Atardecer con el gato negro

Ese suave relampagueo de mi corazón

Y la vibrante canción que pronuncian indefinidamente mis manos

Las ligeras inclinaciones de estupor desencadenante de temores

Y la belleza insólita de la luna

Todo se vuelve uno, o la suma exponencial de cuatro, da igual

Pero la bata blanca está esperándome

Diciendo que la terminal del cajero no acepta mis deudas inventadas

Que tanto pinche café no es sano, que el desdén de mi cadera aflora la sensibilidad de la blusa negra que cae armoniosamente, con sus dulces trazos

Que me ponga pilas, que le de pa’ donde sea, que de igual manera ya estamos casi en marzo, el azul brillante con sus nubes de azúcar se fusionan con aquel verde que ilumina mis días cansados

En esas ando, bata blanca, poniéndome las pilas, dándole pa’ donde sea, con tal de salirme de la chingada, este lugar de pánico introspectivo terrenal del individualismo amontonado, vanidades de la obra del escritor del tiempo, a pesar de los cambios susceptibles de estación que me lloran todos los días desde la puerta de madera rasgada, moteada de gotas de agua con sal proveniente del cariñoso manto de la tristeza apañadora de esta vida tan bonita y compleja

Pero en esas ando gato negro, ya deja de amenizarme, que no es tan sencillo como piensas, querer a un muerto y verle caminar a las afueras del metro, pues hay que saber distinguir entre el alma y el cuerpo

El alma es lo que yo quiero, lo que yo quise, lo que yo he amado todo este tiempo, el suspiro de sus palabras en las noches de invierno, pero el cuerpo podría morir, sin tener en mi vida algún efecto

Ver morir, y dejar morir son situaciones difíciles de afrontar, pero necesarias para reencarnar con otros métodos, otras personas, otros retos

Así que como dice el mayor Sabines, Muérete ya, deja de andar por la vida solo diciéndolo, si te vas a morir, hazlo de una vez, y deja de jugar al perrito amenazado por el fuego

¡Ya muérete María! Pero no te quedes muerta

Y también deja que se muera el recuerdo, María, el amor que le has guardado tanto tiempo

Que tanto de su rechazo te permita empezar de cero, con las mismas ganas, los ojos brillantes y los brazos tiernamente abiertos

Que ya se muera, que ya no sirva, que termine el juego.

María Á.
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