El buen samaritano del aceite

¡Cesad en vuestras pedestres, rurales y campestres preocupaciones!

¡El fin del mundo se acerca! ¡El Apocalipsis es inminente!

¡Las dos Coreas han firmado la paz!

¡ABBA, después de 35 años, vuelve!

Y, como ellos cantan: I believe in angels. ¡Creo en los ángeles!

¡Por que he visto, he creído!

Ya, es difícil de creer que yo crea lo que creo. Si lo hubiérais contemplado, no os cabría duda alguna. ¿Cuántas veces hemos oído criticar, ahora sé que sin justificación, lo malos que son “algunos” patrones? En el campo, en el olivar…

Patrón viene de padre. ¡Qué ciegos somos!

Circunstancias de la vida, hace unos días eché el jornal como acompañante en las urgencias de San Agustín.

(Inciso: ¡bravo por la meticulosidad y esmero del doctor Freddy!).

A más de tener ocasión de sobresaltarme ligeramente por la sentencia de la Audiencia de Navarra, evocar los espermatozoides vagos que dieron origen a esos cinco ramapithecus y lamentar que el holgante juez Glez Glez no se hubiera licenciado por la Juan Carlos I, sin wifi público, conste, la antropóloga natural que llevo dentro se me desbordó. Turnándose, obvio es, con la enfermera y la celadora que la ocasión requerían de mi. Ojos entrenados, casi 30 años de oficio en lo audiovisual, oído a juego… y el equipamiento de serie, de natural, curiosa, observadora, cotilla. Oiga, mire, que compensa el desfase por la edad y mantiene en forma.

Conseguimos llegar a la sala naranja. Preguntas al respecto al maestro armero. Un cubículo, calculo, de 6x6 metros. Téngase en cuenta que soy andaluza y cumplo con algunos estereotipos: exagero. A eso de la hora del café, empezó la acción. El cuerpo de celadores, que se entrena con los móviles, hace un verdadero tetris con las camillas -sólo caben tres-, los pacientes en silla de ruedas, la mayoría, los acompañantes -uno por enfermo, riguroso-, y los biombos entre camillas. Lástima que no les den puntos. Por la habilidad, no de sutura.

En una de esas partidas atisbé al ángel. Se le notaba incómodo, fuera de lugar. Acaso por saberse descubierto. De normal, saluda con sonrisa y educación. Lo entiendo, de verdad. Quien de tal manera obra, prefiere que no se sepa. Velaba por el bienestar el paciente de la camilla número dos, la del centro. Nos separaba un biombo. ¡Qué ciegos somos!

Las conversaciones de unas y otros me impedían saber qué aquejaba al varón que con tanto celo atendía el ángel de magníficos zapatos de gamuza azul en tres tonos. Ya. Me llamaron la atención. Bajo mucho la mirada.

Al fin, consulta. Y eso hay que arreglarlo, que se les ha quedao pá llamarte el tonillo de Simago… Resultaron ser contiguas. Paco, celador, más bien, croupier, casi tahur, blanco, de las tardes en urgencias, le indica al herido, desangelado, en mitad del pasillo, su puerta. El paciente, en un español deficiente, entendible, parco, que ya. Paco, con esa cosa nuestra de traducir y repetir en voz alta, que su ángel está en la consulta y se ocupa de todo. El de la silla, con la vía aún puesta, asiente.

Tonta, que soy tonta, todavía no me había cuajao la historia. Vale, sí, tenía la mía propia pá preocuparme. Mas, hete aquí que salió el ángel, papeles en mano. Otra vez al lado y sin verme. Insisto, no he descubierto el secreto de la invisibilidad ni tengo la capa de Harry Potter.

El ángel niega que precisen ambulancia, tiene el coche ahí mismo…

Un ángel…

  • presidente de, casi, un emporio oleícola se ocupa en persona de un, supongo, trabajador herido.
  • privándose de comer, a su edad, lo digo por las horas.
  • con su propio vehículo, lo digo por lo que dijo.
  • atendiendo a un desvalido ¿extranjero?, lo digo por lo que oí.
  • fuera de su sede mercantil y residencial, en la que hay hospital, lo digo por deducción. Cosas, supongo, de ser un emporio.

Pá más INRI, tiempo después de que, en teoría hubieran salido el ángel y el herido del hospital, veo, observo y contemplo cómo la criatura celestial, acompañada del director de marketing de la empresa, nuestras miradas se cruzaron, caminan presurosos al edificio principal.

Hasta aquí sé…

No, no hay fotos. Respeto absoluto a la intimidad.

Like what you read? Give Marga Reig a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.