Los cuerpos de la ficción

Los hombres no saben por qué les satisfacen las obras de arte. No son verdaderamente entendidos y creen descubrir incontables virtudes en una obra para justificar su admiración por ella, cuando el fundamento íntimo de su ovación es un sentimiento imponderable conocido como simpatía. (Thomas Mann, Muerte en Venecia )

¿Cómo es que armamos los cuerpos de la ficción? ¿Qué pulsión secreta construye las historias que definimos como nuestras? La escritura tiene algo de artesanal, el trabajo de la escritura se comprende de los diminutos detalles que suceden en la cotidianeidad de nuestra existencia. La importancia de la mirada que se posa en el objeto para luego convertirse en parte de la experiencia creativa.

El trabajo del escritor no se encuentra muy distante al del editor, en experiencia propia, el editor y el escritor parten de una misma primicia: la creación de otros espacios. Quién se dedica a escribir por vez primera se encuentra sujeto a su propia corrección. El escritor debe desarrollar lo que yo llamo el complejo Dr. Jekyll and Mr. Hyde o bien la enfermedad necesaria del escritor/editor.

Desde que me inicié en el camino angustioso de la escritura, varias han sido las ocasiones en las cuales he tenido que recurrir a la transformación de mi personalidad. ¿Cómo armas un monstruo sin que las uniones de esa vida se conviertan en hendiduras? El texto es cuerpo y su intervención, al igual que su construcción, debe ser quirúrgica. La tarea del escritor es infligir en su creación el mayor daño posible. Las herramientas del escritor son para abrir el texto desnudo en el momento de la potencia creadora. Un separador abdominal, unas pinzas largas con punta de gancho y alguna tela protectora que evite la mancha de sangre sobre la ropa. Para poder realizar tan aterradora operación, el escritor debe soltar los cuerpos de textos fallidos, ensayo y error, esa es la verdadera tarea artesanal.

Hebe Uhart fumando un cigarro.

“El proceso plantea todos los problemas de cualquier tarea artesanal. Hay dudas, hay dificultades, hay preguntas, hay cosas mal resueltas que hay que agregar, hay momentos de avidez, hay momentos en que sí se escribe y hay momentos en los que no ténes ganas de escribir[…] Lo que hacemos es un trabajo, una tarea, una especie de artesanía, cierto que se trata de una rara artesanía.” (Hebe Uhart)

En palabras de Hebe, un artesano nunca diría “hice una silla de tres patas y me cansé”. El problema del escritor es que a veces esa pata faltante resulta identificable y, es en esa confusión, donde la enfermedad empieza a actuar. El editor es el encargado de suturar o amputar los elementos que no funcionen dentro del cuerpo textual. Quitas un hígado, remplazas todos los dientes o cambias el color de los ojos.

La magia del editor consiste en la mirada, sin embargo, la vista depende de los diversos anteojos que nos reclama el texto. ¿Cómo corriges, a nivel compositivo, la necesidad de generar extrañamiento? ¿De que forma incitas al lector, quien busca criar lo siniestro en las entrañas de su texto, a hacerlo de forma efectiva? Los editores necesitan de herramientas para la lectura y corrección de los espacios literarios, cada texto exige del editor una diversidad de anteojos que le permitan mirar la radiografía del texto. Las teorías llegan a ser de vital importancia a la hora de batallar con la violencia de la escritura. Nombrar las diversas formas de la teoría resultaría en una tarea tediosa, sin embargo, viene a mi mente, uno de los primeros anteojos que me permitieron mirar a través del texto.

Lo ominoso, lo familiar que resulta extraño, ese momento en el cual los terrenos literarios se vuelen el campo del extrañamiento. Distintos cuentos de lo fantástico buscan la realización de está experiencia, Freud lo identifica de manera bastante puntual pero, ¿a que necesidad responde la creación de los espacios siniestros? Es el espejo cóncavo que nos regresa la mirada horrorizada, nuestros deseos sobre la muerte, el cadáver, la putrefacción de esas imágenes buscan su lugar en los cuerpos de la ficción.

En cambio, la experiencia psicoanalítica nos recuerda que herirse los ojos o perder la vista es un motivo de terrible angustia infantil. Este temor persiste en muchos adultos, a quienes ninguna mutilación espanta tanto como la de los ojos. ¿Acaso no se tiene la costumbre de decir que se cuida algo como un ojo de la cara? El estudio de los sueños, de las fantasías y de los mitos nos enseña, además, que el temor por la pérdida de los ojos, el miedo a quedar ciego, es un sustituto frecuente de la angustia de castración. (Sigmund Freud, lo ominoso)

El reconocimiento y estudio de las fantasías, de los sueños, los mitos, son tarea fundamental de aquel que busca construir en el discurso literario los deseos de una sociedad. Como decía Ezra Pound: Los artistas son las antenas de la raza… digamos que los escritores de un país son los voltímetros y los manómetros de la vida intelectual de la nación. La experiencia (los anteojos) del editor/escritor deben partir de un conocimiento profundo de las personas. Para generar lo siniestro o cualquier otra cualidad dentro del texto es necesario la exploración minuciosa de la realidad. (Lo que nos da miedo, lo que amamos, nuestros sueños.)

Al final del día el editor sutura con extrema delicadeza el texto violentado por el escritor, une las partes o deja abiertos los intersticios de la piel. La unión quirúrgica de esos hilos evidencian el espacio literario construido por dos entes iguales. Destrucción, unión y al final un cuerpo nuevo del cual valerse.