La Boca, un barrio Argentino

Un recorrido por la calles de Caminito y las típicas costumbres argentinas.

Un nuevo día caminando por La Boca, barrio tradicional de Buenos Aires. El viento pega fuerte y decidido. El olor a chorizo recién hecho se cuela en el aire. La gente está de paseo. Nadie está preocupado, nadie esta estresado, el movimiento de la multitud es pausado, de disfrute. La curiosidad compartida que se vive en el ambiente invita a preguntar, cuáles son nuestras raíces, cuáles son nuestras tradiciones, de dónde venimos.

Al mismo tiempo el barrio late como un alma apasionada. Hay algo que susurra que estamos en casa. El acento bien argento, los chistes verdes, las canastas de madera repletas de empanadas, las camisetas de fútbol y el tango.

Un bandoneón comienza a cantar solitario, apartado. El gato que estaba distraído mira, el mozo comienza a cerrar la puerta lentamente para no hacer ruido, el murmullo se va apagando despacio, como el fuego de una vela extinguiéndose con un viento liviano. Un señor de bigote se acerca, unos tacos negros golpean el piso con seguridad, un sombrero negro gira en el aire y el espectáculo de un tango improvisado esta por empezar.

El compás un dos tres cua se marca con los pasos que los protagonistas pronuncian al bailar. Suena Por una Cabeza del reconocido Carlos Gardel. La danza es sensual y pasional. Es inevitable no quedarse mirando. Algunas personas que pasan frenan y prestan atención y otras siguen caminando, pero giran la cabeza con ganas de quedarse.

- No entiendo como hacen para acordarse de tantos pasos y pegarle con el ritmo, a mi dame una camiseta y una pelota porque de esto no entiendo nada- dice Oscar hincha de independiente y jugador de fútbol cinco de los domingos a la tarde.

- Y debe ser práctica, como todo- le contesta Esteban, su amigo y cocinero de uno de los bares de las calles de Caminito.

Los pies de los bailarines se entrelazan como el hilo en una aguja, y por más difíciles que sean los movimientos, sus cuerpos nunca se separan. Es como si estuviesen pegados, como si un lazo invisible los mantuviera unidos.

Los aplausos se multiplican y anuncian que el baile llego a su fin.

- No me acordaba de lo bueno que era el tango- le dice Mirta, docente de una escuela de Quilmes a su hija.

- Si increíble y que buena está esta empanada de carne que me compré.

Sigo caminando y las calles empiezan a abrirse a medida que mi cuerpo se aproxima a ellas. Comienzo a notar colores que antes no conocía. Descubro un nuevo color entre el naranja y el rojo y otro entre el verde y el azul. También encuentro un color diferente entre las carcajadas de un grupo de amigos que toman unas cervezas en La Perla, un bar que se encuentra en una de las esquinas de la zona. Me paro y miro.

- ¿Te querés sentar con nosotros? — me pregunta Marcela, una música de 23 años, rastas y sonrisa simpática.

- No, me encantaría, pero tengo que seguir recorriendo.

Mientras continuo mi camino pienso que buena onda.

Están llegando las cuatro de la tarde y el sol brilla cada vez más fuerte. En una esquina se escucha Juntos a la Par de Pappo al ritmo de dos guitarras y tres voces un poco desafinadas. Son tres jóvenes que vinieron a pasar el rato y disfrutar el día con amigos.

Mas adelante en una mesa de madera gira un mate de mano en mano. Entre opiniones, risas y bizcochitos, va pasando, como una excusa de encuentro. Al lado un dibujante de caricaturas cobra 50 pesos el dibujo y un imitador de Maradonna 30 pesos la foto.

Me agarra hambre y entro a una panadería, están pasando un partido de fútbol de la Liga de Colombia. Me atiende Jorge, un señor amable de pelo blanco que trabaja aquí hace doce años. Pido dos medialunas de grasa, dos de manteca, y tres churros con dulce de leche. Cuando voy a pagar me dice que no tiene cambio y me pregunta si me puede dar unas masitas a cambio de los dos pesos que faltan. Le contesto que si. Salgo de ahí, sonrió y sigo caminando.

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