La muerte en Venezuela y nuestros Enriques Metinides

Trato de escribir esto, hoy 18 de julio de 2017, en Caracas, azotada por la intermitente y constantemente impredecible señal de internet de mi casa. Siempre había logrado sortear el inconveniente con un BAM 4G que conservo desde hace unos años, y consiento y cuido teniéndolo activo y con saldo. Pero ahora, no importa cuanto saldo extra tenga, o con cuantos poderosos megas cuente, que la señal y la velocidad de navegación es la misma: miserable.
Necesito navegar para escribir esto. Para desafiar, y superar, la teoría de los seis grados de separación propuesta por Frigyes Karinthy en 1930, sobre la que se ha escrito un libro, se ha hecho una película, -y ha sido estudiada por el mismísimo laboratorio de investigación de Facebook-, la cual asegura que se puede acceder a cualquier persona del planeta, por inaccesible que parezca, en tan solo seis saltos. Con seis intermediarios.
Pues no es así. Yo necesité solo uno. A Nathalie Sayago de EFE, y la fotografía que apareció en la portada de El País, de España, y en numerosos otros medios impresos y digitales, nacionales e internacionales. La leyenda de la foto en El País: Dos personas yacen en el suelo tras ser tiroteadas por un grupo armado en Venezuela. Esto ocurrió frente a un centro de votación en el sector de Catia, en Caracas donde se desarrollaba la jornada de consulta popular contra la constituyente de Nicolás Maduro. Una de estas personas es Xiomara Scott, fallecida. La otra parece ser Nerys Teresa Alcalá Rodríguez, de 60 años de edad, a quien una bala le afectó el colon, riñón y bazo.
Necesito navegar para concretar mi ceremonia de acercamiento a Xiomara Soledad Scott. Mi tocaya, cuya muerte no se me quita de la cabeza y del corazón gracias a su fotografía yaciendo en el suelo ensangrentado, con la mirada perdida a través de unos ojos abiertos que ya no veían, con una mano sobre su cabeza en signo de incredulidad, la otra sobre su cintura, tumbada sobre un charco de sangre no muy grande, pero tan potente debió haber sido que cuando la levantaron, ya no tenía signos vitales. ¡Si le habían dado en la femoral! Como a Paquirri. Pero este tuvo tiempo hasta para hablar con sus médicos antes de morir. No así Xiomara. A su lado, otra señora herida, con la mano derecha en alto, y un rictus de dolor en su rostro, y una tercera, en cuclillas, pidiendo auxilio con la desesperación esculpida en la cara y un teléfono celular en su mano izquierda como exhibiendo la completa inutilidad del mismo. ¿A quién llamar ante algo tan abominable? Una foto impresionante.
No recuerdo cuando fue la primera vez que leí sobre Enrique Metinides. Recuerdo sí, que me impactó su trabajo: “El fotógrafo mexicano de la muerte”. “El fotógrafo que captó la cara de la muerte”. Y así cientos de maneras de describirlo. Recientemente, se le ha llamado “El hombre que vio demasiado”, título de un documental sobre su vida y obra, que se está presentando en salas mexicanas desde el 16 de junio de 2017.
Reconozco que la foto de Metinides que más me impresionó fue la de la muerte de Adela Legarreta registrada en decenas de diarios y blogs:
Adela Legarreta Rivas, periodista mexicana, sale de un salón de belleza y se dispone a cruzar la Avenida Chapultepec, a la altura de la calle Monterrey de Ciudad de México. Su destino, la presentación de un libro escrito por ella misma. El conductor de un Datsun blanco, sin embargo, decidió que su destino fuera otro bien diferente. Arrolló a la mujer y ésta fue a dar contra un semáforo. Falleció agarrada al poste como si quisiera aferrarse a la vida. Pocos instantes después, Enrique Metinides, fotógrafo “especializado” en retratar la muerte aparecía en el lugar y fotografiaba a la periodista en el mismo momento en el que un médico se disponía a taparla con una manta. Los ojos abiertos, el bello rostro de la mujer y la posición en la que quedó bien pudiera ser la representación de la muerte en una obra teatral cualquiera. Pero a menudo la realidad supera, con creces, a la ficción.

