La felicidad puede tener sabor a rúgula

Para Camilin, mi hijo adorado, quien será quien lo entienda, a propósito de uno de mis viajes a Hamburgo a visitarle.

La felicidad puede tener sabor a estación de frutas del bosque: a grosellas rojas, a casis, a arándanos, cerezas, fresas y moras,

y a Mischbrot, Mehrkornbrot, Roggenbrot, Kürbiskernbrot y todos los brot imaginables

A deliciosos a vinos del Rhin,

A abastos y fruterías turcas donde hay yogures que parecen mousses

A encantadoras floristerías que parecen de pueblo, llenas de colores y fragancias y de dulces floristas, en cada esquina de la gran ciudad

A bicicletas, a timbres de bicicletas, a viejitos en bicicleta, a gente de mediana edad en bicicleta, a jóvenes en bicicleta, a muchos niños en bicicleta, a más timbres de bicicleta, incluso a bicicletas de madera sin pedales para que los pequeños entren triunfalmente al mundo, pero en dos ruedas.

A perros bien portados que son unos ciudadanos más. A escudriñar desesperadamente por un “dackel, y al encontrarlo lanzarle besos y cariños, buscando quizás rasgos de basset hounds

Y puede también saber a weinschorle, a uno solitario y disfrutado junto a una ensalada capressa en mesita exterior de un restaurant escogido al azar, Kostbar, Susannenstraße 36, en una hermosa esquina de calles transitadas por tantos jóvenes que como nunca desee ser joven de nuevo.

A un pase rápido por el barrio portugués, aún con rocío del Elba lanzado desde el Hafen Hamburg, con las notas en los oídos de “Auf der Repperbahn bis zum halb eins” del acordeón callejero y portuario, gracias a Hans Albers en su Reeperbahm de 1936, no la de ahora con las figuras tamaño natural en metal de los cinco Beatles del origen de los tiempos, con olor a leyenda en clave de rock

A caminar dеbajo de lа estación dе metro por Eppendorfer Isestraße y encontrarse con el Isemarkt, y encandilarse con las hortalizas, las frutas, las flores, los brezos, los aromas a galletas, a regaliz, a café. Y embriagarse con quesos inimaginables, con embutidos prodigiosos, con encurtidos mágicos, con trufas, bombones y dulces

Y hacer ejercicios de búsqueda de innecesarias piezas de la Zwiebelmuster Cibulák (Blue Onion) en las que el azúl cobalto de los melocotones japoneses, las granadas confundidas con cebollas, las estilizadas peonías, ásteres y el tallo de bambú, resplandecían susurrando historias de familias alrededor de la mesa, de deliciosas comidas, de infusiones, de café

A imaginarse -con la maravillosa explicación del hijo amado- los paisajes de Lüneburger Heide con los campos de “brezos saludables” cerca de Hamburgo, Bremen y Hanóver. Y decirse a uno mismo que deben ser distintos, o quizás parecidos, a los campos de lavanda

También puede encontrarse sabor a encantadora felicidad en una suerte de dulce desencanto en un encantador restaurante fuera del Isemarkt, todo por causa de unas sopas mágicas que desafiaban tanto el encanto como la termodinámica, pues nunca se calentaron aún siendo enviadas con gran gracia de vuelta al fogón, y de allí de nuevo a la mesa en la que un buen vino intentaba convencernos que también tales conjuros pueden ser encantadores.

A llegar caminando al lago Alster a través de una zona de hermosas casas, jardines, plazas y calles arboladas, y entrar al Bobby Reich y conseguir una mesa junto a su muelle, y tomar un Riesling del Rhin

Y al salir, en lugar de tomar un bote, unas ubicuas bicicletas públicas convidaban a pedalear hasta el muelle de Jungfernstieg, mientras se intenta demostrar al hijo amado que montar bicicleta -aunque aprendido en Barinas- no se olvida jamás, no obstante el pedaleo sea parsimonioso, pausado, modulado por pizcas de velado temor

A transportarse en dos ruedas en “modo caución”, intentando infructuosamente que no se notase demasiado, y pasar por un parque y saludar a ejercitados y lúdicos perros, hasta empezar a divisar en el Gran Alster a los barquitos de vapor alrededor del hermano menor hamburgués del ginebrino Jet d’Eau

Saludar entonces a algunos cisnes más parsimoniosos que la ciclista misma. Bajarnos de la bicicleta y fundirnos en el más maravilloso abrazo de amor y complicidad, y encontrarnos con una feria tan hermosa de kioskos que parecen casitas de los Alpes con mil caprichosas formas y colores, que me hacían querer grabarlo todo, aromas, sabores, música, comida, licores, luces, en una divina intoxicación del espíritu, y caminar hasta divisar las renacentistas Alster Arcades con sus cafés y exclusivas tiendas, y entonces, tomar el metro

Y llegar a casa para cenar platos venezolanos hechos con amor por mi australiana nuera, la misma que ama el vegemite, que hornea perfectamente las tradicionales “Anzac biscuits” (receta de las madres de los soldados enviados al frente de la Australian and New Zeland Army Corps durante la Primera Guerra Mundial, siglas que dan nombre a la galleta

La misma que ama el meatloaf, los “pies”, los más variados vegetales al vapor, y que por amor aprendió a hacer pabellón criollo, a desmechar y sazonar deliciosamente la carne alemana y a usar la olla de presión para las caraotas negras

Y quien también canta melodiosamente “Amazing Grace” y un dulce español teñido de caraqueñas harmonías

La felicidad podría ser eterna mientras reconstruyamos los detalles de los días en los que reinó y los rescatemos con respiración boca a boca de los humos de la nostalgia, con el corazón permitiendo la entrada del equipo de reanimación

Al menos eso es lo que pienso yo. Al menos en este momento. Mientras no se borre la memoria, mientras el corazón lo permita.

Marisol en Caracas, el 1ro. de octubre de 2014, pero por obra y gracia del amor, Marisol, en Hamburgo, el 30 de agosto de 2014

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