Las cosas bellas

segunda entrega


Hace algunos años sentí que me había peleado con la música. Me aburrían un poco los sonidos, me resultaba que toda la escena del rock se había empobrecido, no encontraba opciones. Lo que alguna vez me había parecido novedoso, me resultaba inescuchable, todo el concepto del rock me hacía ruido: todo se había vuelto demasiado comercial, demasiado popular, demasiado conocido. No había rebeldía ni innovación.

Entonces me fui.

Me perdí en un enjambre de sonidos, casi todos ellos electrónicos, mash-ups, mezclas, lo que venga. En definitiva, era música sin autor.

Era un tipo de música que no podía compartir con nadie y eso me resultaba profundamente liberador. Ya no había nadie que me dijera “aguante”. Tampoco existían las voces que pudieran estimar: “esos se vendieron, ahora son unos caretas”. Me harté de la música que pasaban en la radio. Sentí que nada tenía que ver con ella.

En un momento me di cuenta que ese camino hacia la encriptación tampoco era una opción viable: pues el espíritu comunitario del rock es una de sus características intrínsecas e inseparables. El rock hay que compartirlo. Y encontré por suerte quiénes quisieran compartirlo conmigo: encontré voces de mi generación.

Encontré una música que no la conoce nadie pero que es de una belleza insoportable. Y ahí volví a creer en el rock, porque me parecía que donde más rock se estaba produciendo era por fuera del género. No hay nada más rockero para mí hoy en día que el folklore, por ejemplo. El talkin-blues argento. La trova. La canción. La cumbia. El baile. Conmoverse. Ser feliz a través de una canción que habla de un paisaje, de un perfume. Sin orquestaciones. Sin intermediarios. Sin maquinaria. En la intimidad de un encuentro de no más de 50 personas. Cara a cara. Ver en la felicidad del otro algo que nos haga felices a nosotros. Encontrar los sonidos de la infancia. Mandar al carajo todo.

Parte de esa búsqueda continúa hasta hoy: no se ha detenido. Y mucho de esto se lo debo a mi amigo Martín, pero también a la intuición y a poder entender, hoy, después de tantos años escuchando que lo que renegamos de chicos cuando nuestros viejos escuchan música y a nosotros no nos gusta, lo valoramos de grandes porque esos sonidos nos traen imágenes, nos traen abrazos, nos traen caricias, llanto, olor a lluvia recién caída, veranos e inviernos. Amor.

Así que gracias a Natalia Lafourcade por su mujer divina, sus otros boleros y por su derecho de nacimiento. A Carla Morrison. A Julieta Lopez Chaplin. A Alfonso Barbieri. A Rosal. A Entre Ríos e Isol. A Leo García. A Miss Bolivia. A Sara Hebe. A Rosario Bléfari. A Juana Molina. A María Ezquiaga. A El Mató. A Fauna. A Vincent Moon. A Tremor. A Flopa. A Manza. A Minimal. A Prietto. A Los Espíritus. A Daniel Melero. Raly Barrionuevo y Los Carabajal. A Atahualpa Yupanqui y José Larralde. A Pablo Dacal por su manifiesto y sus huevos, y su capacidad interpretativa. A Lisandro Aristimuño. A Julieta Venegas. A Palo Pandolfo por cantarle una canción a la madre que me estremece. A Gepe, Chinoy, Javiera Mena y otros chilenos. A Alvy Singer. A Las Taradas. A Señorita Carolina. A Sofi Viola. A Onda Vaga, Nacho y los Caracoles, Alvy Nacho y Rubin. A Tomi Lebrero. También a Jorge Drexler, al Chango Spasiuk, a Fernando Cabrera. Gracias por tanto, tan bello. Gracias por cantar en mi idioma: así los entiendo yo y los entiende mi hijo.