28 años y 41 días

Toronto 2015.

Ayer mientras viajaba en el Metro de la Ciudad de México escuché una fatídica conversación entre dos chicos que parecían a penas mayores de edad. Hablaban de lo difícil que les resultaba encontrar un trabajo que les gustara y que, además de todo, les pagara bien. Intercalaban esta conversación con al menos otras dos que sostenian con personas que no se encontraban en el vagón, gracias a sus teléfonos inteligentes y a la red 3G que desde hace algunos años funciona en el subterraneo (y de la cual yo a penas ayer me enteré de su existencia).

Uno de ellos sostenía en la mano izquierda un vaso de una cafetería Norteamericana que cobra por un café mal hecho lo que un peón de obra gana por un día de trabajo bajo el sol. El otro miraba fijamente la pantalla de su teléfono, como si sus ojos tuvieran el poder de obligar a quien quiera que fuese la persona con la que conversaba le devolviera los mensajes de inmediato. Ambos se quejaban (cuando lograban recordar que estaban uno al lado del otro) de la precariedad de sus vidas.

Si uno no los pudiera ver y solo los pudiera escuchar podría pensar que estos dos chicos vivían una vida miserable. Pero yo si los podía ver, y honestamente su conversación me estaba poniendo un poco molesto. Dentro de mi cabeza comencé a contestar cada una de las fastidiosas quejas que salian de sus bocas, pero no tuve el valor de vociferar nada. A nadie le gustan los extraños entrometidos, a menos que sean muy guapos y tengan un muy buen punto.

Una de las cosas que más me fastidiaron de la conversación que estos chicos (a los que yo calculo unos 22 años de edad) es que me recordaron a mis propias y fatídicas conversaciones en el vagón del metro, en voz alta y sin verguenza alguna. Comencé a recordar las cosas por las cuales me quejaba cuando yo tenía 22 años, y francamente hoy todas me parecen ridículas.

Si tuviera la oportunidad de hablar con los dos pasajeros que me topé ayer en el vagón (o con mi fastidioso “Yo” a los 22 años) probablemente les diría que ninguna de las cosas por las que un chico de clase media con educación universitaria se preocupa a los 22 años son relevantes, ni para él ni para nadie.

Vivimos en una época donde a tus 22 años puedes estar en alguno de los dos lados de la balanza: O ya eres un hombre de familia o sigues siendo un adolescente con un titulo universitario en tu pared. La única diferencia entre unos y otros chicos de 22 es su estatus social. Por alguna razón aún desconocida para mi, al parecer los chicos de 22 que podrían mantener una familia deciden no hacerlo, y luego están los otros, que hasta parece que les pagan por concebir.

Si eres lo suficientemente inteligente, podrás escapar la adolescencia extendida que la modernidad y la sociedad de consumo nos ha impuesto a tiempo. Llegará el día en el que no te preocupe comprar el último teléfono, o comprar la televisión más grande. Comenzarás a tener otras preocupaciones, tendrás menos “amigos” pero pasarás más tiempo con ellos. Te sentirás menos importante, pero más feliz, porque al final te darás cuenta que a nadie más le importa lo que hagas, y eso está bien.

Tengo 28 años y 41 días, y he abandonado la adolescencia.

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