Flotante o el texto sin palabras

“Todo arte supone un diálogo entre el decir y el callar, entre el mostrar y el ocultar, entre el sonido y su ausencia. Las maneras en que cada lenguaje artístico decide contar las tramas de la sugerencia desde lo dicho y lo visible, invitan a pensar sobre los límites, las posibilidades y los riesgos del silencio.” (Cecilia Bajuor, la ofebrería del silencio)

La accesibilidad de un texto radica en la mirada inocente y despreocupada. La literatura exige de su lector una relación amorosa, artesanal, antropológica, de descubrir una especie de código en los lugares ocultos del texto. Sin embargo, esta aproximación hacia la lectura puede suponer a un lector ya especializado ¿pero qué sucede cuando el texto no se resiste y en el encuentras como epifanías, la especificidad del mundo tangible? Hay tantos lectores como textos y hay tantas miradas como objetos.

La mirada se posa en el libro al igual que la red que busca peces furtivos y, así en la soledad de la lectura, las palabras van y vienen locas, asustadizas, al encuentro con la experiencia de uno. El universo lector de un individuo se alimenta del tiempo y sobre todo de la mirada curiosa e infantil, casi exploratoria de los materiales que construyen al mundo.

El libro es el filtro por el cual pasa nuestra mirada, quien arma el libro expone en él, su propia existencia y experiencia. Dando así un interminable intercambio polifónico de distintos matices y realidades. Puede suceder que el intercambio de experiencias que supone la lectura no siempre sea de fácil acceso. La literatura, como decía Kafka, debe ser esa hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros.

Ahora bien, no toda lectura supone una violencia, más bien provoca un quiebre, a veces estrepitoso, de vez en cuando sutil. Flotante es un claro ejemplo de esa grieta que logra provocar la literatura, este libro álbum, creado por David Wiesner activa el dinamismo de la mirada y la pone a jugar.

El lector encuentra silencio en las paginas, no hay nada escrito, sólo una explosión de colores y objetos es puesto ante nosotros con el propósito de descifrar su contenido. No hay grandes metáforas (a simple vista). No contamos con un lenguaje elevado, ni dibujos abstractos.

Es solamente la imaginación que parece correr libre, generando resquicios, abriendo puertas. Flotante reivindica la mirada y la hace su principal protagonista, nos invita a su juego con el silencio y hace del texto su orfebrería. Al final de las páginas, después de ejercitar la mirada, nos damos cuenta que estamos ante un texto sin palabras, donde la curiosidad de la visión nos llena de locura y ensoñación sin necesidad de haber leído ni un solo libro de caballería.