Desconexión.

Entre el cansancio del viaje y las constantes batallas con el cambio de horario, Eitan se encontraba aburrido en su cama mientras hablaba por mensajes con el que sería ahora su nuevo jefe.

De la nada surgió una invitación para visitar Tailandia o las Filipinas antes de que comenzaran las clases de Verano, en una semana, y conocer los otros lugares que Wilbur, el nuevo jefe, también administra. Acordaron que Filipinas sería lo menos arriesgado y así como así, W. ya tenía los vuelos para Cebú.

A la mañana siguiente Wilbur, Christina, Ángel y el mismo Eitan se encontraban ya en el avión. Ya en Cebú y después de días de sentirse confiado en una de las Ciudades más seguras del planeta, y donde un día un chico en motoneta lo persiguió hasta regresarle la cartera, Eitan dejó su mochila en el suelo y perdió todo lo que traía para el viaje. En otras palabras, no había vuelta atrás. Era disfutar de la escapada sí o sí, y confiarle la vida a estos tres extraños que había conocido hace un par de días.

Esa misma tarde tomaron otro vuelo que los llevó a Caticlan, y luego llegaron en bote hasta Boracay. En Boracay sólo estuvieron una noche. Era un pequeño regalo de W. para que los chicos no se perdieran de la playa más deseada del mundo habiendo estado allí. La mente de Eitan aún estaba en otro lado, y sólo podía pensar en el insuperable ahínco capitalista de Starbucks, que hasta en esa pequeña isla de arena blanca había construido una de sus tiendas.

Al día siguiente, con el amanecer, partieron en el bote de W. hacia Palawan. Eitan estaba que no se lo creía. No tenía ningún objeto con el que hacer fotos, así que comenzó a escribir consejos en pedazos de papel o en los boletos del avión. “Boracay es hermoso, pero está plagado de Turistas” “Tener cuidado en el aeropuerto de Cebú, porque la gente siempre anda vigilando si descuidas tus cosas un segundo”. Ya entrada la noche llegaron a El Nido y tomaron un par de habitaciones en el pequeño Hostal de W.

Fue en ese momento que Eitan se dió cuenta de la gravedad del asunto. No tenía computadora, ni teléfono, ni tampoco sus medicinas. Así que también tuvo que recordar que tener un ataque de ansiedad en este momento no sólo sería inútil, sino que también potencialmente mortal.

Relajarse era la prioridad, y al parecer W. era lo suficientemente atento como para ayudar a Eitan con los múltiples problemas que le acongojaban. Para cuando Eitan despertó, no sólo el desayuno estaba listo, sino que W. se había comunicado con amigos que ayudarían a Eitan a recuperar su pasaporte.

“Sólo es cuestión de esperar unos días, quizá bajar a Puerto Princesa, pero tendrás tu pasaporte de regreso. No puedes ir a ningún lado, así que este fin de semana me regresaré con Christina y Ángel y tú tendrás que disfrutar sólo el paraíso. Mandaré por ti cuando tengas todo listo.” le dijo W. a Eitan, liberándolo de toda presión o de angustia alguna sobre qué hacer o cómo pedir ayuda. De alguna manera W. se sentía culpable por haber presionado tanto a los chicos a ir con el en este viaje y no después, con más confianza.

Y es que no sólo Eitan, también Christina y Ángel estaban arriesgando muchísimo al subirse al bote de un extraño en uno de esos países en los que todos los secuestros al estilo Hollywood comienzan, que al final, la mochila robada era la menor preocupación de Eitan, y encontrarse seguro, aunque sea en medio de la nada, era de lo más recomfortante.

(Parte 1)

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