, está la fuerza de la amistad, de los lazos hermosos con la familia que uno elige. Comer nos hace felices porque hay amor en la instancia del compartir una mesa, o una taza de té. Las papilas gustativas tienen memoria fotográfica. Como dije, la foto de las milas de Livia, la polenta frita de la nonna Rina, los asados apurados de papá, las papas fritas de mamá y ahora también, una foto de Las Gardenias, con la mesa de casa llena de harina y el corazón, a todo lo que da.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.