Y la realidad superó la ficción esta vez en Catia, en Caracas. Xiomara Soledad Scott no salía de un salón de belleza, ni iba elegantemente ataviada ni llevaba maquillaje. Su atuendo era sencillo: unos jeans azules, una franela gris con una frase en letras rosadas, unos zapatos de deporte grises con coquetas trenzas rosa, su cabello recogido en una cómoda cola de caballo, y una cartera de tela azul con suaves rombos blancos, donde seguro llevaba su monedero y su cédula de identidad para hacer su manifestación de voluntad en contra de la Constituyente de Maduro.
“La última vez que fue vista por sus vecinos fue alrededor de las 11:00 am, con una sonrisa de “oreja a oreja”, porque se dirigía a su punto electoral. Familiares se enteraron de su deceso tras ser informados por amigos del 23 de Enero, que vieron su nombre encabezando los temas más hablados en la red social Twitter.” Así lo describe un artículo en el Pitazo.com.
¿Por qué me ha pegado tanto la muerte de mi tocaya Xiomara Soledad?
Pensaba que ya había llorado a todos y cada uno de los muchachos muertos. Y a esto contribuyeron sus fotos y el conocer a cada uno de ellos después de sus muertes, o en el momento de la muerte, sonriendo como mi joven colega Diego Orellano, y así a sus familias y sus sueños. Fotos tomadas por los Enriques Metinides que han proliferado en Venezuela, fotografiando o filmando cada muerte, como para establecer solo un grado de separación entre cada uno de nosotros con sus vidas, sus historias y su recuerdo. Pero lo más importante, para salvarles de la historia oficial.
Sucede que “La Morocha”, como llamaban a Xiomara Soledad, ya estaba jubilada como yo. Tenía 61 años, y yo tengo 63. Era estudiosa: Comenzó como auxiliar de enfermería en el Pérez Carreño. “Siempre trabajó allí”, afirmó uno de sus sobrinos. Se graduó de licenciada en la Universidad Rómulo Gallegos, y para especializarse realizó varios diplomados. Bueno, otro punto de coincidencia: yo no he parado de estudiar en toda mi vida.
Lo que terminó de aniquilarme: Otra de sus buenas obras era darles alimento y cobijo a animales desamparados. Fue descrita por sus vecinos como: “una amante de los perros de la calle”, y apreciaba a su mascota como si fuera su hijo.
Ay Xiomara Soledad, imagínate, yo también amo y trato de ayudar a perros de la calle, de esterilizarlos y conseguirles hogar. Lo puedo hacer ahora que ya estoy jubilada como investigadora de la Universidad Central de Venezuela. Cuando tengo más tiempo libre. Cuando mis hijos crecieron y se expatriaron y los extraño cada día más, cuando puedo mantener un blog sobre salud con mi amiga Irene Pérez Schael, puedo escribir historias y cuentos, y trabajar en comunidades hablando de buena alimentación y de la importancia de las frutas y hortalizas, cuando trato de practicar la “generatividad”, concepto al que me introdujo mi amiga , Marianella Castés en uno de sus artículos para nuestro blog, dedicado a las mujeres que están transitando el tercer acto de su vida, período que va desde los 60 años y que ahora con la “revolución de la longevidad” puede extenderse hasta los 90 años:
La generatividad se refiere a la responsabilidad de cuidar a las generaciones futuras, entregándoles conocimiento, experiencia, tiempo, recursos y valores. Practicarla triplica las probabilidades de que la década de los 70 sea un tiempo de alegría y no de desesperanza. Mover el foco de uno mismo hacia cosas mayores que nosotros mismos: comunidad, país, planeta. Nos hace sentir más completas y fuertes.
Xiomara Soledad, no tuviste tiempo de transitar ese tercer acto de la vida. Alguien horrible te quitó esa oportunidad. Pero despertaste en desconocidos como yo, afecto, admiración y un gran dolor y rabia por tu injusta partida. Descansa en paz.
María Soledad Tapia
