El Viaje en Tren

Llegamos juntos a la Gare Centrale de Montréal después de haber pasado la noche juntos. Nos sentamos en el Second Cup que se encuentra justo justo al frente de la entrada a las vías del tren. Te veía a los ojos a través de mis lentes empañados por el contraste entre el frío de los primeros días de la primavera canadiense y el calor del café que compartíamos.

Fruncías el ceño cada vez que te acercabas la taza y eso resaltaba el color de tus ojos y tus cejas pobladas. No te dejaba de ver ni un solo segundo, porque sabía que quizá eran los últimos en los que te vería por un largo tiempo. Aunque ambos esperabamos en la misma central, nos dirijíamos a distintos destinos. Yo esperaba el tren a Toronto y tu tomarías el metro hacia Frontenac tan pronto como yo me hubiese marchado.

Recuerdo cada una de las palabras que compartimos en esos últimos minutos de espera. Hablamos del futuro, principalmente, porque hablar del pasado era algo que niguno de los dos disfrutabamos hacer. Nos prometimos muchas cosas que honestamente no creo que nunca se vayan a cumplir. Viajes a Francia, visitas a México, pequeñas paradas en Toronto e incluso una interminable lista de intercambio de libros que se suponía harían nuestra separación más llevadera.

Nuestro único enemigo era el tiempo, porque nunca coincidimos casi en nada. Nuestros planes siempre se contradecían a pesar del amor y el apoyo que siempre nos pregonábamos. No pudimos rescatarnos ni con todas las canciones ni las cartas ni las fotos que compartíamos.

Finalmente Via Rail anunció la partida de mi tren y me acompañaste tan lejos como pudiste. Compartimos un abrazo que me supo eterno y efímero al mismo tiempo. Un beso que me pareció helado y distante, pero tierno y estremecedor al mismo tiempo.

El viaje había terminado incluso antes de que el tren partiera de la terminal. El destino era la soledad.

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